La calle está dura

La calle está dura

Volverse influencer no es un mal negocio, da buen dinero a cambio de poco esfuerzo.

13 de abril 2019 , 07:50 a.m.

El periodismo está tan duro que he considerado oficios alternos. Nada innovador ni del otro mundo, porque los periodistas servimos para muy pocas cosas, la mayoría de ellas inútiles. He pensado en meterme a youtuber, que está muy de moda, pero creo que preferiría volverme narcotraficante. Es cierto que es ilegal y se corren muchos riesgos, pero da más plata. Y, encima, aunque dañes a la sociedad, te enfrentes a la justicia y puedas terminar en la cárcel o picado en pedazos, eres temido y mantienes la dignidad, cosas con las que no cuentas cuando te conviertes en un profesional de subir videos de cualquier cosa a internet.

Hay gente que no quiere ser criminal ni bufón, por eso escoge el camino del medio, que es volverse influencer. Esto es que te contraten las marcas para que hables de ellas. Y no es un mal negocio, da buen dinero a cambio de poco esfuerzo. El problema es que hay más oferta que demanda porque cualquiera con un puñado de seguidores puede ser influenciador, lo que ha encarecido el mercado. A causa de esto, las marcas muchas veces no ofrecen plata sino producto. Y está bien si es un viaje, un carro, algo que no se pueda costear fácilmente, pero trabajar a cambio de boletas para conciertos y zapatos es muy jodido.

El año pasado me ofrecieron mover en redes sociales la campaña a la presidencia de Alejandro Ordóñez, a lo que me negué. Y no solo por cuestiones ideológicas, sino profesionales.

Es que se regalan por lo que sea. Por decir que sí a cualquier propuesta, a mí me han ofrecido cajas de Tic-Tac y suscripciones de Netflix. Es decir, una miseria. El Tic-Tac se puede comprar con unas monedas en el puesto de la esquina, y Netflix es un gran producto, pero la mensualidad vale menos que un almuerzo en un restaurante decente. Yo estoy a la venta, como todos, pero mi precio es un poco más alto, y por plata soy capaz de hablar bien hasta de Hitler. Aunque exagero. El año pasado me ofrecieron mover en redes sociales la campaña a la presidencia de Alejandro Ordóñez, a lo que me negué. Y no solo por cuestiones ideológicas, sino profesionales. Yo hubiera invitado a la gente a votar por el exprocurador sin asco, pero por una cifra muy alta, diga usted un millón de dólares. Una cantidad de dinero que me permitiera vivir de la renta por el resto de mi vida y, de paso, no odiarme tanto cada vez que me mirara al espejo.

Pasó la semana pasada con el hashtag #FrackingEsDesarrollo, que sonó por todo Twitter. Iba uno a ver, y era una cantidad de gente defendiendo lo indefendible, hablando bondades de algo que ha sido prohibido en países desarrollados por causar daños al medioambiente. Y, claro, los tuits iban enfocados a los beneficios económicos que traería al país implementar el fracking; de temas ecológicos no hablaban porque no tenían de dónde agarrarse. Todo se veía falso, forzado; se notaba que era una campaña impulsada por algún grupo interesado en el tema; y, lo peor, no creo que hayan pagado los tuits a buen precio. Y yo que me sentía mal por decir que por plata hablaba bien hasta de Hitler.

Ahora están de moda las casas de apuestas deportivas. La ludopatía puede ser un problema masivo de salud, un vicio que se lleva por delante personas y familias enteras, igual que la droga y el alcohol. De hecho, hay expertos que afirman que la adicción al juego activa la misma zona del cerebro que la cocaína, y sin embargo no veo campañas en su contra. Al revés, los anuncios que promocionan apuestas están por todos lados, y nadie dice nada porque la danza de los millones es una vaina salvaje y todos necesitamos comer así la conciencia joda. Por eso aprovecho este espacio para ponerme al servicio de las casas de apuestas: señores, acá tienen un servidor con comprobada capacidad para influir en lo que la gente piensa. Y, aunque no trabajo por canje, no les salgo muy caro y mis resultados están garantizados. Aprovechemos que esto aún es legal. Llámenme, por favor, que la calle está dura.

Columnistas

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