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Oigan a mi tía

Oigan a mi tía

Leer hoy a Ramírez en redes sociales es una mezcla de risa, tristeza y rabia.

26 de abril 2019 , 07:49 p. m.

Parece que Marta Lucía Ramírez fuera tía mía. Y es increíble, porque mis tías son mujeres de otro tiempo. Terminaron el bachillerato (o eso creo), se casaron y se dedicaron a tener hijos porque así era el mundo en esa época. Ramírez no solo fue a una universidad, sino que hizo especializaciones y ha sido senadora, ministra y embajadora, hasta escalar hoy a la Vicepresidencia de la república. Y no es que les esté restando méritos a mis tías; al revés, ellas son tremendas. Bastaría con que conocieran a los engendros que tengo por primos para entender que no debió de ser nada fácil criarlos, y ellas lo hacían de a cuatro y de a seis al tiempo. Y, aunque no estén tan preparadas como Marta Lucía, no me cabe duda de que no les quedaría grande la vicepresidencia de un país.

Leer hoy a Ramírez en redes sociales y medios de comunicación es un viaje a lo desconocido, una mezcla de risa, tristeza y rabia. En eso se parece mucho a mis tías, que tampoco saben cómo se maneja internet. Un día sale sonriente en una foto junto a unos soldados mutilados como si la estuviera pasando bueno, y al otro saca su lado religioso, invocando a Dios para responder en un tuit sarcástico que habla de brujería.
Rezandera e incapaz de reconocer las noticias falsas de las reales, es tal cual mis tías.

La verdad es que es un placer gozársela, como cuando cuelga en Twitter una foto con dos niños asegurando que se le acercaron para manifestarle su apoyo al presidente Duque. No es solo que aparezca haciendo política junto a dos menores de edad, sino que los cita con comillas en el tuit, poniendo a hablar como Cleóbulo Sabogal a dos infantes de, no sé, seis y ocho años. Si se fijan bien, junto a ellos sale feliz, abrazándolos con toda confianza y cariño, mientras que en otra foto que se ha vuelto un meme famoso aparece cerca de cuatro adultos y tres niños, pero apartada, inclinada apenas, como fingiendo interés, pero con cuidado de no acercárseles demasiado. Su falta de empatía en la segunda imagen es evidente y da la impresión de que se debe a que son pobres. Puedo estar equivocado, aunque no lo creo.

Y, así como creíamos que habíamos tocado fondo con Pastrana hasta que salió Duque, ocurre lo mismo con Marta Lucía. Estábamos seguros de que era imposible superar a un vicepresidente como Francisco Santos hasta que llegó ella. Y no es que sean malos, que también, sino que son bobos. De hecho, eso es el actual partido de gobierno, una fórmula bien medida de bobos con malos. A los primeros los mandan al frente a que nos distraigan y nos hagan reír, mientras que por detrás hacen de las suyas. Nos burlamos de Duque y de Pacho, de Pastrana, Marta Lucía y la Cabal, mientras que los que mueven los hilos desde la oscuridad consiguen todo lo que quieren, y más. A Paloma Valencia aún no logro ubicarla en ninguno de los dos lados, porque cuando habla como si estuviera poseída provoca risa y espanto al mismo tiempo.

Hemos vuelto a tiempos oscuros, tiempos de muerte. Están acabando con la oposición a como dé lugar, ya no solo con calumnias y malabares legales. Hace poco mataron a un bebé, hijo de un excombatiente de las Farc, como si esto fuera la Biblia o Game of Thrones, y esta semana dieron de baja a un desmovilizado del mismo grupo guerrillero en hechos muy confusos. Mientras por un lado hablan de tortura, castración y violación por parte de miembros del Ejército, a quienes descubrieron cavando una fosa para esconder el cuerpo, el ministro de Defensa declara que todo se debió a un forcejeo cuerpo a cuerpo que terminó en el disparo accidental de un arma.

Sus declaraciones deberían causar gracia, además de incredulidad, lo mismo que las cosas que dicen Marta Lucía Ramírez y demás personajes del Gobierno, pero la verdad es que dan más miedo que otra cosa.

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