Fuerte y claro

Fuerte y claro

Del feminismo hay que hablar de forma constante y fuerte para que entendamos que no es un chiste.

02 de agosto 2019 , 07:14 p.m.

No creo que el feminismo esté causando malentendidos por culpa del movimiento en sí, sino porque, por alguna razón, el mensaje no llega como debería. Por un lado estamos nosotros, los hombres, que no entendemos porque todo nos parece confuso o contradictorio y tomamos la salida fácil, que es esperar a que alguien nos lo explique tipo Pictoline, como si esa fuera su obligación. Eso, o que no nos interesa porque no estamos dispuestos a cambiar nuestra forma de pensar.

Tan poco entendemos del asunto de que creemos que el feminismo es un bloque unificado, tipo ONU, y no percibimos que es un movimiento en constante formación y cambio que viene con diferentes vertientes de pensamiento. Feministas hay muchas. Radicales y moderadas, académicas y activistas, todas tienen algo que decir, y es necesario oírlas para reparar el pasado y construir un mundo que no se parezca al que nos ha tocado vivir.

El mensaje del feminismo es tan complejo que, a veces, ni siquiera quienes tienen más claras las ideas y desean transmitirlas logran hacerlo. Pasa en Twitter, red social de la que estoy intentando alejarme porque, al igual que los noticieros, mata el alma. Hay en dicha burbuja sociedades compuestas por personajes que tuitean para el aplauso de la tribuna y se adulan entre sí. Viven de la pose, alimentando un personaje que crearon, y me pregunto si ellos mismos se creerán. Entonces, al no tener ideas claras y no saber tampoco cómo compartirlas, se quedan en la polémica, y no solo eso, sino que se nutren de ella. Les quita usted sus cuentas de Twitter y los saca a la calle, y pueden pasar dos cosas: o se vuelven irrelevantes o se quitan la careta y empiezan a actuar con naturalidad.

Convivir con el feminismo es duro todavía, y no todos podemos en un día pasar de andar en mula a hablar de identidad sexual no binaria

Sin embargo, del feminismo hay que hablar de forma constante y fuerte para que entendamos que no es un chiste ni un tema menor, pero no sobraría afinar el tono, porque hoy ocurre que si alguien dice o hace algo machista, es descalificado y ridiculizado con un ánimo de revancha, como si en vez de aleccionar y corregir quisieran herir. Hablan desde la rabia, cosa entendible si tenemos en cuenta que están devolviendo el maltrato que han recibido.

Con afinar el tono no pretendo que sean dóciles ni hablen en tono maternal, sino que compartan de manera más efectiva su conocimiento, que así el mensaje llega mejor y a más personas. Convivir con el feminismo es duro todavía, y no todos podemos en un día pasar de andar en mula a hablar de identidad sexual no binaria. Una amiga me dice que si me incomoda el tono con el que hablan las feministas, es porque temo perder mis privilegios, y puede que tenga razón, es natural temer a lo desconocido. Y, aunque a veces me pueda el miedo, entiendo que, de lograr los cambios que proponen, terminaríamos ganando todos.

A muchas personas se les ha criticado que usen el discurso feminista para vender ropa y promocionar productos, y yo ahí no veo mucho problema. En el capitalismo no se vive del aire, y si se puede llevar un mensaje, promover cambios y fortalecer lazos mientras se hace dinero, mejor. El asunto es que el contenido es indispensable porque sin él, todo se queda apenas en una nueva forma de comercio que alimenta el capitalismo salvaje de las grandes marcas.

Alguna vez me llamaron ‘aliado’ dentro del contexto feminista, y no entendí nada. Primero, porque ignoraba que esto fuera una guerra y, segundo, porque no me siento aliado de nada. Quienes nos dedicamos a escribir somos solitarios y solemos no creer en causas colectivas más allá de que tengamos posiciones. No se trata, entonces, de alejarse de la realidad, pontificar y creerse infalible, sino de lo contrario, estar atento a lo que la gente tiene que decir porque todo es una lección de la que se aprenden cosas nuevas. Los mensajes zumban por todos lados, hay tener cuidado y saber a quién le prestamos nuestros oídos.

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