El fin de los tiempos

El fin de los tiempos

La vida era maravillosa, pero no éramos felices, nada era suficiente para nosotros.

20 de marzo 2020 , 07:28 p.m.

Con esto del coronavirus me debato entre la incredulidad y la precaución, el miedo, el pánico y la necesidad de hacer chistes de manera compulsiva, como Chandler en 'Friends'. No es que el virus sea un invento, está entre nosotros y parece ser tan letal como dicen, pero cuando de versiones oficiales se trata hay que desconfiar. El establecimiento dice que la enfermedad tiene un origen natural, pero es tan agresiva y resistente que bien podría haber sido creada por alguien para controlar quién sabe qué. Suena paranoico, pero cuando has leído sobre teorías conspirativas terminas tan rayado que entiendes que las personas somos capaces de cualquier cosa.

Es posible que los dueños del mundo hayan sentido que esto se les salía de control después de ver las revueltas sociales del año pasado y dijeran: ‘Vamos a mandarles algo para calmarlos, matarles la rebeldía y que vuelvan a apreciar la vida’. Esto suena cada vez más ridículo, y ni yo mismo creo que lo esté escribiendo, pero es que el mundo no es una democracia: tiene dueños que deciden lo que hay que hacer, una red tan pequeña como invisible.

Y no hablo de los ricos, sino de los que están por encima de ellos, porque para mandar no basta con tener dinero, hay que fabricarlo, y al final de la pirámide social siempre va a haber una persona con sus amigos más cercanos. No somos libres, pero nos han hecho creer que sí; eso que usted y yo poseemos, pensamos y consumimos no son decisiones nuestras, nos las implantaron, y ni cuenta nos dimos.

Tan asustados quieren tenernos que esta semana estaban dando en simultánea 'Contagio' (la historia de una pandemia), 'La noche de la expiación' (caos social durante una noche), 'V de venganza' (un estado totalitario) y 'El resplandor' (una familia que se aísla voluntariamente). Tal cosa no puede ser coincidencia, y si los responsables de la programación lo hicieron adrede, estaríamos hablando de gente muy cruel. Yo me inclino a pensar que los grandes medios forman parte de ese orden establecido que quiere tenernos sometidos. Hasta History Channel se sumó y pasó 'El último Papa', un documental sobre cómo las profecías de San Malaquías aseguran que Francisco será el último en ocupar el trono romano.

Pero asumamos que la versión del coronavirus que se ha dado al mundo se ajusta completamente a la realidad. Igual, la gente está asustada y estas cosas no ayudan. Ni lo que vemos en televisión ni lo que dicen los gobiernos, mucho menos lo que se difunde en redes sociales y cadenas de WhatsApp. Cuando todo esto acabe, si es que acaba, volveremos tan mansos que vamos a agradecer por todas las pequeñeces que habíamos menospreciado. Se volvió tan cotidiano que el sol saliera cada mañana que se nos olvidó que era un milagro, uno de los muchos de la vida. No solo vivir en sí, sino comodidades como abrir la llave y que saliera agua, prender el computador, que hubiera internet y pudiéramos comprar un pasaje de avión al lugar del mundo que se nos diera la gana. Ahora que las calles están solas, los locales cerrados y la vida en peligro, nos damos cuenta de lo ridículos que nos veíamos con nuestras extravagancias y nuestras ínfulas de influencers, ofendidos cuando nos traían Coca-Cola light en vez de zero y celebrando cumpleaños con esos tubos que botaban chorros de luz y esas bombas inflables de números. La vida era maravillosa, pero no éramos felices, nada era suficiente para nosotros.

Quizá sea el fin de los tiempos y no nos hemos dado cuenta. Y está bien, que la vida es un ciclo y esa sensación de seguridad siempre fue falsa; el sistema es tan frágil que un virus puede tumbar lo que costó milenios construir. No lo siento por nosotros, sino por los niños, que tal vez nunca podrán experimentar el horror y la maravilla de estar vivo. Igual que nosotros, tarde o temprano también lo hubieran arruinado.

Adolfo Zableh Durán

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