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Escritor o máquina

Escritor o máquina

Siempre esperamos con miedo habernos dedicado a algo que no sea de fácil reemplazo.

19 de noviembre 2021 , 08:00 p. m.

Una amiga me mandó un artículo escrito por un robot. Y no en un blog aficionado cualquiera, sino en The Guardian, uno de los diarios más reconocidos del mundo. Se llama GPT-3, pero escribe como Shakespeare, y en el artículo en cuestión asegura que las máquinas de su clase no vienen a quitarles los empleos a los seres humanos. Vengan en son de guerra o de paz, se te enfría un poco la sangre mientras lo lees, más cuando te enteras de que para terminarlo usó únicamente el 0,12 por ciento de su capacidad. Es que así no se puede, si uno a veces solo logra redactar tres líneas mediocres en todo el día y queda de cama.

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A lo largo de los años hemos visto desaparecer tantos trabajos que siempre esperamos con miedo habernos dedicado a algo que no sea de fácil reemplazo. Despertadores humanos, afiladores de cuchillos, operadores telefónicos, cazadores de ratas y colocadores de bolos; todo suena tan arcaico que cuesta imaginar que alguna vez fueron trabajos populares. Hoy nada de eso existe, y el oficio de cualquiera de nosotros podría ser el próximo.

Yo trato de ser optimista y pensar que la escritura es algo emocional y único, tan cercano al arte que nadie va a conectar con un texto redactado por un ente de inteligencia artificial, pero ya no lo tengo tan claro. Se lo comenté a mi amiga en cuestión y le pregunté si creía que la gente iba a consumir una historia sabiendo que había sido creada por un robot, y al instante entendí la estupidez de mi cuestionamiento. Por supuesto que lo haría, ¿qué más da? Si está bien contada y al público le gusta, ¿qué importa quién sea el autor? Es que no hay que irse muy lejos: hoy, las películas más taquilleras son las de superhéroes, tan planas y aburridas que no parecen inventadas ni siquiera por robots, sino por zombis, muertos vivientes al fin y al cabo.

La fotografía no acabó con los pintores, y la música electrónica tampoco significó el fin de los músicos profesionales; a argumentos de ese tipo me aferro para creer que nunca llegara el día en que seré reemplazado por quién sabe qué aparato capaz de escribir mejor y más rápido. Sin embargo, esto no tiene pinta de acabar bien. Y no me crean a mí, sino a voces infinitamente más conocedoras del asunto como Elon Musk y Stephen Hawking.

Yo antes soñaba con convertirme en un gran escritor, pero se trata de una vida tan llena de obstáculos que no sé si valga la pena. Ahora solo me gustaría ser una máquina.

El primero dijo que la inteligencia artificial podía llegar a ser más peligrosa que las armas nucleares, mientras que el segundo aseguró poco antes de morir que en cuestión de un siglo la humanidad será sometida por las máquinas.

Hoy no se necesitan humanos para presentar noticias y apagar incendios, así que de ahí para abajo todos somos prescindibles. Es que no hay manera de ganar porque los seres de carne y hueso no somos competitivos. Ya no solo es que seamos menos eficientes que los robots, sino que ellos no se quejan ni se cansan; tampoco se paran diez veces al día a tomar tinto, no piden aumento de sueldo ni arman sindicatos; y, encima, no toca pagarles seguridad social todos los meses ni indemnizarlos cuando son despedidos. Es decir, el sueño de cualquier empleador.

Toca entonces reinventarse, esa palabra que está tan de moda. Suena fácil, pero vaya reto; tantos años nos costó encontrar lo que queríamos hacer con nuestras vidas como para que ahora estemos casi obligados a sacar un as bajo la manga. El punto es que desde que mi amiga me mandó la noticia no confío en nadie, ni en ella, y cada vez que chateo o intercambio correos electrónicos me pregunto si el del otro lado será un humano o una máquina.

Yo antes soñaba con convertirme en un gran escritor, pero se trata de una vida tan llena de obstáculos que no sé si valga la pena. Ahora solo me gustaría ser una máquina y obedecer sin chistar las órdenes que me manden; de golpe siempre lo he sido y apenas ahora me estoy dando cuenta.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

(Lea todas las columnas de Adolfo Zableh Durán en EL TIEMPO, aquí)

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