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La alegría de viajar

La alegría de viajar

Quieren reactivación económica, pero sin invertir en recursos para prestar un buen servicio.

05 de noviembre 2021 , 08:00 p. m.

Los folletos turísticos no muestran las horas al teléfono lidiando con el call center de la aerolínea o la agencia de viajes si toca hacer un cambio en el pasaje. Yo no sé si siempre fue así de tortuoso y de niños idealizábamos viajar, de golpe sí. Al fin y al cabo, todo lo hacían los adultos y nosotros solo teníamos que montarnos al avión.

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Está pasando: llama uno y lo recibe una grabación diciendo que debido a la situación están recibiendo un volumen inusual de llamadas y que los tiempos de espera son mayores que los habituales. Y luego, dos horas pegado al auricular. No les da pena jugar con el tiempo de la gente ni decir mentiras, porque hacen como si el coronavirus los hubiese agarrado por sorpresa la semana pasada y no en marzo del año pasado. Ya deberían tener eso resuelto, solo que no quieren, ya está bien de escudarse en el virus para justificar su falta de voluntad. Quieren reactivación económica, pero sin invertir en recursos para prestar un buen servicio.

Esta semana quise cambiar un tiquete y me costó tres llamadas, cuatro horas y veinte mil pesos, a cinco mil la hora, más o menos. Y justo esta semana salió también la noticia de la delegación colombiana que viajó a la cumbre del cambio climático organizada por la ONU en Glasgow. 149 personas en total, según algunos medios; vaya comitiva, es que ni para ir a ver un partido de la selección. Se siente uno un don nadie por no haber clasificado, el peor fomo de la historia. Desde que unos amigos organizaron paseo a Santa Marta, no me invitaron y se dedicaron a irse de fiesta, asolearse y documentarlo todo en redes no me sentía tan miserable.

Más allá de que la delegación sea pequeña o grande, banal o justificada, seguro muchos de los que fueron tuvieron que desgastarse hasta última hora para lograr su cupo, pero también varios otros clasificaron porque sí, por inercia, y los envidio, ojalá al viajero común le tocara así de fácil. Casi cuarenta mil personas de todo el mundo participan en dicha cumbre, y no entiende uno de dónde sale tanta gente comprometida con el planeta si esto está cada vez peor. Aunque eso de que el mundo esté mal no es tan cierto; el mundo está perfecto dentro de su imperfección, ni bien ni mal, es lo que es y ya.

Yo no sé en eventos así qué tanto habrá de interés ecológico y qué tantas ganas de pasear y figurar, supongo que un poco de ambos.

Salvar el planeta es una causa políticamente correcta que suena a verso, con todo respeto y arrepentimiento por lo que acabo de decir, a veces no soy yo cuando escribo. Es que dan tanta lora con el asunto que se pregunta uno qué hay detrás de todo ese show. Algo pasa ahí que no nos cuentan porque la puesta en escena es descomunal. ¿Quién nos hizo creer que éramos tan importantes? ¿De dónde sacamos la idea de que el funcionamiento de la Tierra dependía de nosotros?

Sin embargo, todos a Glasgow; líderes mundiales y activistas listos para mojar prensa. Yo no sé en eventos así qué tanto habrá de interés ecológico y qué tantas ganas de pasear y figurar, supongo que un poco de ambos. Me hizo recordar a dos amigos, una trabaja en la Unesco y otro en el BID, y ambos coinciden en que esas organizaciones muchas veces sirven es de paños tibios para justificar presupuestos y puestos de trabajo, una cantidad de empleados con cara de preocupados y eficientes, ganando en moneda extranjera libre de impuestos mientras el mundo se deteriora cada vez más.

¿Queremos ayudar? Podríamos empezar por dejar de comprar tanto, de darles el dinero a las grandes corporaciones. Y si no lo hacemos por ecologismo hagámoslo por dignidad, que nuestras casas parecen basureros y no nos hemos dado cuenta. Esto no se soluciona dejando de consumir pitillos y bolsas, que esos son placebos. Pretendemos vivir sin plástico, pero no estamos dispuestos a renunciar a lo grande: nuestros carros y nuestros celulares, la ropa de moda y los viajes en avión. La cadena siempre se rompe por el eslabón más débil.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

(Lea todas las columnas de Adolfo Zableh Durán en EL TIEMPO, aquí)

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