No son los enemigos de Irán

No son los enemigos de Irán

Tras las protestas, late un ansia de libertad desconocida y aplacada por décadas de adoctrinamiento.

06 de enero 2018 , 12:00 a.m.

¿Por qué convulsiona Irán? ¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Qué hay en la base de estas movilizaciones contra el hermetismo del régimen teocrático iraní? ¿Se están repitiendo los episodios de 2009? ¿Es la mecha o solo un conato de protestas lo que está despertando en Irán?

El régimen se pliega una vez más sobre sí mismo, poco importa el llamamiento del aparentemente moderado presidente Hasán Rohaní a la unidad. La imagen está ahí. La que no interesa al propio régimen: la protesta, la convulsión, la desafección.

Como toda autocracia que se precie —y no es la única en Oriente Medio, ni siquiera la más radical o déspota con sus ciudadanos—, pronto se censura y culpa a Occidente y a enemigos exteriores. El presidente del Tribunal Revolucionario de Teherán, Ghazanfarabadí, amenaza con la pena de muerte a quienes atenten contra la seguridad nacional o la enemistad con Dios por secundar estas manifestaciones.

Política y religión, radicalismo y teocracia absoluta se confunden, se convierten en un sincretismo donde la ciudadanía, tras casi cuatro décadas de triunfo de la revolución de Jomeini, está cansada, harta de represión. Un altísimo porcentaje de iraníes nacieron después de la revolución, no conocieron otras épocas, otros excesos, otras influencias e injerencias, otro pasado… Solo lo que les han contado los suyos y la propaganda oficial del régimen que ha borrado la memoria.

Rohaní apela a la tranquilidad, reconoce el paro, pero sabe que todo llega muy lento, a cuentagotas. Aseverar que estas protestas no son una amenaza sino una oportunidad valdría si enfrente se quisiera de verdad trasladar libertad y diálogo, tolerancia y apertura a la sociedad por parte de los ayatolás. La prosperidad tras años de embargo pero también de cerrazón del régimen, de confrontación exterior, de una alocada carrera nuclear que nunca tuvo visos, sin embargo, de alcanzar cotas de peligro, de aislamiento, ha provocado desazón entre los más jóvenes. Sobre todo universitarios deseosos de libertad, de acceder a bienes, de conocer mundo, de acceder a redes, a información, de contrastar.

¿Qué está pasando en Irán? Cuatro décadas de adoctrinamiento, de cerrazón, de teocracia sin libertad hacen mella.

Tras las protestas frente a la carestía de la vida, late un ansia de libertad desconocida y aplacada por décadas de adoctrinamiento, de miedo, de imposición.

Cuando a finales de diciembre de 2016 se llegó a un acuerdo frente al desmantelamiento de la actividad nuclear de Irán, las esperanzas entre la población crecieron. Un halo de alivio, pero sobre todo de cambio, pareció extenderse. No obstanbte, la mejora y la prosperidad económica no han llegado. Las políticas económicas fracasan, el desempleo aumenta. Todo avanza muy lento, más cuando se creía que tras la posición de Obama en su momento, el levantamiento del embargo aliviaría la presión y mejoraría el país.

Nada tiene que ver esta etapa de Rohani con la inmediata anterior de Ahmanidejad, si bien como líder supremo del régimen de los ayatolás es quien tiene la última palabra. El acuerdo nuclear de hace 13 meses fue un espaldarazo para Rohani, al abrir en ese momento una puerta económica al régimen, cuyo peso en la región es creciente, a la misma velocidad que la pérdida de protagonismo de Egipto y Arabia Saudí, no así de Turquía.

El fracaso de todas las primaveras árabes de 2009 (salvando únicamente a Túnez), al igual que el tablero sirio y libanés con Al Asad y Hezbulá como epígonos de Irán han potenciado el papel de Teherán y elevado su interlocución en el escenario internacional, pero también han arrastrado a una situación económica crítica al régimen. De poco han servido el levantamiento de las sanciones económicas que vivió el país y el embargo, sobre todo al petróleo, si la inversión exterior no llega y decrece la confianza interna en el país.

¿Quién gana y quién pierde con estas manifestaciones? Juegos de suma cero, políticos en la región, pero sobre todo en el plano económico. Políticamente, Irán es la otra cara de la moneda frente al régimen saudí; ambos representan las dos corrientes antagónicas e interpretativas del islam. Suníes frente a chiíes, y, dentro de la ortodoxia más extrema, el wahabismo de los primeros. Ambos se culpan de demasiadas cosas, y la lucha política y de influencia en la región, pero sobre todo hacia el exterior, es clara. Máxime con una Arabia Saudí que cree haber perdido la protección y apoyo incondicional de Estados Unidos al menos con Obama, pero no ahora con Trump y los suculentos y multimillonarios contratos en armamento. Israel recela, alarma, critica y alerta. Lo ha hecho desde el primer momento.

Económicamente, el levantamiento del embargo, de las sanciones tras una década, abría un mercado impresionante. Pero todo esto no ha llegado, o al menos como se esperaba, a la población.

Irán quiere incrementar en breve su capacidad productiva y exportar hasta medio millón más de barriles diarios. Necesita equipamientos y más tecnología extractiva que Europa le brindará. A corto plazo, Airbus y Boeing medirán sus estrategias y sus desafíos competitivos. Teherán acaba de comprar 400 aviones. Es la vuelta a la normalidad. Treinta y nueve años después del triunfo de la revolución de Jomeini. Pero la bomba social, la protesta, la mecha del descontento ha explotado. Pese a la violencia, pese a la represión y a la fuerza del régimen, todo puede suceder.

Militarmente, el régimen iraní deja de ser una amenaza si la carrera nuclear muere. Pero no irrelevante, al contrario. Ese parece ser el supuesto y el momento actual. Sin embargo, tiene capacidad para influir en la región. Y para contener y contenerse. Eso lo saben bien el resto, sobre todo Riad. El tablero sirio y la incapacidad del mundo árabe y de Teherán de cooperar abiertamente frente a Isis ha sido la cara más adusta de la impotencia y la rivalidad absurda.

¿Qué está pasando en Irán? Cuatro décadas de adoctrinamiento, de cerrazón, de teocracia sin libertad hacen mella. Más a jóvenes que no desean vivir como sus abuelos y padres.

ABEL VEIGA

Columnistas

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