‘Lo que quería decir era...’

‘Lo que quería decir era...’

Cuando leo y oigo a los opinadores nacionales, me da pena decir que me dedico a lo mismo que ellos.

28 de junio 2019 , 08:04 p.m.

Empecé dos carreras y no terminé ninguna. En economía, las matemáticas me sobrepasaron, mientras que en periodismo nunca empecé la tesis. No solo porque en ese momento tenía dos trabajos que me quitaban todo el tiempo, sino porque me daba jartera hacer una vaina llamada marco teórico. Y mientras que de la primera no recuerdo nada, en periodismo aprendí que la opinión era el último escalón del oficio. Que tocaba primero curtirse en géneros como la reseña, la noticia, la entrevista y el reportaje, y luego sí, después de haber golpeado mucha tecla, se podía aspirar a decir lo que se pensaba y ponerlo con foto y firma. En mi caso, entre una cosa y otra pasó más de una década. Siempre sentí que opinar era lo mío, solo que no tenía el recorrido suficiente para ejercer.

Pero eso era antes. Hoy, el periodismo es otra cosa por las redes sociales, a las que no podemos culpar aunque han cambiado todo. Tenemos ejércitos de opinadores en Twitter e Instagram, en YouTube y WordPress. También en medios tradicionales, sin que muchos de ellos hayan hecho las escalas necesarias; pasan directamente de gatear a querer correr los cien metros planos en menos de diez segundos, y muchas veces un nombre en cualquier otra profesión, así no tenga nada que ver con periodismo, les alcanza para que les den un espacio y los gradúen como líderes de opinión.

Lo que pasa es que todos tenemos que comer, y, muchas veces, el camino más sencillo es opinar. Siempre será más fácil decir lo que pensamos que estudiar ingeniería mecánica. Y, encima, hay quien disfruta sentirse importante, poderoso, relevante. Por eso se nos olvida que opinar es una responsabilidad y no un privilegio, un logro y no un regalo. Y es así como vemos a tanto personaje que opina desde su púlpito, sintiéndose infalible, repartiendo fuego y falsa sabiduría, como si los demás fuéramos una tracamanada de incultos que no sabemos ni sonarnos con un pañuelo.

Siempre será más fácil decir lo que pensamos que estudiar ingeniería mecánica. Y, encima, hay quien disfruta sentirse importante, poderoso, relevante

Es cierto que aunque las personas somos ignorantes y manipulables, hay que saber cómo manejarlas, porque si descubren tu truco, estás cocinado. Y para ser un falso profeta sin ser desenmascarado son necesarias una estructura mental y una facilidad de palabras que los colombianos no tenemos porque nos falta talento hasta para eso. Sentarse a escribir lo hace cualquiera, conocer las reglas básicas de ortografía y saber poner tildes no es tan difícil, pero eso tampoco alcanza para opinar; se requiere habilidad para transmitir ideas, característica que tampoco poseemos. Pero es que no hay mucho más dónde buscar; estos que usted lee somos los menos malos. En realidad, la mayoría somos perversos, solo que estamos bien de amigos.

Por eso ve usted a gente que se repite o se contradice, que vuelve sobre una idea para ver si logra desenredar el nudo que armó. De ahí que sea común la frase ‘lo que quería decir era...’, que es la máxima de derrota del opinador. Si usted quería decir algo, tenía el espacio para hacerlo y no lo hizo, quizá es que no tiene la capacidad para tal cosa. Da miedo examinarse y descubrir que tal vez no somos quienes creemos ser, pero es necesario, que ya hay exceso de voces. Eso, y también que en el afán por figurar decimos cualquier arbitrariedad sin pensar en las consecuencias. Cuando leo y oigo a los opinadores nacionales, me da pena decir que me dedico a lo mismo que ellos, pero es que de algo tengo que vivir.

Cada vez que me siento a escribir intento no olvidar que no soy profesional y que finjo entender el mundo, aunque en realidad vaya por ahí dando tumbos. No soy mejor que nadie, y mi único afán es expresarme, no volverme viral. Es que ni diplomas tengo. No solo abandoné dos carreras, sino que después de graduarme del colegio rompí el diploma de bachiller porque pensaba que no servía para nada, al menos no para opinar. Hasta razón tenía.

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