Nuestros deportistas

Nuestros deportistas

Hay en los colombianos una vocación pocas veces vista para pelearnos por lo que sea.

26 de julio 2019 , 07:00 p.m.

Nos agarramos otra vez, en esta oportunidad por Nairo Quintana. Perder tiempo de manera continua en este Tour de Francia y haber ganado la etapa del jueves fue el terreno que escogimos para bajarle aún más el nivel al debate y repartir odio de manera gratuita.

Excusas, nada más, porque esto no se trata de Nairo. Tampoco de la guerrilla, del proceso de paz o la lucha por la tierra; no tienen culpa la jugadita de Macías ni nuestras posiciones políticas encontradas. Tampoco es Twitter o Facebook, somos nosotros. Hay en los colombianos una vocación pocas veces vista para pelearnos por lo que sea y acabarnos a machete si es necesario con tal de defender nuestro punto de vista. Colombia suele quedar en los primeros puestos de los rankings de los países más felices del mundo que elabora quién sabe quién, pero es falso. Somos un pueblo triste, apaleado y abusado que cada vez que nuestro equipo de fútbol gana se emborracha no para celebrar, sino para tener otra razón para agredirse.

Esta vez le tocó a Nairo hacer de pared donde desahogamos nuestras frustraciones. El día que ganó salió un mundo de gente que, más que celebrar el triunfo, mandaba a callar a quienes lo habían criticado; luego miraba uno bien, y quienes defendían a Quintana eran muchos más que los que lo atacaban. ¿Cuál es el afán de pelear? ¿Por qué inventarse enemigos imaginarios? ¿Qué somos acaso? ¿Uribistas? Además, ¿qué son esas ganas de darle visibilidad a cualquiera? Porque no es que al ciclista se le hubiera ido encima el gremio de intelectuales de las universidades de la Ivy League o las cabezas visibles del Grupo Bilderberg. No, eran cuatro infelices, literalmente. Personas que tienen que salir a dárselas de importantes en internet porque en sus casas no se las soportan o, peor, que viven solas y no pueden pelear con sus mascotas. Dejarlas que se revuelvan en su odio, que condenarlas al silencio es suficiente.

¿Cuál es el afán de pelear? ¿Por qué inventarse enemigos imaginarios? ¿Qué somos acaso? ¿Uribistas?

Además de nuestra inclinación a la violencia, situaciones así ocurren porque no nos perdemos media. Nos gusta meter la cucharada y figurar así digamos cualquier estupidez, y, además, nos encanta aleccionar, repartir sabiduría popular y exhibir nuestros conocimientos en todos los temas conocidos por la raza humana mientras que, de paso, dejamos al otro en ridículo.

Esto no se trata de apoyar o no a los deportistas colombianos, sino de dejar de creernos importantes. No es un tema de subirnos al bus de la victoria o de agarrarlo a piedra, es de entender que ese bus no es nuestro y punto. Y los atletas, tampoco. Porque cuando un deportista colombiano gana, ahí sí es ‘nuestro deportista’, pero no lo decimos de cariño; es como si de verdad creyéramos que es nuestro, de nuestra propiedad, quiero decir. Por eso juramos que quienes viven de pedalear o de patear un balón nos deben algo, que si pierden hay que castigarlos porque nos decepcionaron, y que si ganan no solo tienen que salir envueltos en la bandera nacional y darle gracias al país, sino dedicarles el triunfo a todos los colombianos, como si en vez de haber hecho fuerza a la distancia, hubiéramos dedicado la vida entera y vaciado nuestra cuenta bancaria para que ellos llegaran lejos.

A Nairo no solo lo tildan de perdedor así lleve años en la élite del ciclismo mundial, sino de prepotente porque sonríe poco, lo mismo que a Egan Bernal y a Juan Pablo Montoya cuando no responden como nos gustaría que respondieran. Es que los preferimos dóciles, sumisos, como si en vez de competir por su propia satisfacción personal, por el patrocinador que pone el dinero y para sacar adelante a sus familias, estuvieran obligados a cubrirnos de gloria mientras en el sofá comemos crispetas con una mano y nos manoseamos los genitales con la otra.

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