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La vida es perder

La vida es perder

Aunque pasemos más tiempo en casa, perdimos la intimidad y los ratos de ocio que teníamos en ella.

24 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

¿Se han dado cuenta de las grandes y pequeñas cosas que hemos ido perdiendo durante la pandemia? Gracias al teletrabajo nos ahorramos el viaje a la oficina, pero la realidad es que perdimos calidad de vida. Hable con cualquiera que siga trabajando desde el hogar y verá que la jornada laboral ya no es de ocho horas, ahora toca estar disponible el día entero. No me pregunten por qué, pero por alguna razón las empresas creen que trabajar desde casa significa estar siempre libre para ellas, como si dormir, asearse, cocinar, comer y trabajar en el mismo lugar fuera un pícnic y no un cuestionamiento de vida.

(Lea además: No me parece chistoso)

Es que quieren más de nosotros, y no solo nuestros empleadores. Están detrás de nuestro tiempo, pero también de nuestro dinero. Las llamadas de los bancos y otras empresas de servicio para ofrecer productos disfrazados de promociones son desesperantes. Es que no te sueltan. Están en el celular, en el fijo, en el spam del correo electrónico, y si les dices que no, te acosan hasta que respondas afirmativamente o les expliques por qué no te apetece aceptar semejante regalo. Y a veces, si no logran lo que buscaban, encima, se ofenden. Todo esto para decir que, aunque pasemos ahora más tiempo en casa, perdimos la intimidad y los ratos de ocio que teníamos en ella.

El ataque a la persona natural es por todos los flancos. Una de las cosas que más me sorprenden de estos tiempos es que los que viajan en avión hayan perdido el derecho a llevar equipaje en bodega. Antes iba incluido en el precio del pasaje, ahora es un extra por el que hay que pagar. Incluso las compañías aéreas de mayor prestigio y presupuesto se comportan ya como una low cost porque hay que sacarle dinero al pasajero como sea. Por subirse y por bajarse, por ir sentado y escoger la silla, por beber y comer, por ver una película y, por supuesto, por llevar maleta. ¿O qué creíamos, que cambiarnos de ropa en el lugar de destino era algo necesario y no un privilegio?

Nos regalaron las vacunas, cierto, pero a qué costo. Parece que quisieran mantenernos vivos no porque estén preocupados por nosotros, sino para seguir abusando.

El dólar subió, o sea que perdimos también poder adquisitivo. La devaluación ha sido una gran excusa y cada vez que alguien pregunta por qué algo está tan caro, responsabilizan a dicha moneda. ¿Subió la gasolina? Culpa del dólar. ¿La ropa está impagable? Culpa del dólar. ¿Se encarecieron los alimentos? Culpa del dólar. O del paro, o de los bloqueos, o de la pandemia; lo que sea, el punto es que cualquier pretexto vale para poner todo por las nubes. Lo curioso es que baja el dólar, cesan el paro y los bloqueos, la pandemia amaina y los precios no vuelven a bajar. Algo no cuadra.

Hasta YouTube está desatado con la publicidad. Al comienzo, en la mitad, al final; es un bombardeo porque las marcas están haciendo todo lo posible para aumentar las ventas. El otro día me metí a ver el video de American Pie porque quería oír bien la primera estrofa y terminé mamándome tres anuncios. Normal: entras a internet con la intención de alimentar el alma y terminas con ganas de tomar cerveza, recordando que tienes que comprar crema dental blanqueadora y suscribiéndote a una de esas plataformas de streaming que están de moda.

No sé ustedes, pero yo estoy cansado de ser un hombre común, el ciudadano medio; siempre con todas las de perder, saco de boxeo para ser golpeado por unos y otros. Nos regalaron las vacunas, cierto, pero a qué costo. Parece que quisieran mantenernos vivos no porque estén preocupados por nosotros, sino para seguir abusando.

Hasta los restaurantes se unieron al baile y eliminaron los menús físicos con la excusa de evitar los contagios por covid. Si van a subir los precios y a cobrar lo que se les dé la gana, dennos al menos algo donde podamos ver bien los platos que sirven y lo que cobran por ellos. Es que ya no hay respeto ni vergüenza, no hay lógica tampoco. No sé cómo seguimos vivos.

ADOLFO ZABLEH

(Lea todas las columnas de Adolfo Zableh en EL TIEMPO, aquí)

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