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Ahora dilo sin llorar

Ahora dilo sin llorar

Por mucho que creamos querer lo contrario, no tenemos grandes líderes, apenas caudillos de entrecasa

Me gustaría ser más optimista, pero no se me da, y la sensación es que, se monte quien se monte en 2022, esto no va a terminar bien para nadie. Es que no es una cuestión de candidato, partido político o plan de gobierno, sino estructural, y sé que no digo nada nuevo con esto. Lo que pasa es que a veces nos sumimos tanto en el escándalo del momento que se nos olvida que esta zozobra viene desde el comienzo de los tiempos.

Por alguna razón, cuando pensamos en los problemas del país nos desmarcamos de ellos y se los atribuimos al otro, una especie de ente incorpóreo con el que no tenemos contacto alguno. Nosotros, en cambio, no hemos hecho nada malo, somos apenas víctimas del sistema. Si tan solo nos dieran la oportunidad y oyeran nuestras propuestas, Colombia sería un paraíso.

Por mucho que creamos querer lo contrario, no tenemos grandes líderes, apenas caudillos de entrecasa. Todos, sin excepción, están a la altura de la crisis que han ayudado a crear y por debajo de las soluciones que se necesitan. Y aquellos que podrían dar una mano para mejorar ni locos se meten en política. Y es lógico, ¿quién querría juntarse con lo más bajo de la sociedad, ahora que el nivel de dirigentes y candidatos, de oficialismo y oposición es el más precario?

Nunca antes había habido tantas posibilidades de informarnos y al mismo tiempo tanta ignorancia, dos cosas tan opuestas conviviendo íntimamente. Y hay que ver la pobreza de los razonamientos, tanto de quien ataca como de quien se defiende. Las ideas son tan limitadas que uno de los argumentos que más se oye es: “Ahora dilo sin llorar”. Y además, como todos están tan untados es muy fácil contraatacar. Si alguien trata de denunciar algo, la respuesta es que si no ha visto que en su bando ocurre tal o cual cosa. Y así nos la pasamos, sacando el cuerpo y evadiendo los pecados (cuando no los crímenes) de los actores involucrados.

Es que no se salva nadie, póngale usted el nombre que quiera, que esto no se trata de atacar a unos y defender a otros. Por un lado, los gobernantes de siempre, los de la voz oficial y el pensamiento único, posando de víctimas y de perseguidos si las cosas no se hacen a su manera, proponiendo como solución lo mismo que nos ha llevado al problema; en el otro, las diferentes vertientes de la oposición, creyendo que solo por no haber podido gobernar se merecen tal oportunidad. Pero todo a lo bruto, dividiendo antes que uniendo, llevados por el ego y no por un deseo honesto de sacar esto adelante.

El tamaño de nuestros líderes se puede medir de muchas maneras; una de ellas, analizando quiénes los acompañan. Basta ver a los copartidarios de los que aspiran a la presidencia para entender que a la larga son personas pequeñas, tanto que tienen que rodearse de seres aún más diminutos para que no les hagan sombra ni las contradigan, no vaya a ser que elijan a los más capaces, luego destaquen y terminen quedándose con el puesto. Por eso vemos ahora a tanto ‘influencer’ con ínfulas de político, convencido de que es la renovación y de que está poniendo el dedo en la llaga. Y si los personajes de ahora aterran, los que vienen detrás son peores. Mientras más rápido nos convenzamos de que esto va a empeorar antes que mejorar, menos duro será el golpe.

Habrá quien piense que tal o cual candidato es la solución, a mí no me pasa. Por activa o por pasiva, cualquiera es el camino al desastre, el cual no es solo inevitable, sino necesario. Así quedemos peor que Venezuela y se nos arruine el resto de nuestras vidas, las generaciones futuras sabrán agradecer nuestro sacrificio. Llevamos años aplazando la catástrofe, el verdadero colapso del país, sobreviviendo con el agua al cuello y salvándonos milagrosamente al final. Pero no se puede estar así eternamente, que esa no es manera de vivir. Creo que ya viene siendo hora de ahogarnos.

ADOLFO ZABLEH DURÁN

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