Desde la casa estudio

Desde la casa estudio

La gente que se pregunta dónde está Duque mientras el país se derrumba puede verlo en televisión.

11 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

El programa de Iván Duque envejeció mal, y lo hizo rápido, apenas en unas semanas. Su declive ha sido tan notorio que ya está peor que las más recientes temporadas de Los Simpson, una obra de arte que tardó dos décadas en deteriorarse. Lo que al comienzo parecía ser algo de vital importancia para la salud nacional se ha convertido en algo fatuo, más paisaje que otra cosa, una hora diaria en televisión nacional para no decir nada relevante.

Porque la pandemia ya no es algo extraordinario. Sigue entre nosotros, aún es peligrosa y se quedará un buen rato más, pero ya no es novedad, nada que necesite un boletín cada veinticuatro horas presentado por el primer gobernante de Colombia. Duque no necesitaba lanzarse a la presidencia para presentar programas de televisión y supervisar despegues de aviones, le bastaba con ser un viceministro, un delegado o un alto consejero de esos que tanto le gustan al Gobierno.

La gente que se pregunta dónde está Duque mientras el país se derrumba puede verlo todos los días de seis a siete leyendo boletines, presentando entrevistas sosas sin estructura ni hilo narrativo y dándoles paso al ministro de Salud y otros funcionarios. Encerrado en la Casa de Nariño, que ahora hace las veces de casa estudio, vive en su burbuja encandilado por los reflectores, haciéndose el que no se entera de nada. Pero Duque lo sabe todo, solo que no le importa. Su indiferencia se puede ver en cada uno de sus discursos, donde no dice nada no solo porque carece de empatía, sino porque tampoco tiene carisma. Él debe creer que es un gran líder y que sus palabras inspiran, pero mientras más habla más descontento genera, hay más contenido en un tuit de Daniel Habif que en dos años de alocuciones presidenciales.

Su incapacidad para conectarse con la gente y ejercer su cargo quedó en evidencia en su visita a Samaniego, cuando al atender a los familiares de las víctimas de una masacre ofreció construir un estadio de fútbol en el pueblo, sin duda algo que suma, pero que no podía ser usado a manera de comodín en ese momento. Masacres, pobreza, corrupción, disturbios, abusos de la Policía y el Ejército, la guerra perdida contra el narcotráfico, esta pandemia ha sido la cortina de humo perfecta para jugar a que se ocupa de ella mientras finge que el resto de los problemas no existen o son minucias apenas.

Con una de las cuarentenas más largas del mundo ha logrado no solo hacerse el que no ve nada, sino aplazar que la gente salga a las calles a protestar por su gestión. Con coronavirus o sin él, el país estaría en emergencia. La enfermedad nos ha golpeado, pero sin ella la crisis social sería irrespirable, cosa que se sintió esta semana con apenas unos días de protestas; calcule dónde estaríamos después de nueve meses en ese plan. Y mientras la crisis se siente cada vez, él habla de convertirnos en el Silicon Valley de Latinoamérica. ¿En serio? ¿Pero cómo, si acá la mayor preocupación de la gente es comer tres veces al día y llegar viva a la casa al final del día, y encima, bien entrado el siglo XXI, a la página de internet de la Dian solo se puede entrar desde un Atari de 1980?

La gente se ríe de él, y puedo entender por qué, pero a mí más bien me produce miedo, le miro los ojos mientras presenta su programa y me da la impresión de que no es una buena persona. Su aparente bacanería parece fachada y lo que dice no concuerda con lo que hace, cosa que sentí también cuando la primera dama se fue hasta La Guajira a hablar sobre las mujeres wayús, un video de medio minuto que puede verse en YouTube en el que dice cualquier cosa desde una ranchería. Juntos podrán no estar calificados para liderar el país, pero harían buena pareja de presentadores en uno de esos programas de media tarde que sirven para echar la siesta. Estoy seguro de que ofertas no les van a faltar.

Adolfo Zableh Durán

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