La última reina

La última reina

Miremos por qué seguimos pendientes de un reinado y cuánto tiempo de vida le queda a una cosa así.

06 de octubre 2018 , 12:00 a.m.

Lo primero que toca decir es que los biempensantes que saltan por todo me tienen los huevos llenos. Los que todavía viven en el siglo XIX también, pero de eso abunda en Colombia hace rato. Yo, ni de un lado ni del otro; en mi forma de pensar soy contratista independiente.

Lo segundo es que da risa cada vez que esos biempensantes sufren un revés porque no han entendido que indignarse y vivir con dolor de patria no funciona y que toca buscar otros métodos para cambiar esto. El No, la consulta anticorrupción, Iván Duque; todo a lo que se oponen termina ganando. Aunque lo más chistoso fue lo ocurrido la semana pasada con Valeria Morales, la nueva señorita Colombia.

Cuando todavía era señorita Valle, dijo que no estaba de acuerdo con que Ángela Ponce, la representante de España, participara en Miss Universo porque ese era un concurso para mujeres que habían nacido mujeres, y Ponce no lo es, es transexual. La gente de vanguardia no se hizo esperar y la atacó con toda. ¿Resultado? Quedó de señorita Colombia, una prueba más de que el país donde ellos viven no es el país real.

No es fácil entender que hay que replantear el concepto de género. Es confuso porque crecimos con eso de que en el mundo hay hombres y mujeres, hembras y machos, y que nada más sabio que la naturaleza para haberlo definido así. Pero, si de ser incluyente y tolerante se trata, el sexo y el género son cosas bien diferentes. Usted puede venir al mundo con los genitales que sea, que si en el camino siente que no le corresponden, pues eso es.

El Concurso Nacional de Belleza fue relevante alguna vez, pero ya no, así como Sábados felices, la telenovela de la noche y la Vuelta a Colombia.

He leído que existen hoy cerca de cuarenta identidades sexuales diferentes, y puede que me quede corto. Yo no discuto esas cosas porque prefiero pensar que en este bus cabemos todos y no podemos obligar a nadie a ser lo que no quiere ser. Si usted despierta un día sintiendo que su cabeza es un manubrio, que sus piernas son ruedas y que ya no es una persona sino una bicicleta, adelante, sea una bicicleta y llegue lo más lejos que pueda, que nadie puede decirle lo contrario.

Debo aclarar, eso sí, que no tengo claro si es que las inclinaciones de las personas dan para tanto, o si en ese afán de sentirnos validados, únicos y especiales nos inventamos cada cosa. Prefiero no juzgar porque entiendo que se trata de una delgada línea que divide el entender al otro, ayudarlo a encontrar su lugar en el mundo, de fomentar la estupidez humana, que cada vez es mayor y se manifiesta de diferentes maneras, no solo siendo retrógrado.

La señorita España no se parece a nada de lo que hayamos visto antes, y eso produce miedo. Rechazamos lo que no se amolda a nuestra forma de pensar, por eso somos racistas, clasistas, machistas; por eso hay ateos que repudian a los creyentes, y viceversa. Nos la damos de vanguardia, cuando lo cierto es que estamos en pañales. “El primero que atraviesa la pared se llena de sangre” es una línea de una de mis películas favoritas, y lo que está haciendo la señorita España es abrir una senda para que la camine todo aquel que quiera; ataques no le van a faltar.

Más bien miremos por qué seguimos pendientes de un reinado y cuánto tiempo de vida le queda a una cosa así. El Concurso Nacional de Belleza fue relevante alguna vez, pero ya no, así como Sábados felices, la telenovela de la noche y la Vuelta a Colombia.

Este año tendremos dos, por razones que no voy a explicar porque me da pereza, pero lo cierto es que algo así parece organizado no por Raimundo Angulo, sino por la Dimayor. Resta agradecerle a la señorita Valle por decir lo que piensa, así muchos no lo compartan, que las declaraciones directas y honestas no abundan en esos concursos. También, al periodista que la entrevistó, ya estábamos cansados de que todas las preguntas en esas vainas se pudieran responder con la misma frase: la madre Teresa de Calcuta.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

Columnistas

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