La rutina es un privilegio

La rutina es un privilegio

En tiempos de paro te olvidas de la música, del cine, del fútbol y hasta del sexo.

06 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Lo que más extraño de estos días de marchas es la rutina. Poner el despertador a la misma hora y saber cuánto me voy a demorar en ir del punto A al punto B. Saber también que, aunque rotas, las calles no van a estar bloqueadas. Y no importa que esté a favor o en contra del paro, la alteración de la cotidianidad afecta a todos por igual. Además, no solo la billetera se trastoca; en tiempos de paro te olvidas de la música, del cine, del fútbol y hasta del sexo. En general, de las cosas que te alegran la vida.

Esa rutina de la que tanto nos quejamos, la costumbre de hacer las cosas el mismo día, a la misma hora, con las mismas personas y de la misma manera, es un tesoro invaluable. No la soportamos, pero sin ella la vida sería un caos. De hecho, la vida es un caos, y solo el método es lo que nos permite soportar los días que se repiten sin sentido.

El día que se anunció el toque de queda en Bogotá estaba en la calle, y fue raro no solo tener que salir a casa como fuera, sino ver al resto de la ciudad hacer lo mismo. No llegaba a ser caos, pero se le parecía mucho. Personas ansiosas al volante de sus carros, otras en buses repletos, atravesando avenidas como fuera posible, buscando taxi sin éxito, caminando afanadas por los andenes. Nunca habíamos vivido algo igual.

No la soportamos, pero sin ella la vida sería un caos. De hecho, la vida es un caos, y solo el método es lo que nos permite soportar los días que se repiten sin sentido

El viaje a casa incluyó parada obligatoria en un supermercado para aquellos que no teníamos comida. Pero los supermercados ya estaban cerrados, por eso las pequeñas tiendas de barrio estaban al borde del colapso. Yo al final logré encontrar una droguería apartada a punto de cerrar donde compré chitos, gaseosa y chocolatina, productos que sumé al menú que tenía en casa: atún y aceitunas.

En medio del toque de queda, la curiosidad y el hambre me llevaron a andar por un par de calles oscuras y solas. No se oía nada, como si todos hubieran muerto, pero todos estaban en sus casas, sin poder dormir y con una sensación de inseguridad que no habían sentido antes. Todo era irreal, mezcla de excitación y miedo, y ahí entendí que la rutina es un privilegio y que lo que está pasando es malo para todos, pero que aun así hay razones para seguir protestando.

Muchos se quejan de los efectos económicos del paro, del daño que le hace al país. Es chistoso cómo quienes gobiernan llevan siglos llenándose los bolsillos, pasando por encima de los menos favorecidos, sacándoles la plata y las oportunidades, y no les importa. Pero si eso mismo pasa por culpa de un paro, es el fin del mundo. Hay una estadística que dice que en Colombia toma once generaciones salir de la pobreza (tres siglos mal contados). Tres siglos contra tres semanas que lleva el paro, y hay gente llorando porque el país se está yendo al carajo y culpando a los que marchan y no a los gobernantes; el mundo al revés.

Pasa lo mismo en las guerras. Unos señores que mandan se pelean y ponen a los ciudadanos a matarse entre sí. La economía colapsa, la vida y las familias se destruyen, y no pasa nada porque todo se hace por ideales etéreos como Dios, el honor y la patria. La gente no quiere matarse, quiere vivir tranquila; por eso, lo primero que hace después de una guerra es recoger los escombros y retomar los hábitos: vuelve a los cafés, se reúne con los vecinos, organiza partidos de fútbol.

Me he alejado del paro porque me voy a chiflar, también porque me cogió una laringitis que me dejó una semana en cama. En ese tiempo me he concentrado en la enfermedad y en banalidades como el Balón de Oro que le dieron a Messi, pero ha sido imposible abstraerme de la realidad, al punto de que un par de noches atrás tuve un sueño en el que se mezclaba todo: llegaba a un consultorio médico donde el recepcionista era Julián Román, el doctor era Jorge Cárdenas y el paciente que estaba antes de mí era Virgil van Dijk. Esto se está saliendo de control.

Empodera tu conocimiento

Más de Adolfo Zableh Durán

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.