¿Marcha o miedo?

¿Marcha o miedo?

Yo no tengo claro que vaya a marchar, aunque debería hacerlo: no me gusta este gobierno.

15 de noviembre 2019 , 08:25 p.m.

El sábado pasado me tocó ver pelear a dos amigas cercanas. La noche iba bien, y de pronto estaban gritándose cosas. Una le decía a la otra que era una mediocre, mientras que esa otra le aplaudía y la llamaba “lameculos”, todo esto en un bar lleno de gente que miraba sin saber qué pasaba. Luego supimos que peleaban porque una había votado por Duque y la otra por Petro. La cosa no es tan sencilla y tiene más aristas, pero, a la larga, fue una diferencia ideológica lo que terminó en un show cómico-mágico-musical, como decían en La carabina de Ambrosio.

Mis amigas son el reflejo del nivel de la discusión política en Colombia. No importa el lado en el que estemos, parece que el objetivo fuera desacreditar a todo aquel que piensa diferente a uno, no solo haciéndolo caer en la cuenta de su supuesto error, sino insultándolo y humillándolo. Siempre he dicho que los colombianos somos gente pequeña porque carecemos, entre otras cosas, de vuelo mental, empatía y grandes líderes. Y seguimos creyendo, además, que esto es un tema de bandos y no de empujar juntos hacia el mismo lado, así no coincidamos en muchas cosas.

Quizá todo se deba a que estamos trasladando a la política lo que en realidad son asuntos íntimos, porque la vida es más una lucha interna que otra cosa. Miro la marcha que se está convocando para el 21 de noviembre y creo que no sabemos bien por qué vamos a marchar. Razones hay muchas, pero en el fondo creo que marcharemos por razones personales, es decir, marcharemos desde el ego, también desde la desinformación. Lo haremos por convicción, eso es seguro, pero llevados por causas que nos hacen sentir bien porque las sentimos justas y nobles, y al mismo tiempo son mediáticas y populares. Lo haremos también por agendas impuestas, porque el mundo se sigue moviendo por intereses individuales que creemos masivos.
La Primera Guerra Mundial fue una pelea entre tres primos que terminó con veinte millones de muertos. Hoy vemos esos tiempos lejanos, pero están a la vuelta de la esquina. También nos creemos mejores que nuestros antepasados; no lo somos. En esencia seguimos siendo los mismos seres medio evolucionados de siempre, solo que ahora usamos teléfonos inteligentes.

Ve uno quién va a marchar, y la mayoría será la clase media, que es la que se siente estancada, frustrada y quiere una vida mejor, solo que no ve por dónde se llega a ella.
No va a decir que sale a marchar por tal cosa, por eso mete en el saco otras causas sociales y traslada al gobierno de turno, cualquiera que este sea, la culpa por sus males. Y algo de razón tiene, pero estamos equivocados si creemos que la clase media nos va a llevar a algún lado. Movemos la sociedad porque somos muchos, pero a la larga no somos más que eso, clase media, mediocres en casi todo lo que hacemos. La gente extraordinaria es la mínima parte de la población, y cuando no está tratando de solucionar los problemas del mundo está creándolos.

El hecho es que esa pequeña parte es la que lidera, los demás solo seguimos como ovejas, creyéndonos librepensadores y buenas personas. Hay una estadística que dice que al menos la mitad de los 23 millones de ocupados en Colombia gana menos de un salario mínimo mensual. Quizá esa es la brecha que hay que cerrar si queremos un país equitativo. Nadie parece estar mirando a toda esa gente, que no va a marchar porque está preocupada por lo mucho que trabaja y lo poco que gana.

Yo no tengo claro que vaya a marchar, aunque debería hacerlo: no me gusta este gobierno y quiero una mejor vida para mí y los demás, solo que no creo en causas colectivas. Por eso me dedico al solitario oficio de escribir, no voy a conciertos, no me peleo por equipos de fútbol y no pertenezco a ninguna agremiación. Fiel a la especie que represento, la decisión la tomaré el veinte por la noche o, muy posiblemente, el mismo veintiuno por la mañana.

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