Creer es un comienzo

Creer es un comienzo

Muchos me confesaron sus episodios de abuso sexual. A ellos nos les creyeron cuando lo contaron.

10 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Hace cuatro años publicó este diario una columna que escribí como una más y terminó causando un revuelo que no vi venir. En ella contaba que había vivido un episodio de abuso sexual durante mi infancia, lo que provocó un interés que terminó en entrevistas y la publicación de un libro que me trajeron una fama tan inesperada como pasajera. Superada la ola, dejé que todo se calmara porque entendí que no quiero estar bajo los reflectores por ninguna razón, ni buena ni mala, y que si iba a ser reconocido por algo, mejor que fuera por lo que escribo y no por eventos que despierten el morbo de la gente.

Tampoco busqué convertirme en símbolo o vocero de nada porque no quiero que ese sea el episodio que me defina. Ocurrió, ya estuvo, la vida sigue. Sin embargo, toneladas de mensajes llegaron por todos lados: Facebook, Twitter, Instagram; incluso, WhatsApp, lo que me obligó a cargar el celular tres veces al día durante al menos un par de semanas. Era gente enviando respuestas de solidaridad, desde familiares y amigos hasta colegas y desconocidos, todos comunicándome su apoyo. También me escribió la esposa de un amigo, que después de unas palabras muy sentidas me confesó que no me habían invitado a su matrimonio porque yo no le caía bien. No pasa nada, que igual no tenía plata para el regalo.

Pero lo más fuerte fueron los miles de mensajes, y no exagero la cifra, de personas confesándome sus episodios de abuso sexual, algunos llenos de detalles crudos. Era gente que no quería nada, ni denuncia ni venganza, que no clamaba por justicia o castigo, solo quería desahogarse y obtener así algún tipo de paz mental. Comencé contestando porque sentía que me necesitaban, pero en un momento el asunto me desbordó, no solo por la cantidad de mensajes sino por la carga que me estaba echando encima.

Me hubiera gustado darles la cara a todos, pero suficiente tenía con mis problemas (los de siempre y los surgidos por la ocasión) como para lidiar con los ajenos. Hoy reposan en mis buzones mensajes que nunca serán respondidos porque no puedo volver a ellos, y todavía me llegan algunos; justo ayer me escribió una mujer contándome una serie de actos de abuso cometidos por profesores de su universidad.

Así como hay mensajes que no sé qué dicen, hay otros que recuerdo a la perfección, y varios de ellos coinciden en una cosa: no les creyeron cuando contaron lo que les habían hecho. Siempre me ha llamado la atención que muchas veces no les crean a las víctimas, independientemente de que sean niños o adultos, como si existiera una tendencia a ponerse del lado del abusador o a minimizar los hechos para no tener que enfrentarse a semejante horror y sus consecuencias. Debe ser muy duro andar entre las personas sintiéndose inexistente, menos que un fantasma, pidiendo credibilidad en vez de justicia y no obtener ni eso.

Y no me refiero a casos mediáticos, como los de Ciro Guerra o el de las violaciones cometidas por miembros del Ejército, que también; hablo más bien de casos de entrecasa que nunca salen a la luz, pequeños o grandes abusos que se cometen en el silencio de cuatro paredes y de los que no quedan pruebas ni testigos. Así es muy difícil recibir justicia, o al menos reconocimiento. Acá, de entrada, no les creen a las víctimas de ningún tipo de violencia, sea sexual, física o sicológica; tampoco, a las víctimas de la guerra porque la balanza está mórbidamente inclinada a favor del poderoso, de la gente de bien que obtuvo sus privilegios a punta de pisotear los de los demás. Es que a veces ni salir en la prensa o armar un escándalo funciona, como cuando violaron y mataron a Yuliana Samboní y varios artículos se enfocaron en la tragedia familiar que el hecho había significado para los Uribe Noguera.

Maldito país del Medioevo.


Adolfo Zableh Durán

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