No pasa nada

No pasa nada

En un pestañeo no solo no pasó nada con nuestras vidas, sino que la vida pasó por encima de nosotros

11 de octubre 2019 , 07:25 p.m.

Desde hace veinte años juego fútbol en Play-Station una vez a la semana con un amigo, un plan sagrado al que no dejamos entrar a nadie más. Aunque profesionalmente nos dedicamos a lo mismo, la vida nos ha llevado por caminos diferentes, por lo que jugar ayuda a mantener la amistad. Durante las sesiones hablamos de todo y temas no nos faltan, pero últimamente hemos notado que algo falta. Podemos alargar la charla las cuatro horas que dura la sesión porque hay confianza, pero cada vez que uno le pregunta al otro qué ha pasado de nuevo, la respuesta es siempre la misma: nada. Y, aunque nos haya ido relativamente bien y nuestros nombres suenen en algunos medios, nunca hemos dejado de sentirnos los marginales de siempre, los muertos de hambre que éramos cuando nos conocimos hace 25 años.

No está pasando nada, y no se debe solamente a que la economía ande mal. No pasa nada porque a todos nos llega ese momento en que no sabemos qué más hacer. Un día elegimos una carrera universitaria (en teoría por vocación, pero en realidad para no morirnos de hambre), y en un pestañeo no solo no pasó nada con nuestras vidas, sino que la vida pasó por encima de nosotros. Por falta de valor o de talento, nos quedamos esperando esa llamada que nunca llegó, esa oportunidad que no nos dieron, o que tuvimos y desperdiciamos, y ahora no sabemos para dónde coger. Se nos hizo tarde, y lo que en la adolescencia era un mundo lleno de posibilidades hoy es el miedo a morir en el olvido sin haber hecho mayor cosa.

A veces me pregunto qué será menos grave, ¿no haber pintado nunca para nada, saber desde la adolescencia que nos tocaría vivir la vida porque ya estábamos acá y no tendríamos el valor ni para suicidarnos, o sabernos tocados por la fortuna pero haber tirado por la borda todas las oportunidades? Ni idea; en todo caso, creo que ambas situaciones son menos dolorosas que caer en desuso, que es para donde vamos todos. Les pasa a los pensionados del día a día, pero también a grandes como Robert De Niro. Increíble que el mismo hombre de Taxi Driver y Goodfellas luzca hoy fuera de lugar en Joker, en plan de armario viejo, desentonando en medio del panorama.

Muchos no somos más que talentos desperdiciados, una especie de Juan Pablo Montoya. Montoya es un tipo lleno de habilidades que pintaba para más pero se quedó en el camino. Uno madrugaba a ver sus carreras así no le gustara el automovilismo, a ver si por fin destronaba a Schumacher, pero casi siempre pasaba algo que lo dejaba al lado de la carretera mientras los demás lo pasaban a toda velocidad. Hablo puntualmente de su paso por la Fórmula 1, porque mira todo lo que ha hecho, y no cabe duda de que le ganó a la vida, y no al revés.

Yo soy una especie de Montoya, sobrepasado por amigos y colegas que llegaron después de mí y tienen menos capacidades pero más empeño. En par semanas, una amiga vendió su apartamento y compró otro, se separó, cambió un empleo muy bueno por uno mejor y se operó las tetas. Otra se fue a vivir con el novio y le salió una beca para hacer una maestría en el exterior, y así, a todos los que les pregunto por sus vidas salen con eventos emocionantes. Mientras, yo me dedico a leer, escribir y socializar de vez en cuando, al punto de que me siento mal cuando me preguntan por mi vida y no tengo nada que contar.

Es la vida que escogí y me gusta. Para mí, vivir es muy fácil, una completa delicia, pero hace falta voltaje. Quiero que me pregunten por mi vida y poder decir que en el último mes me gané la lotería y la malgasté, pero que no importa porque en mi trabajo me pagan millonadas, que luego tuve un accidente en el que casi pierdo la vida y que, por último, me reencontré con una mujer a la que no veía hacía décadas y fuimos capaces de confesarnos nuestro amor. Nos casamos en marzo, están todos invitados.

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