Otra bala en la pared

Otra bala en la pared

Es el afán por exhibirnos y por sentirnos queridos lo que nos lleva a estos niveles de deterioro.

02 de octubre 2020 , 10:11 p. m.

Me entero de que hay una cosa llamada ‘Fiestas de revelación de género’, un evento social en el que futuros padres anuncian a sus amigos el género del hijo que van a tener, en medio de explosiones de colores (azul o rosado, según el caso) y gritos de los asistentes, y a mí solo se me ocurre que es de lo más decadente que he visto en años, un escalón más hacia el inexorable fin de nuestra especie.

Una vez más, los niños usados para obtener algo. Cuando no significan votos en época electoral, sirven para ganar likes en redes sociales, y es el afán por exhibirnos, por sentirnos queridos e importantes lo que nos lleva a tales niveles de deterioro. Todo es pose y sobreactuación en dichas fiestas, porque a nadie más que a los propios padres les importa el género del bebé que está por nacer (sin hablar de lo obsoleto que es en el mundo de hoy dividir a las personas entre hombres y mujeres, pero ese es otro tema).

Y a veces los experimentos salen tan mal que terminan en desastre, como el caso de una pareja que por querer dar la sorpresa con fuegos artificiales terminó causando un incendio forestal de veinte mil hectáreas que causó daños por ocho millones de dólares. Es que no vale la pena tanto escándalo, en serio; yo suelo fingir felicidad cuando alguien me cuenta que se va a casar o a tener un hijo. Digo ‘bien por ellos’, pero a la larga es irrelevante, un suceso más que no me va a cambiar la vida. Y si pregunto cosas como la fecha y otros detalles, es más por cortesía que por otra cosa.

Siempre hemos creído que el mundo se va a acabar por causa de un evento magnánimo, una gran guerra o un cataclismo universal; en todo caso, no por culpa nuestra sino por la de alguien más. Pero no estoy tan seguro de ello, solemos señalar a los políticos como los causantes de nuestros males, a los ricos y poderosos, pero subestimamos nuestro propio potencial, la capacidad que tenemos miles de millones de personas de definir el curso de la historia así sea en pequeñas cuotas. Notendremos la capacidad de soltar una bomba que arrase todo un continente, pero sí podemos disparar millones de balas hasta tumbar una pared, y de pared en pared acabar con la vida como la conocemos.

Pasa también con la forma como tratamos a las mascotas, por ejemplo. Las disfrazamos, las ponemos a bailar, incluso las maquillamos y hasta las tatuamos. Y no solo los perros, los gatos se han visto afectados también. Esas magníficas criaturas que solían distinguirse por sentir indiferencia hacia el mundo, odio incluso, son ahora cada vez más humanas porque nos gusta humanizar todo, ver cómo otras formas de vida imitan la nuestra porque nos encanta celebrarnos, reafirmarnos, como si haber creado un dios a nuestra imagen y semejanza no fuera ya suficiente. Podrá verse tierno lo que hacemos con los animales, pero en realidad es decadente, otra bala en la pared, otro hueco imposible de tapar.

Y, encima, está TikTok, una red social para gente sin talento, porque hacer fonomímica no requiere ninguna habilidad. Sí, hay que ser expresivo y coordinar los labios con la pista de sonido, pero eso no representa ninguna capacidad extraordinaria, nada que sea considerado admirable. Sin embargo, es una plataforma cada vez más popular y celebrada, lo que significa que hemos bajado el listón un punto más. Todos hicimos fonomímica cuando éramos niños, hacía parte de los juegos con amigos y de las actividades extracurriculares del colegio, y la mayoría lo dejamos, ¿saben por qué? Porque crecimos y se volvió aburrido, normal.

Hace unos años, un grupo llamado Milli Vanilli ganó un Grammy y vendió millones de discos, luego le quitaron el premio y cayó en el olvido cuando descubrieron que quienes cantaban no eran ellos. Hoy no solo no les pasaría nada, sino que en vez de ganarse un Grammy les darían tres.

Adolfo Zableh Durán

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