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Tenemos que hablar

Tenemos que hablar

Cuando alguien decide irse a vivir solo, evalúa muchas cosas, pero no el silencio que le espera.

Me convertí en esa persona que por vivir sola no habla nunca, entonces cuando se encuentra con alguien no se calla. Lo descubrí el otro día que fui a comer con una amiga y no cerré la boca en dos horas. Dos horas parece mucho, pero resulta poca cosa cuando has estado dos semanas sin intercambiar palabras con otra persona.

Lo de derramarme en verbo ya lo sabía, solo que no quería aceptarlo. Siempre me pasa algo y es que tengo dos velocidades; no me pronuncio si la situación, el tema o la persona no me interesan, o me embalo si alguna de las tres cosas es de mi agrado, comportamiento compulsivo que suelo aplicar para todo en la vida: apatía total o apasionamiento al máximo. Cuando ocurre lo segundo sé que debo parar, lo repito en mi cabeza mientras mis labios van a mil, pero el deseo de llenar los vacíos con palabras es más fuerte. Solo soy capaz de recapacitar sobre mi comportamiento cuando miro la cara de mi interlocutor al final del monólogo; admiro su estoicismo y me gustaría que, en vez de aguantarme, me dijera: ‘Mira, si no vas a callarte mejor no nos veamos’.

Yo quisiera ser como esos protagonistas de las películas, entre indiferentes y misteriosos, que con tres palabras y dos miradas lo dicen todo; como Brad Pitt en Moneyball. Siempre trato de imitarlos, pero a la tercera frase ya estoy desaforado porque una vez me acelero no puedo parar hasta que me haya quedado sin ideas o sin aire, lo que pase primero.

Cuando alguien decide irse a vivir solo, evalúa muchas cosas, casi siempre las cuentas que hay que pagar a ver si la billetera le alcanza, lo que no calcula es las horas de silencio que le esperan. Y sería fácil acusar a la cuarentena, pero lo cierto es que yo me adelanté a la pandemia y llevo años de mutismo en casa.

Últimamente me he cansado, así que he empezado a aplicar la de Tom Hanks con Wilson, pero, a diferencia del actor, no he escogido un tótem, sino que le hablo a lo que le tenga al frente, da igual si es el televisor o el compartimento del clóset donde van las toallas. Y más que estar de acuerdo conmigo mismo, me peleo mucho; me regaño por no haber hecho tal o cual cosa y me respondo que ya voy, que no sea impaciente. Encuentro imperativo discutir porque no tiene sentido alguno concordar y porque, más que para cuestionarme, me hablo para descargarme.

Y para que la cosa se sienta más real monto el espectáculo íntegro: no solo cambio de ideas entre un personaje y otro, sino de tono, velocidad, vocabulario y hasta acento; solo falta cambiarme de ropa y de peinado para que la puesta en escena sea completa. Luego salgo a la calle sintiéndome ridículo, pero con cara de serio para que la gente no descubra que soy una de esas personas que hablan consigo mismas. Es que, salvo encuentros muy esporádicos con amigos, ya no hablo con nadie. Antes le contaba todo a mi sicóloga, pero un día pensé que no tenía chiste porque le pagaba por hacerlo, así que le perdí la gracia y dejé de ir. Hoy me pregunto si mi juicio con las consultas se debía a que de verdad quería mejorarme, o solo porque necesitaba a alguien que me oyera sin interrumpirme.

Ahora he empezado a hablar con extraños. Le copio al taxista cuando comenta algo sobre el clima y me quejo de la calidad de las frutas del supermercado con el que tenga detrás en la fila. Eso sí, solo soy elocuente si toco banalidades con desconocidos, porque cuando la cosa se pone profunda e íntima con alguien de confianza, prefiero callar. Eso quiere decir que me he convertido también en aquello que dijo mi escritor preferido en una de las frases más lúcidas que le he leído: “Yo en la oficina no paro de contar historias porque mis compañeros ni me van ni me vienen. Sin embargo, en la iglesia permanezco callado, porque las cosas que tengo que confesar a Dios son tan esenciales que solo en el silencio se articulan”. Amén, hermano.

Adolfo Zableh Durán

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