Recuperar la normalidad

Recuperar la normalidad

¿Qué harán si finalmente se aplica el artículo 155 y se cesa al gobierno catalán en pleno?

28 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

No nos engañemos, recuperar la normalidad no será sencillo. Hará falta mucho. Una o dos generaciones, pero solo si todos quieren entrar en esa normalidad. El daño que se ha hecho, el muro de incomprensión pero, sobre todo, el sentimiento de ultraje y victimismo, seguirá creciendo. Es la condición humana, puro egoísmo maniqueo. No debemos subestimar al nacionalismo. Son previsibles, pero siempre impenitentes y fijos en sus objetivos. El salto de gigante ha sido abismal, en todos los sentidos, sentándose en un vórtice de precipicios, pero también sentándonos a todos asomados en ese mismo abismo.

En España no se educa, se adoctrina. Y en adoctrinamiento algunos han sido maestros. El resentimiento, hoy, es enorme, no lo ocultemos ni dejemos de lado. La distancia mutuamente gigante. Esa es una de las aristas de esta factura. Se ha ido demasiado lejos, se ha dejado ir demasiado lejos. 

Quijotes y Sanchos han terminado por tensionar y polarizar la convivencia, el encuentro y la confianza. De lodos y barros todos sabemos mucho. Pero la realidad es la que es, y el pragmatismo de intereses se acabará imponiendo. Ciertamente son tiempos ahora mismo de recomponer muchas cosas, pero no sabemos si lo lograremos. Imponer es fácil, pero solo un tiempo. Dialogar sobre lo indisponible también, pero no se preocupen que este país es un país de apaños, de muchas resignaciones y de también, de privilegios para unos pocos. Los niños consentidos siempre ganan. Lo veremos.

La ruptura territorial y sus desafíos abre las puertas a nuevos desafíos. Falta una semana hasta que el Senado actúe. Una semana incierta, compleja, intensísima. Puede suceder cualquier cosa.

Pero por si alguien tiene dudas, hoy empieza una nueva etapa. La de la transición ha muerto definitivamente. La ruptura territorial y sus desafíos abre las puertas a nuevos desafíos. Abrir la caja de Pandora institucional sin los hilos de Ariadna es un riesgo de consecuencias ignotas. Hablar a la ligera de reforma constitucional es despertar demasiados complejos, inercias y viejos demonios. Al tiempo.

La legislatura también tiene sus días contados. Solo es cuestión de meses. No hay que ser muy adivinos. Más allá de aprobar o no un presupuesto. La tensión que va a suponer la aplicación del artículo 155, tensión en Cataluña evidentemente, y la habrá, dinamitará consensos si muchos protagonistas no ceden y cambian y si no se restaura de inmediato la sensatez, la legalidad y la normalidad. Los independentistas no darán marcha atrás. Si lo hacen saben que volver a subir esa montaña será la siguiente vez más dramática, más pesada, más difícil. 

Pero ¿qué harán si finalmente se aplica el artículo 155 y se cesa al gobierno catalán en pleno y se recorta competencialmente las funciones del Parlamento?, acaso creen que se quedarán cruzados de brazos cuando donde años han jaleado, gritado, insinuado, amagado y copado calles, instituciones, discursos, relatos y se sintieron dueños y señores de todo. Que nadie cante ni vitoree nada, porque nada se ha ganado y cuando se gana otros pierden. La cuestión era decidir quién perdía y no perdía. Pero todos perdemos de momento un poco.

Falta una semana hasta que el Senado actúe. Una semana incierta, compleja, intensísima. Puede suceder cualquier cosa. Y que nadie descarte una convocatoria de elecciones por el propio Puigdemont y que el nacionalismo le otorgue carácter plebiscitario constituyente. No está suspendido ni inhabilitado ni cesado al día de hoy. Tampoco descartemos en esa huida hacia delante que lo incendie todo declarando unilateralmente la independencia y provocando la actuación judicial penal.

Algunos piden que haya diálogo esta semana. Que nada está perdido. Pero ¿qué diálogo cuando las aguas de la legalidad han reventado diques y presas para que se derramaran y diluyeran?, ¿con qué protagonistas?, ¿con qué fines?, ¿ceder y dar más competencias, reconocimientos de nación, encajes distintos a los de los demás, otra financiación, otro estatus disímil, otro pacto de 1978 para dos autonomías? Cansinamente no nos hartamos de tropezar una y otra vez en las mismas piedras. Cuando todo debería ser distinto.

Es posible que las elecciones sean una salida, pero también son una enorme ruleta rusa. Impredecibles. Desideologizar conciencias, sentimientos e instituciones es una tarea titánica.  Son cuarenta años de visión única, incansable, constante. Se dejó hacer. Y el sentimiento de agravio, de depresión creciente, de usurpación, de atropello a lo que ellos consideran única verdad, espoleará ad nauseam un victimismo hambriento y sediento de glorias y relatos de perdedores. Han jugado con las emociones de la gente y estas se han dejado subyugar por la épica, por el romanticismo revolucionario de construir una nueva Arcadia, una nueva patria en el siglo XXI. Votar en este contexto, hacerlo cuando muchos catalanes se van a sentir violentados, usurpados, expoliados en sus derechos, aunque no les importen los derechos de los demás que han sido pisoteados durante décadas, es un polvorín emocional y electoral que puede deparar un problema aún mayor. Apelar a mayorías silenciosas es jugárselo todo a la carta del azar y la improvisación, amén de dilatar el verdadero problema, la raíz.

El Gobierno mueve ficha. La presión es toda ahora para el govern catalán. Los próximos días son claves para saber si a las bravas, o pactando la solución con otros protagonistas, algo cambia, o todo es susceptible de empeorar.

ABEL VEIGA

Columnistas

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