Mi querido viejo

Mi querido viejo

Siendo como somos, teníamos que elegir de presidente a uno que dice “viejo” a manera de muletilla.

08 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Lo más duro de llegar a Bogotá fue cambiar de colegio. Tenía 17 años, y de aquel nuevo universo recuerdo lo que me produjo conocer a mis compañeros, en especial a los de familias con dinero y abolengo, porque me hicieron entender varias cosas. Primero, que Bogotá era más clasista que Barranquilla.

Yo esperaba llegar a una metrópoli, y lo que encontré fue un pueblo grande con ínfulas de París o Londres donde muchos de los hijos de las familias tradicionales habían nacido sin talento, pero con privilegios que les servían para llegar lejos en la vida. Y si Bogotá era la capital y andaba en esas, qué podía esperarse de las demás regiones.

De la gente del colegio recuerdo en especial a uno que no soportaba. Lo recuerdo, incluso, más que a quienes me caían bien, y más para mal que para bien: cuando me topo con el estereotipo del cachaco pienso en él. Bajito, relleno, vago, prepotente, no muy brillante, se creía el dueño del salón (lo era). Le teníamos miedo a pesar de que no llegaba al metro setenta, y aún hoy, más de 20 años después de habernos graduado, lo veo y me cago. Me lo he cruzado en eventos y en la calle, y, aunque los dos nos hemos reconocido, no nos hemos saludado. Él por desprecio, yo por terror.

Lo sigo intentando, y para ser considerado uno más en esta ciudad estaría dispuesto a lo que fuera, menos a decirle ‘viejo’ a alguien, que eso solo se le oye bien a Piero cuando le canta al papá

Usaba saco amarrado sobre los hombros, gafas oscuras en la coronilla de la cabeza engominada como si el sol fuera a salir de repente (nunca salía), y utilizaba la expresión ‘viejo’ para cerrar las frases, siempre tuteando pese a que en la vida cotidiana usteaba a todo el mundo: “¿Qué te pasa, viejo?”, “Quítate de mi pupitre, viejo”.
Siempre he pensado que andar con el saco en los hombros, gafas en tiempo nublado, usar gomina y decir ‘viejo’ no te hace un mal elemento, pero sí que es un indicador para leer a las personas. Una de las pocas cosas que tengo claras en esta vida es que toca andar con cuidado con los que usan la palabra ‘viejo’, empezando por Bugs Bunny, que te hace una zancadilla cada vez que puede.

Pero, siendo como somos, teníamos que elegir de presidente a alguien que dice “viejo” a manera de muletilla, como quedó en evidencia en un video en el que se le preguntaba por los bombardeos en Caquetá, donde mataron a menores de edad. Y, de paso, quienes dicen que los que murieron fueron niños tampoco es que me generen mucha confianza, porque varios de ellos eran adolescentes, que no es lo mismo. Niños o adolescentes, el hecho es igual de atroz. Se trata de seres en formación que no son dueños de todos sus actos, entonces no tiene sentido manipular y ser amarillista llamándolos niños a todos para generar más impacto. El punto es que ver a Duque diciendo ‘viejo’ me transportó a épocas escolares, y no solo me sentí gobernado por mi excompañero de salón, sino que pensé que si el Presidente no anda con gafas en la cabeza y saco en los hombros, es porque su cargo se lo impide.

Estar en Bogotá desde los 17 ha matado mi acento, el cual solo aflora cuando regreso a mi ciudad natal. Quisiera hablar costeño 24/7, pero no se me da por una sencilla razón: no quiero sentirme diferente, así que desde la adolescencia hablo como bogotano, de la misma manera que hablaría como español de vivir en Madrid. Por eso entiendo a Shakira y a Teófilo Gutiérrez, barranquilleros como yo, que cuando se fueron a Argentina empezaron a hablar más porteño que Gardel. Pero es muy difícil dárselas de bogotano de clase alta cuando en realidad eres un barranquillero de clase media, y no hay acento ni pinta que te haga encajar en una sociedad en la no solo no naciste, sino con la que a ratos no te llevas bien aunque te ha dado todo.

Lo sigo intentando, y para ser considerado uno más en esta ciudad estaría dispuesto a lo que fuera, menos a decirle ‘viejo’ a alguien, que eso solo se le oye bien a Piero cuando le canta al papá.

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