Nadie quiere saber cómo es el mundo

Nadie quiere saber cómo es el mundo

Si fuera adolescente hoy y tuviera que escoger qué estudiar, periodismo sería lo último que elegiría

25 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Esta semana me ofrecieron trabajo en periodismo por primera vez en mucho tiempo. No sé si vaya a concretarse la oferta, ni siquiera sé si vaya a aceptarla, es apenas una posibilidad, un proyecto que suena bien (como muchos otros que sonaron bien en su momento y después se cayeron), pero la sola situación es emocionante. Ilusiona no solo por el subidón natural de hacer algo nuevo en la vida, sino porque me hace creer que el periodismo como lo conocí no está del todo muerto.

Yo estudié periodismo porque crecí leyendo reportajes de personas que contaban con habilidad y originalidad el mundo y dije ‘yo también quiero hacer eso’. Luego entré a trabajar y descubrí que eso no siempre era así y que solo había visto el lado romántico del oficio, la mera punta del iceberg. Pude, sin embargo, dedicarme a cubrir historias a mi manera hasta que llegó un momento en que me cansé de contar la vida de los demás y me centré en escribir opinión, que es a lo que me dedico ahora. Y aunque lo disfruto y creo que es lo que mejor se me da, no saco mucho pecho al respecto porque es un género muy devaluado.

A mí me enseñaron que la opinión era el último escalón del periodismo, el género al que llegabas después de recorrer los demás, una especie de premio si se quiere. Y, aunque internet es una bendición en la medida en que da voz a una cantidad de personas que antes ni de riesgos eran escuchadas, eso de poder decir lo que nos plazca desde un dispositivo solo con abrir una cuenta en cualquier plataforma se nos está saliendo de las manos. Me gusta saber que podemos decir lo que pensamos y que los lectores coincidan o disientan, pero me tumba al suelo saber que me dedico a lo mismo que personas como Vicky Dávila y Jorge Cárdenas. No sé qué pasó conmigo, la verdad, yo pintaba para más.

Entre las redes sociales, los medios alternativos que difunden noticias falsas y los influencers, el ruido se ha vuelto tan fuerte que ya no sabemos a quién oír. Y no los culpo a ellos de todo, el periodismo tradicional está en crisis no solo por las fuentes alternativas de información, sino por el gremio mismo, que ha entrado también en el juego de la polarización y la conveniencia. La polarización se ha llevado todo por delante y ha logrado que el clima sea irrespirable. Al diablo la información y el análisis, hace rato que esto se convirtió en un show de declaraciones destempladas en el que nos echamos la culpa entre todos y en vez de revisarnos cuando alguien nos señala nuestros defectos, corremos a dejar en evidencia los del otro.

¿En qué momento vivir se convirtió en esto? ¿Cómo fue que los dueños de la política convencieron a la audiencia de que lo más importante en la vida era ser testigo del show que montan todos los días? Entiendo que la política es tan clave que afecta la vida de quienes incluso no están interesados en ella, pero no puede ser lo único que importe, nos estamos ahogando en ella.

Parece que ya nadie quiere saber cómo es el mundo, nadie quiere narraciones cotidianas y sencillas que cuenten con gracia algo aparentemente insignificante, pero que bien narradas se convierten en un viaje directo a la psiquis del ser humano. Se nos ha olvidado que mientras haya mundo habrá historias por contar.

De eso se trata este proyecto al que me han invitado, aparentemente, de volver a esas cosas que hicieron interesarnos en la vida, amarla en vez de odiarla, que es lo que nos pasa ahora. Ojalá salga, quiero volver a sentirme el estudiante universitario que se interesaba por todo y que sentía pasión por su carrera. Necesito eso para volver a amar lo que hago, porque si yo fuera adolescente hoy y tuviera que escoger qué estudiar, periodismo será lo último que elegiría.

Adolfo Zableh Durán

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