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No se vive de paisajes

No se vive de paisajes

Los paisajes de Colombia alegran el alma, pero no quitan el hambre. Además, vienen de fábrica.

Suelo estar pendiente de las noticias en las que invitan a personas a vivir en otro lugar, por lo general Canadá, Australia o un pueblo en Italia en crisis; luego me desinflo cuando veo que no tengo los requisitos que exigen. Alguna vez llené un formulario para irme a Canadá y aún hoy, seis años después, me siguen llamando para entrevistarme, deben de estar tan desesperados por poblar su país como yo por irme del mío.

Motivado por historias como la de Diana Trujillo, la caleña involucrada en la llegada del Perseverance a Marte, sueño lograr por fuera lo que acá se me ha ido complicando. A Trujillo la felicitamos cuando debimos ponernos a llorar, de alegría por ella y de tristeza por nosotros, porque sus logros no se dieron gracias a nuestro país sino a pesar de él. Supe que llegó a Estados Unidos con trescientos dólares, sin hablar inglés, y que limpió casas para pagar sus estudios, lo que significa que es posible conseguir más en otro lugar a punta de hacer trabajos básicos y sin conocer el idioma original que quedándose en Colombia con un diploma y sabiendo español.

Hace años viví un semestre en Estados Unidos y tuve dos empleos; en uno cuidaba un parqueadero, en el otro era mesero. Seis días a la semana trabajaba de tres de la tarde a siete de la mañana y así llegué a ganar unos diecisiete millones de pesos al mes, cifra que hoy sería mayor con el dólar a tres mil quinientos. Pensé en quedarme algunos años para ahorrar más y luego volver a Colombia, pero consideré que no valía la pena volverme un indocumentado, dejar mis estudios a medias y hacer labores que no me hacían feliz. No siento que me haya equivocado, pero quiero decir que hoy, casi dos décadas después de aquella experiencia y dedicándome a mi profesión, no gano ni de cerca lo que ganaba allá.

Por cosas así es difícil entender a los extranjeros que quieren vivir en Latinoamérica. Sus razones tendrán, pero es que por momentos este continente es más una cárcel que un hogar. Debe de ser una delicia ganar en euros y gastar en pesos, salir de la monotonía de sus países, donde todo está aburridamente resuelto, y, encima, disfrutar de las montañas y playas del trópico, pero es que de paisajes no se vive; alegran el alma, pero no quitan el hambre. Además, vienen de fábrica, no son mérito nuestro. Al revés, en nuestras manos se han ido deteriorando.

Aún no me atrevo a irme, algo me ata, tal vez la terquedad de querer lograr aquí la vida que quiero y creer que juntos podemos mejorar esto. A mí me encanta Colombia pese a todo, pero cuando voy a otro país y regreso me quiero morir; todo se siente pequeño, endeble y sucio, solo que no lo notamos porque estamos acostumbrados a nuestra propia precariedad. Mientras sigamos así, irse a lavar platos al primer mundo a costa de sacrificar sueños siempre se sentirá atractivo.

Es que estamos cansados de los pequeños problemas y de los grandes, de vivir en un país donde comer tres veces al día sea para privilegiados, el cuatro por mil sea un impuesto temporal que va para el cuarto de siglo, sacar el celular en la calle signifique desafiar a la muerte y toque tapar el teclado del cajero automático. Nuestro día a día tiene detalles como que el internet no sirva y las llamadas se caigan, andar por caminos de herradura con peajes que valen una fortuna y cederles el paso a caravanas de camionetas blindadas donde va un pobre diablo con actitud de señor feudal.

Una de las pocas alegrías que nos quedan es ver las noticias que producimos, cosas absurdas que son tristes, pero que a punta de golpes les hemos encontrado la gracia, como la de la vaca que se metió a la sección de urgencias de un hospital en Antioquia. Cada vez que algo así sale en la prensa, nos preguntamos si valdría la pena vivir en otro lado y perderse ese tipo de cosas. Para ser sincero, yo si preferiría vivir en Suiza y perderme todo lo que pasa acá.

Adolfo Zableh Durán

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