Aquellas pequeñas cosas

Aquellas pequeñas cosas

El mundo está lleno de mediocres que no sabemos qué hacemos aquí, mientras que Malumas hay muy pocos

06 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Eso de que la felicidad está en los pequeños detalles no se aplica para Maluma, quien acaba de comprarse un jet privado, lo cual no es bueno ni malo, tan solo raro. Raro porque la escena era chistosa: el cantante, emocionado como un niño mientras la aeronave andaba por la pista, lo que constituye una extraña mezcla entre frivolidad y materialismo con el llanto más profundo y honesto.

Ni idea de cuáles eran los sueños de infancia de Maluma, pero parece que mientras los demás fantaseábamos con cosas más tradicionales, él tenía en la mira asuntos como tener su propio avión. Repasa uno sus posesiones y concluye que el cantante siempre soñó en grande, porque el jet privado es la última joya de una riqueza que incluye yates, caballos purasangre, carros de lujo y vaya usted a saber qué más. Y todo esto a los 25 años, lo que hace que nos preguntemos qué posesión lo va a conmover a los 40, ¿un país centroamericano?

El tema ha dado para felicitaciones e indignación por igual. Hay quienes se quejan porque sienten que estudiar no sirve para nada y que el reguetón embrutece, mientras que otros dicen que el impacto ecológico de tener un tiesto de esos es muy grande. Yo creo que es más bien envidia disfrazada de conciencia social. A uno le podrán gustar o no las canciones de Maluma, pero lo suyo ha sido trabajar dentro de las reglas del juego, lo que nos debería hacer pensar, mejor, en el mundo que hemos creado, el capitalismo y nuestros gustos de consumo, pero de ninguna manera usarlo para echarle en cara lo que no nos gusta de la vida.

A uno le podrán gustar o no las canciones de Maluma, pero lo suyo ha sido trabajar dentro de las reglas del juego

Con lo del jet privado volvió al ruedo un tuit de Maluma de 2011 en el que se alegraba por conseguir un almuerzo por 2.800 pesos. Ocho años apenas; pocas fortunas se han hecho tan rápido como la suya. Y, nuevamente, bien por él, pero en lo que no creo que tenga razón, por muy motivador que quiera sonar, es en que si perseguimos nuestros sueños, vamos a lograr todo lo que queremos. La disciplina y el empeño son claves en lo que hacemos, pero si no tienes recursos, o sea, si careces de talento, no vas a conseguir lo que quieres por muchas ganas que le pongas. Yo escribo al menos tres veces por semana desde hace veinte años, y nunca voy a escribir el Ulises de Joyce, sencillamente porque la cabeza no me da.

El mundo está lleno de mediocres que no sabemos qué hacemos aquí, mientras que Malumas hay muy pocos, por lo que conocer nuestras propias limitaciones no solo requiere un raro y delicado balance entre resignación y sabiduría, sino que nos evita decepciones monumentales.

Maluma tiene un avión propio, y entiendo su felicidad. Nadie quiere viajar en avión público, y menos ahora que en los controles aeroportuarios asumen que todos somos terroristas y las aerolíneas nos sacan dinero por cualquier lado. Hay cada vez menos espacio entre asientos, y muchas cobran por cualquier cosa, desde el equipaje y las bebidas hasta la comida y las películas. Y olvídate de una cancelación o cambio de fecha; sale más barato, ahí sí, aplicar la del cantante y comprar tu propio avión.

Yo no aspiraría a un jet privado, no aspiro a un carro siquiera, que podría comprármelo. Son visiones de vida, y ninguna es mejor que la otra, solo son diferentes. Mientras que Maluma tiene sus ideas sobre el éxito y el dinero, yo creo que cuanto más poseemos, más infelices somos. Usted entra a mi casa, y hay un sofá, un PlayStation, una cama y par pendejadas más, y aun así siento que me sobran cosas. Y no es que sea un iluminado y el Dalái Lama me quede en pañales, solo me gusta vivir así. No soy tan cursi como para decir que la felicidad está en una flor, una puesta del sol o la sonrisa de un niño, pero tampoco necesito gastarme 25 millones de dólares en un avión, mucho menos con el dólar a 3.500 pesos. Si estuviera a 1.800, como hasta hace unos años, hasta dos me compraría.

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