Dos de agua por una de arroz

Dos de agua por una de arroz

Cocinar arroz por primera vez no es solo un logro gastronómico, sino un crecimiento personal.

12 de junio 2020 , 09:25 p.m.

La semana pasada cociné arroz por primera vez en la vida, y no puedo creer que haya aplazado durante tanto tiempo algo tan fácil de hacer. Debe de serlo, porque si lo logré yo, que no tengo ni idea de cocina, literalmente cualquiera puede; algo así como montar en bicicleta, cuando lo logras no se te olvida más. Arroz blanco suena a poca cosa, pero es un gran avance cuando no cocinas nada y estás acostumbrado a usar más el teléfono de los domicilios que la estufa. Hace más de veinte años me fui de la casa, y durante ese tiempo no había pasado de preparar carne a la plancha, sánduches y ensaladas, todo muy fácil de hacer.

Comer mal pasó entonces de ser una solución de emergencia a una condición permanente, como el cuatro por mil. Me volví impaciente para la cocina, incapaz de dedicarme a algo que implicara preparación y tiempo. Las pizzas a domicilio se convirtieron en la base de mi dieta, así como las salchichas de microondas y las sopas de sobre, y es raro porque en mi cocina hay de todo, pero no uso nada. Tengo colador de pastas, pero no hago pasta; descorchador de vinos, pero no tomo vino, y hasta un bonito juego de ollas que sirve más como decoración que otra cosa. Y, ahora que lo veo, me acostumbré a vivir como me acostumbré a comer.

No hay en mí señales de metodología, ninguna rutina que signifique dedicación y constancia, lo que hace que desapruebe mi estilo de vida, pero que no haga mayor cosa por mejorar. Salvo para escribir (y eso), no elaboro, no construyo, no soy riguroso ni tengo paciencia, lo quiero todo ya, a medias y de afán, de ahí la importancia de haber hecho arroz por primera vez. No solo es una conquista, sino que ayuda a que sientas que tu casa es un hogar, como amoblar, comprar tapetes o colgar cuadros.

Mientras viví con mis padres fui arrocero y al almuerzo siempre repetía, así que ahora parece absurdo haber pasado tantos años sin comerlo. Y me quedó bien a la primera, increíble, ni sopudo ni ahumado. No se pegó demasiado, lo que permitió que quedara la cantidad perfecta de cucayo al final del caldero, porque usé caldero, nada de olla arrocera eléctrica, eso sería hacer trampa. Y no fue cuestión de suerte tampoco, más allá de que al principio pensaba que lo era. Todos estos días me la he pasado cocinando arroz, y ya experimenté con el de fideos y el de lentejas; todo, diez puntos.

Preparar arroz se ha convertido también en una rutina que me ayuda a bajar la ansiedad. Pensamos que lo que nos inmoviliza es la pereza, pero en realidad es el miedo, como ahora, que siento pavor porque temo que el libro que estoy escribiendo no guste, sea una bobada y que al final nada de lo que estoy redactando tenga sentido. Cuando estoy en mis peores horas y las palabras no salen, paro, hago arroz a manera de terapia y se me baja el estrés; luego lo pruebo y me siento orgulloso, lo que me da ánimos para seguir escribiendo un rato más.

Mi rutina alimenticia ha cambiado porque el arroz va con todo y su sola presencia hace que el plato de turno sea mucho mejor. En esta casa se acabaron los domicilios, y cuando finalice el aislamiento también se habrán acabado los restaurantes. Espero que les vaya bien en la reapertura, pero sin mí. Cocinar es más divertido e infinitamente más barato, y comer en casa no solo ayuda a ahorrar sino a controlar el peso, la calle está llena de comida chatarra que soportamos solo porque está hecha para ya.

Hemos hablado tanto de reinventarnos durante esta cuarentena que ya nadie sabe bien de qué se trata el asunto. Quiero creer que el arroz no es solo un logro gastronómico, sino un crecimiento personal, el mensaje de que mi vida está lista para mejores cosas. O quizá me estoy pasando de solemne y es solo eso: un hombre soltero que necesitó una crisis mundial para aprender a hacer arroz.

Adolfo Zableh Durán

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