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Caudillo y líder

Caudillo y líder

Una de las causas de que Colombia no ande es que carecemos de grandes líderes.

13 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

Uno de los problemas de los políticos es que confunden caudillismo con liderazgo, y dicha confusión la han trasladado a los votantes. Álvaro Uribe y Gustavo Petro, por nombrar a los personajes más visibles de la política colombiana, no son líderes y más bien tienen todos los cromos para llenar el álbum del caudillo.

En sus partidos reina el culto a la persona y no al programa porque la persona es el programa mismo. Sus seguidores son incondicionales, incapaces de hacer autocrítica y prestos para lavar la imagen del ídolo cuando comete no un error (porque ellos nunca se equivocan), sino un desliz. Nadie es capaz de sucederlos porque ellos mismos se han asegurado de tal cosa al rodearse de personas que no les hagan sombra, soldados obedientes que sigan sus instrucciones sin cuestionarlas y que una vez les llegue su turno se peleen como perros hambrientos por lo que quede en el plato.

Un líder, en cambio, encabeza un sistema, pero se asegura de que siga funcionando sin él. Piensen en McDonald’s. El combo de hamburguesa, papas y gaseosa que encuentra usted en el local más cercano a su casa es el mismo que puede comerse en Nueva York o en Indonesia, porque lo que importa es el sistema, no quién esté al frente. Por McDonald’s han pasado infinidad de gerentes y empleados, y la fórmula sigue siendo más o menos la misma, pero si en vez de líderes hubiese tenido caudillos, hoy probablemente sería un puesto de sopas y se llamaría Donde Donald.

Es triste decirlo, pero una de las causas de que Colombia no ande es que carecemos de grandes líderes y dependemos del paladín de turno. Y es curioso, pero quienes más tendrían que preocuparse por los problemas de la sociedad son quienes menos se interesan en ellos porque están más empeñados en mantenerse en el poder que en solucionar. Son incapaces de aliarse con el contrincante o de dar un paso al costado en aras del bien general, y prefieren ver al país arder antes que renunciar a sus planes.
No sé cuál sea la solución para el futuro, pero tengo claro que por el lado del caudillo no es; ni el que ya ha gobernado muchas veces ni el que se muere por gobernar.

Los personajes más visibles de la política colombiana, no son líderes y más bien tienen todos los cromos para llenar el álbum del caudillo.

Porque esa es la otra: ¿no les despierta muchas sospechas alguien que esté tan obsesionado por mandar? ¿Qué está tramando? ¿Qué ego necesita alimentar? ¿A quién o qué desea controlar? Los caudillos no suelen terminar bien; surgen precisamente por la falta de líderes, pero después del masivo apoyo popular quedan retratados como lo que son: megalómanos que terminan desdibujados, hechos una mueca de sí mismos y presos de sus delirios de grandeza.

Por eso me sorprendió la reaparición de Ingrid Betancourt luego de varios años de silencio, y odio dar nombres. No soy de recomendar políticos porque no le creo a ninguno y tarde o temprano suelen terminar haciendo lo contrario de lo que prometieron en campaña. Sin embargo, hasta ahora parece que volvió sin mayores aspiraciones, y me gustaría que se mantuviera así porque podría ser un indicador de que la mueven cosas diferentes al poder.

Se presentó de sorpresa y caló con fuerza, cosa que prácticamente nadie vio venir. Ajena a la polarización que hemos vivido durante la última década, su presencia podría ser un respiro, una señal de que con calma y tolerancia podemos solucionar las cosas. Lo esté buscando o no, podría ser una especie de inspiración, una muestra de que se vale buscar la conciliación y empezar de nuevo. Si cree ella que algo puede hacer para que mejoremos, bienvenida, pero si no está dispuesta a inmolarse otra vez por Colombia, cero reproches. Una cosa es involucrarse en el devenir del país, y otra, terminar de mártir, sacrificada una vez más por personas que quizá no valgamos la pena.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

(Lea todas las columnas de Adolfo Zableh Durán en EL TIEMPO, aquí)

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