No estábamos listos

No estábamos listos

El país ha sufrido de formas inimaginables y aun así no está listo para convivir en armonía.

08 de agosto 2020 , 01:19 a. m.

Fue lamentable que en el plebiscito por los acuerdos de paz de 2016 ganara el ‘No’, pero, más allá del resultado, yo quedé tranquilo porque me gusta cuando la lógica se impone. Y la lógica dice, aun hoy, cuatro años después, que por mucho que queramos no estamos listos para convivir en armonía. Una cosa es que lo deseemos con todas las fuerzas, otra, que no seamos capaces porque el cuerpo no nos da y todavía nos queden muchas enseñanzas pendientes. Increíblemente, este país ha sufrido de formas inimaginables, está cansado de llorar sus muertos, y aun así no está listo para ser una sociedad medianamente funcional.

Porque haber sufrido no es suficiente argumento para alcanzar la paz, el juego de las compensaciones no funciona así. Más que voluntad, que es apenas la cuota inicial, se necesitan hechos comprobables que demuestren tal deseo, y por ahora poco de eso se ha visto, como se comprobó esta semana con la decisión de la Corte Suprema de Justicia de dictarle medida de aseguramiento a Álvaro Uribe. No vale la pena recapitular las reacciones extremas de seguidores y opositores que condenan o celebran el hecho, para eso están las redes sociales y los archivos de los noticieros, más bien véanlas y díganme si un país así está listo para la paz.

Porque es fácil culpar de nuestros males a la guerrilla, los ‘paras’ y el narcotráfico, quedarnos con la obviedad de las balas que se han disparado y no ver que esa violencia no es el mal en sí, sino la consecuencia de lo que somos, que no es la enfermedad, sino el síntoma. Basta con haber vivido en este país para ver que siglos de injusticias sociales y falta de oportunidades han ayudado a generar este clima invivible, pero también que la intolerancia está en nosotros. Ya no dirimiremos todos nuestros problemas a machete, pero hay en los colombianos una especie de rabia interna que nos lleva a querer aniquilar al otro así no sea matándolo.

Ahora está eso de decirle a todo el mundo mamerto o facho, que más que un despertar de la conciencia política parece una moda. No sé dónde lo vi, pero alguien dijo que no es que la derecha odie al comunismo, sino que le dice comunismo a todo lo que no le gusta, principio que se puede aplicar igual en el sentido contrario: no es que todo sea facho, sino que a muchos les queda fácil clasificar como fascista todo aquello que no se amolda a sus ideales.

Por eso, a Santos lo han llegado a señalar de comunista y de Fajardo han dicho que es facho. ¿En serio? ¿Así de fácil es la cosa? ¿No hay matices ni niveles? ¿Todo es blanco o negro? Se trata de una actitud simplista y obtusa que hace parte de la corta visión que nos ha condenado también a la pobreza, la ignorancia y el odio. Y, encima, quien no piense de una forma u otra es tachado de tibio; en estos tiempos los tibios son los nuevos leprosos.

En una democracia sana las ideas están por encima de los líderes, pero acá no tenemos partidos ni propuestas, tenemos caudillos de ocasión, su liderazgo desaparece una vez mueren, y así vamos de ídolo en ídolo, dando tumbos sin avanzar. Ahora nos debatimos entre Uribe y Petro, que más que opciones parecen dos formas de condena.

El segundo quiere ser presidente, el primero ya no puede serlo, pero sigue aspirando a gobernar en cuerpo ajeno; el poder de ambos es tal que nos han hecho creer que no hay más opciones, que no tenemos destino ni futuro si no es a través de ellos. A mí eso, más que una democracia, me parece una monarquía moderna o, si nos ponemos radicales, una dictadura donde, por mucho que podamos votar, al final estamos eligiendo a un regidor que gracias a su vanidad y a sus seguidores se cree infalible. No podemos seguir así.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

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