El pelo de Yatra

El pelo de Yatra

Ni siquiera es que los famosos colombianos sean fachos, es que son sumisos. 

01 de noviembre 2019 , 08:12 p.m.

Decía la semana pasada que, después de Chile, Colombia era el país más fascista de Latinoamérica. Y no hablo de sus gobiernos, sino de sus ciudadanos. Lo vemos en prensa, redes sociales y conversaciones con familiares y amigos, gente cercana que cada tanto salen con comentarios descalificadores hacia otros humanos.

Todos somos fachos de vez en cuando porque es imposible ser sensible a todo y poner al otro por encima de nosotros, pero no sobra cada tanto dejar de mirarnos al espejo para ocuparnos del que sufre frente a nosotros. Se llama empatía, y se nace o no con ella, aunque lo lindo es que también se puede ir adquiriendo en el camino. Empatía es lo que no tenemos; no solo nos importan un carajo los demás, sino que no dudamos en ponerles el pie encima para joderlos más.

Mientras que Vidal y Gary Medel están a favor de las marchas en Chile, y que Ricky Martin, Bad Bunny y Residente protestan contra la corrupción en Puerto Rico, acá los famosos aplauden como focas

Lo que llama la atención es que nuestros famosos piensen como piensan y simpaticen con ciertos personajes. Ahí están Jorge Cárdenas, Ana Lucía Domínguez, Falcao, James Rodríguez, Faustino Asprilla, Sebastián Yatra, J Balvin, Silvestre Dangond; todos manifestándose de alguna manera a favor del orden establecido. Saben que detrás de eso que apoyan, en algunos casos, hay muertos, desplazados, robos a la salud y la educación, e igual no les importa. Y es raro porque yo pensaba que ser artista significaba ser sensible a las tribulaciones del alma, pero parece que no. Tal vez se deba a que artistas no son. ¿Han oído cantar a Jorge Cárdenas? Eso no solo no es arte, sino que no es música.

Mientras que Arturo Vidal y Gary Medel están a favor de las marchas en Chile, y que Ricky Martin, Bad Bunny y Residente protestan contra la corrupción en Puerto Rico, acá los famosos aplauden como focas. Incluso, Ted Danson y Jane Fonda, que están más allá del bien y del mal, han sido arrestados por protestar contra su propio gobierno. Hasta en eso nos gana Estados Unidos: no solo su gente es más activa, sino que su farándula es mejor. Sus famosos protagonizan escándalos sexuales y de droga, peleas callejeras y persecuciones policiales; acá, en cambio, salen en redes presentando a su bebé, o en la portada de TV y Novelas jugando con su mascota en el jardín de su nueva casa. Muy aburrido todo, y, encima, fachos.

Y ni siquiera es que sean fachos, es que son sumisos. Serían sumisos con cualquiera que ostentara el poder y les garantizara poder disfrutar de su dinero y su fama. Pasa igual con los periodistas. Me tiene muy cabreado el periodismo de este país, por eso cada vez lo ejerzo menos. Yo también soy conveniente y trato de no pelear contra quien me da de comer, pero es que hay grados. Una cosa es saber que no puede uno irse de frente contra el sistema y otra, vivir preso de él. En vez de ser una voz que denuncia injusticias, muchos periodistas lanzan defensas y elogios sin pies ni cabeza, y estar en las grandes emisoras es su premio por ello. Yo quisiera ser así: más lambón, más oportunista, meterme en una de esas sociedades de mutuo elogio, pero no se me da.

Al famoso que menos soporto es Sebastián Yatra. No porque piense como piense, sino porque nació afortunado y, encima, ha ido mejorando. Yo quisiera ser así, pero tampoco lo logro. Lo que más le envidio es el pelo. Mi doctora de confianza es una gran amiga y, además, me ha ayudado a que me crezca pelo, porque yo iba para calvo que me las pelaba. Siempre le digo que necesito el pelo de Yatra, que qué puedo hacer, y ella responde que nada, que me conforme con lo que me queda y que tenerlo como el suyo es imposible porque todavía no han inventado un producto que logre tal efecto. Pues, como no puedo aspirar a más pelo, le deseo a Yatra la desgracia. No solo que pierda su candidato a la alcaldía de Medellín, cosa que ya ocurrió, sino que se le caiga todo el pelo para que quede más calvo que yo. Y, si es posible también, que no se le pare.

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