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No imagino el mundo de hoy sin internet. Pero siento nostalgia de cuando no había tanta prisa.

19 de julio 2021 , 07:55 p. m.

Muelo un puñado de café de la Sierra Nevada –porque me gusta beberlo, pero sobre todo porque me gusta que su aroma busque los rincones de la casa–, me asomo al balcón para ver de qué color han amanecido estos cerros bogotanos que cambian de traje tantas veces al día y enciendo este computador que me lleva al mundo... o quizás sea más preciso decir que me lo trae a casa.

Leo, como primera noticia, que Estados Unidos, la Unión Europea y otros tantos acusan a China de lanzar una campaña global de ciberataques. Me basta con recorrer las primeras líneas, e imagino de inmediato un mundo sin internet. Imagino que mañana, después de moler el café y de contemplar las montañas, no podré mirar al mundo desde este aparato.

Retiro los ojos de la pantalla y miro un tiempo atrás, cuando no era posible pagar la cuenta del agua desde el computador ni hacer el mercado llenando el carrito virtual. Cuando no se podía consultar, en los pocos segundos que toma hoy la operación, cuánto vale, por ejemplo, un tiquete de París a Estambul o el menú degustación de un restaurante con tres estrellas Michelin en San Sebastián. Cuando no imaginábamos siquiera que podríamos anotar la dirección de aquel amigo que se fue a vivir del otro lado del Atlántico, y darle una mirada a la fachada del edificio que habita.

Miro aún más atrás en este tiempo que ha pasado tan pronto y recuerdo cuando había que consultar las enciclopedias que ocupaban parte considerable de la biblioteca, para resolver esas preguntas que habían quedado consignadas en el cuaderno a manera de tarea. Ahora pienso que esos estantes llenos de libros de muy diversas disciplinas y estilos eran lo más parecido al internet que hoy está en riesgo: uno se paraba frente al estante en el que estaba el tomo de geografía, con la intención de consultar algunos datos sobre Paraguay o la isla de Malta, y la curiosidad lo llevaba a abrir ese libro que estaba al lado y que hablaba de los animales fantásticos. O aquel otro que tenía un título tan llamativo: Esplendores y miserias de las cortesanas. Como si navegáramos frente a la pantalla.

No imagino el mundo de hoy sin internet. No sé cómo podría mantener una comunicación fluida con los amigos y los colegas si no existiera el correo electrónico. Pero debo confesarlo: siento un poco de nostalgia de aquel mundo en el que no había tanta prisa.

FERNANDO QUIROZ 

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