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El señor feudal

El señor feudal

Ahora es común que se refieran así del expresidente, pero en aquella época resultaba desafiante.

28 de agosto 2021 , 12:12 a. m.

Un amigo al que no veo hace mucho tiempo solía salir con comentarios inteligentes. Al menos para mí, ya que cada cosa que decía me hacía abrir los ojos. Toda conversación con él venía acompañada de una serie de revelaciones que hoy podrán parecer obvias, pero que en su día encontré valiosas.

En una de ellas, hablando sobre un amigo en común que era actor y a quien le iba muy bien como protagonista de una telenovela de moda, dijo que los actores eran artistas de segundo orden. Me explicó que escritores, arquitectos, músicos, pintores y similares eran creadores, pero que los actores eran intérpretes; no creaban mayor cosa, solo adaptaban lo que alguien más se había inventado.

Podrá sonar mala leche tal afirmación, pero no había en mi amigo un ápice de resentimiento, solo frías observaciones producto de lecturas y horas de análisis. Era raro él, empezando por su mirada. Se trataba de esas personas que miran todo con cuidado, pero no para juzgar, sino para entender. Luego abría la boca y al principio costaba entenderle, seguirle el hilo, pero si te concentrabas en sus palabras, todo adquiría sentido. Aquello que pronunciaba no eran ideas de un loco. Y así estuviera equivocado o poco fino, siempre trataba de argumentar todo lo que enunciaba, nada de arranques pasionales.

Un día de 2004 estábamos hablando de Uribe y dijo que era un señor feudal, un rey de otro tiempo. ‘Un señor de la guerra’ fue la expresión que utilizó, y vean que fue hace diecisiete años. Ahora es común que se refieran así del expresidente, pero en aquella época resultaba desafiante. Dos décadas atrás, sin redes sociales, en la mitad de su primer período presidencial, con la popularidad por los cielos y siendo considerado el salvador de Colombia, afirmar tal cosa era de vanguardia.

Aunque viva en este siglo, pertenece al pasado, por eso se opone a muchos cambios que signifiquen progreso.

En general, por estos días es muy sencillo parecer contracorriente y de pensamiento crítico, basta con seguir un par de cuentas en Twitter y reproducir sus ‘posteos’ contraculturales para que te crean irreverente. Entre los perfiles de ese corte y sus seguidores, los mensajes se reproducen tantas veces que ya no se sabe a quién se le ocurrió, quién lo echó a andar y quién simplemente lo repite como loro, pero de una forma tan categórica que parece que hubiera sido idea suya.

Tal cual un señor de la guerra: terrateniente, con ejército de escoltas y servidumbre que nombra en puestos importantes mientras a sus herederos les llega el momento de sucederlo. Da órdenes directas porque es el único líder, solo él tiene voz y voto, pero cuando se quieren rastrear de vuelta, la pista se desvanece en el aire. Tiene también bufones para divertir al pueblo; los manda al escenario cuando la situación está difícil y los pone a decir cualquier cosa, mientras más descabellada y ridícula, mejor, a ver si así el público se distrae y se olvida de lo que está pasando detrás.

Aunque viva en este siglo, pertenece al pasado, por eso se opone a muchos cambios que signifiquen progreso. Eso sí, es intimidador y conveniente, como se vio en días pasados en la entrevista con Francisco de Roux. No solo propuso una amnistía completa, sino que recibió a su interlocutor en su finca, posesionado como el señor feudal que es, dueño y amo de todas las tierras que sus ojos alcanzan a ver, súbditos incluidos.

Insisto, decirlo hoy es fácil, no se requiere de mucho cacumen; en cambio, estructurar la imagen en 2004 era tecnología de punta. No tengo idea de dónde estará mi amigo, le perdí la pista hace rato. He tratado de buscarlo en Twitter, pero ni rastros de él; no me extraña, las redes sociales deben de parecerle aburridísimas. Eso sí, daría sopa y seco, al punto de que muchos tomaríamos sus ideas como punto de partida para presentar las nuestras. Cualquier cosa por fama y likes.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

(Lea todas las columnas de Adolfo Zableh Durán en EL TIEMPO, aquí)

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