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Mediocres del mundo

Mediocres del mundo

Nadie más normal y aburrido que aquel que se define como loco.

14 de enero 2022 , 08:00 p. m.

Hay una cantidad de personas que se autodenominan locas cuando se les pregunta cómo son. Peor aún, hay quien lo exclama sin que se lo consulten para que el mundo sepa a qué atenerse. Loco no en el sentido médico de la palabra, sino en el sentido social-bacano. Esto es, ser recochero y bromista, salir de la nada con excentricidades e irreverencias.

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Pero nadie más normal y aburrido que aquel que se define como loco. Primero, porque como nos vean no depende de nosotros, sino de los demás. Si se trata de encasillarnos, tal cosa es tarea de los otros, no nuestra. Luego está el hecho de que va uno a ver y las locuras de las que hablan las personas suelen ser la cosa más normal y corriente que hay.

Porque, más que loca, la gente es infinitamente aburrida, hacemos una lista con las cosas aburridas que hacemos y no nos alcanza la galaxia. Para empezar, la hora loca en los matrimonios. Están los invitados a una boda pasándola a su manera, de repente llegan unos animadores con pelucas, sombreros, gafotas y pitos e inmediatamente contagian a todos de esa alegría programada; entonces terminan disfrazados haciendo el trencito y apenas el carnaval finaliza, vuelven a su estado normal. ¿Qué de loco tiene eso? Es triste, más bien.

A la gente le encanta decir también que hizo una locura si se emborracha y se mete a una piscina sin ropa. Nuevamente, ¿qué hay de inusual en tal cosa si todos sabemos que las personas tomamos para olvidarnos del personaje tedioso que somos, llenar vacíos emocionales y contar al día siguiente cuánto tomamos, las idioteces que hicimos y el guayabo que nos va a matar? Declárense en rebeldía de pago así tengan plata, niéguense a pasar un control en el aeropuerto o a ponerse el tapabocas cuando se los exijan, y ahí sí les creo su supuesta rebeldía; emborracharse qué.

Si ser perfeccionista es el peor defecto de Duque, hay que reconocerle que se esfuerza por esconderlo, y eso tiene mucho de loable, ¿a quién no le gustaría ocultar con éxito sus fallas?

Es que somos insoportables. Solemos hablar de lo que nos gusta y de lo que no y colgar en internet todo lo que hacemos, como si al mundo le importara. "Hola, me llamo Adolfo, me gustan más los gatos que los perros, hoy almorcé pollo al horno, fui a Cartagena en vacaciones y acá les dejo esta selfi junto a mi deseo de un feliz 2022 para todos". ¿Quién nos creemos, los Windsor?

Estamos como Duque, que dijo el otro día que su mayor defecto era ser perfeccionista. Lo leí y me devolví veinte años, cuando el siglo apenas despuntaba y en las revistas de farándula salían afirmaciones tajantes tipo "Me considero un irreverente" o "Confieso que hice un trío", frases que en su momento no escandalizaron a nadie y que hoy lucen como lo que son: inofensivas y obsoletas. La última persona a la que le oí decir que era perfeccionista fue Lady Noriega en 1998.

A raíz de las palabras del Presidente leí que una persona que se considera perfeccionista sufre y fomenta su inseguridad, ya que cree que la ha conseguido, o por el contrario, nunca da por terminada la acción que está realizando. También leí que afirmar ser perfeccionista es uno de los lugares más comunes en las entrevistas de trabajo y que denota aires de superioridad irreales.

Entonces si ser perfeccionista es el peor defecto de Duque, hay que reconocerle que se esfuerza por esconderlo, y eso tiene mucho de loable, ¿a quién no le gustaría ocultar con éxito sus fallas? Yo no diría que Duque es perfeccionista, de hecho, esa sería la última característica que le atribuiría. Créanme a mí, un mediocre profesional, uno de los millones que hay en Colombia. Yo estudié comunicación social, que es la carrera de los mediocres por excelencia, y la acabé en diez años en vez de cinco porque no quería parecerme a los demás; es decir, me creía un loco cuando en realidad era un bobo. Mediocres hay en todos lados, basta con salir a la esquina para toparse con ellos.
Como dice F. Murray Abraham en la escena final de esa genialidad llamada Amadeus: "Mediocres del mundo, los perdono".

ADOLFO ZABLEH DURÁN

(Lea todas las columnas de Adolfo Zableh Durán en EL TIEMPO, aquí)

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