¿Por qué hay 'crímenes del odio' contra los inmigrantes?

¿Por qué hay 'crímenes del odio' contra los inmigrantes?

Vivimos en un mundo en donde el negro ya no es el único blanco de la xenofobia y el racismo.

Los crímenes del odio

El éxodo masivo de venezolanos está generando brotes de xenofobia y racismo, lo que ha llevado a la ONU a impulsar campañas de concientización como Somos panas Colombia. 

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Luis Robayo / AFP

07 de septiembre 2018 , 10:37 p.m.

Martin Luther King tenía razón al afirmar que los seres humanos aprendimos a volar como los pájaros y a nadar como los peces, pero no a convivir como hermanos.

El aumento de las migraciones y los desplazamientos provocados por conflictos sociales, políticos, económicos o religiosos, persecuciones, situaciones de degradación, cambio climático, falta de oportunidades y seguridad humana, entre otras calamidades, fortalecen hoy los cánceres de la xenofobia y el racismo en el mundo.

Esos tumores están haciendo metástasis y abriendo las puertas al odio, la ira, la discriminación y el Belcebú de la trata de personas en países de América Latina como Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y otros debido, en especial, a la masiva migración de venezolanos, que se ha convertido en un problema regional y, solo en Colombia, suma casi el millón de emigrantes, según cifras oficiales.

En gran parte de esas naciones hay denuncias sobre agresiones físicas o verbales, desapariciones y sometimiento de inmigrantes a trabajos denigrantes como la prostitución, según informan varios medios de comunicación de esas naciones, pero se desconocen estadísticas precisas al respecto.

Brotes de xenofobia y racismo están impulsando campañas de concientización como Somos panas Colombia, impulsada por la ONU y en la cual reconocidos youtubers colombianos alertan sobre la xenofobia y piden, entre otras acciones, que nos coloquemos en los zapatos de los venezolanos y seamos solidarios para frenar catástrofes como el nazismo y prevenir los llamados delitos de odio, que son motivados por los prejuicios de raza, sexo, etnias, etc., contra personas o grupos de personas y que con ese nombre figuran en los códigos penales en países como España, por ejemplo, pero que se registran de forma menos específica en el de naciones como Colombia.

La xenofobia y el racismo generan violencia y muertes. En Brasil, el presidente Michel Temer militarizó la frontera con Venezuela para regular el ingreso de medio millón de inmigrantes venezolanos, que se enfrentaron a nacionales de ese país que nos los querían en su territorio, y también han forzado en otros casos a tomar medidas drásticas y, a veces, polémicas para enfrentar el éxodo en Ecuador y Perú.

Por lo general, los crímenes
que se realizan por motivos raciales son invisibles. En la mayoría de los casos, podrían clasificarse como crímenes que quedan en la impunidad

En otras partes

Ese par de leviatanes también están pudriendo el alma de Estados Unidos, cuyas raíces históricas no se pueden explicar sin la inmigración, pues desde su independencia, a finales del siglo XVIII, se han registrado varias oleadas migratorias, la primera de las cuales fue europea, proveniente en especial de Irlanda, Reino Unido y Alemania.

Pero Donald Trump, que preside el país receptor del 20 % de la migración mundial, según la ONU, trata de frenar las migraciones con políticas xenófobas y racistas, no obstante ser no solo nieto e hijo de inmigrantes alemanes y escoceses sino, además, dos veces esposo de inmigrantes.

La xenofobia y el racismo están desfigurando así mismo a Europa, que registra hoy uno de los mayores flujos migratorios desde la Segunda Guerra Mundial, procedente especialmente del norte de África, Oriente Medio y los países del centro de Asia, según la ONU, y en donde los llamados “crímenes del odio” han cobrado la vida y victimizado, de distintas formas, a cientos de inmigrantes que huyen de sus países solo armados con el coraje y la esperanza.

En España, por ejemplo, que ocupa el décimo lugar como destino de las migraciones mundiales, fueron asesinados 88 extranjeros sin techo, negros, musulmanes, entre otros, y se cometen cada año, desde 1990, unos 4.000 delitos como consecuencia de la xenofobia y el racismo, de acuerdo con Crímenes de odio: memoria de 25 años de olvido, una investigación realizada por un equipo multidisciplinar de especialistas.

Pero esos datos son solo la punta de un gigantesco iceberg, pues casi siempre los asesinatos y las agresiones cometidas contra inmigrantes se clasifican como “sucesos”, sin contemplar el odio como móvil del crimen, de acuerdo con Miguel Ramos, uno de los autores de esa investigación. Lo peor es que eso sucede en la mayoría de países, incluida Colombia. No hay registros precisos al respecto. El Ministerio del Interior de España, por ejemplo, habla de 1.300 agresiones al año, y la Unión Europea asegura que solo se denuncian el 10 por ciento de los casos.

“El gobierno británico, que sí monitoriza este tipo de delitos, habla de 38.000 casos al año”, dijo Ramos en una entrevista con el periódico El Mundo de Madrid. En gran parte de los países de América Latina, esa contabilidad no se lleva o se hace a medias, y en naciones como Argentina, los llamados delitos de odio parecen reducirse a los asesinatos y agresiones contra la comunidad LGBT.

“Por lo general, los crímenes que se realizan por motivos raciales son invisibles. En la mayoría de los casos, podrían clasificarse como crímenes que quedan en la impunidad. Porque uno de los efectos del racismo es definir una serie de poblaciones sobre las que se puede ejercer violencia –bien sea física, psicológica, económica o cultural– sin que esa violencia implique repercusiones éticas o jurídicas para sus perpetradores”, afirma a EL TIEMPO Darío Sánchez, investigador de las universidades Central y El Bosque.

Por lo general, los crímenes que se realizan por motivos raciales son invisibles. En la mayoría de los casos, podrían clasificarse como crímenes que quedan en la impunidad

La situación de los inmigrantes se complica más cuando los países receptores también son reconocidos xenófobos. Hoy, por ejemplo, Alemania, Rusia, Arabia Saudita y Reino Unido son los cinco mayores receptores de inmigrantes del mundo, después de Estados Unidos, pero los dos primeros y el último figuran en la lista de las 15 naciones más xenófobas del mundo, según la ONU.

El gran detonante

La xenofobia y el racismo reaparecen con gran fuerza, especialmente en las crisis económicas de los países, como pareció evidenciarse cuando Estados Unidos comenzó a culpar a los extranjeros de sus problemas, en especial a los latinos, tras la crisis económica de 2008.

En Europa, los brotes de xenofobia y racismo empezaron en los años 80, bajo la sombrilla de los partidos de ultraderecha y de la prensa sensacionalista, y se agravaron en este siglo por las crisis económicas que azotaron varias naciones de esa región y por el resurgimiento de partidos fascistas y racistas, que se habían desarticulado después de la Segunda Guerra Mundial, según varios estudios.

Hoy urge allí la creación de “una legislación mucho más rigurosa y amplia”, que combata el racismo y la xenofobia, afirma en un documento divulgado por la ONU el inglés Glyn Ford, presidente de la comisión de investigación del Parlamento Europeo sobre el aumento del racismo y el fascismo en Europa. Apunta como significativo que entre los 785 eurodiputados actuales “hay más políticos racistas que representan a los 15 millones de personas que viven en países de la Unión Europea, pertenecen a minorías étnicas o son nacionales de terceros países y que, considerados conjuntamente, constituirían un octavo país”.

“Los partidos fascistas tradicionales de derecha han optado por moderar su mensaje y el perfil de sus simpatizantes y profesar un fascismo edulcorado. Los que antes eran partidos puramente fascistas son ahora partidos populistas de derecha cuyos adeptos constituyen una variada grey que engloba desde personas de ideología fascista, racista, xenófobas y los blancos alienados de clase trabajadora. Afirma que la creación en 2007 del Grupo Identidad, Tradición, Soberanía (ITS) en el Parlamento Europeo permitió que se asociaran los partidos ultraderechistas y racistas de Austria, Bélgica, Francia e Italia, así como los de Bulgaria y Rumania.

Aunque las migraciones “plantean nuevos retos de integración social y convivencia democrática entre colectivos humanos cuya diversidad étnica, religiosa o cultural es enriquecedora, existe un creciente sector de la ciudadanía europea que observa con temor y rechazo la presencia de inmigrantes y refugiados y se deslizan a apoyar posiciones políticas ultranacionalistas que tienen en el discurso xenófobo, racista o antisemita su principal razón de ser”, denuncia el Movimiento contra la Intolerancia, fundado en España hace 30 años.

Son patologías

La xenofobia y el racismo no solo tienen que ver con la salud mental de las personas sino con la de sus sociedades. “Son patologías”, admite el investigador Sánchez. Es decir que expresan el conjunto de síntomas de una enfermedad que nos podría llevar al temido choque de civilizaciones, pues hoy los negros ya no son su único blanco. “El racismo y, particularmente, la xenofobia son una patología social. Se trata de un doble narcisismo, como afirma el pensador martiniqués Frantz Fanon, pues los sujetos que gozan de privilegios raciales son presos de su blancura y los sujetos racializados son conminados a blanquearse para ser aceptados en la sociedad mayoritaria. Eso inhibe la interculturalidad, la creatividad cultural y se funda en prácticas de agresividad producto de la objetivación del otro”, añade Sánchez.

Xenofobia y racismo tienen significados diferentes, pero en la práctica parecen confundirse porque la primera “es una de las expresiones del segundo. Se refiere a la actitud de rechazo y animadversión respecto a un grupo de personas y se presenta, sobre todo, frente a poblaciones migrantes, mientras que el racismo es un fenómeno más extenso porque incluye dimensiones más amplias en su operatividad”, explica.

Las dos afectan la salud mental tanto de las comunidades receptoras como de las poblaciones en éxodo, pues al discurso del odio se añade “la exclusión social, la pobreza, la falta de vida, trabajo y vivienda dignos, y eso genera ansiedad, que “puede producir distintos tipos de enfermedades mentales”, según el siquiatra Abil Sayed-Ahmad Beiruti, nacido en Damasco y residente en España desde 1970. “Si en situaciones extremas una persona se rompe, podría “suponer crisis o situaciones psicóticas”, afirmó.

Todo podría empeorar

Naciones Unidas considera que en el siglo XXI, la migración es y será uno de los temas políticos, económicos, sociales y humanitarios más importantes en el mundo. La situación preocupa, pues la ONU estima que para el 2050 habrá unos 405 millones de migrantes internacionales, pero admite que la cifra puede aumentar, pues “la migración ha aumentado mucho en algunas zonas del mundo”.

En Estados Unidos, por ejemplo, casi que se duplicó en 25 años y pasó de 23,3 millones en 1990 a 46,6 millones en la última medición en el 2015. Lo mismo pasó en Alemania, donde se disparó de 5,9 millones a 12 millones, de acuerdo con el informe mundial de la ONU de 2018.

Lo peor, según ese documento, es que muy probablemente, en la próxima estimación que se realice aumente el número total de migrantes internacionales, con lo que se incrementarían los delitos de odio contra miles de seres humanos arrancados de sus raíces por la desesperación.

Colombia aprobó en 2011 la Ley 1482, que garantiza los derechos de personas o grupos de personas, comunidades o pueblos que sean vulnerados a través de actos de racismo, discriminación u hostigamiento por motivos de raza, religión, ideología política u origen nacional étnico o cultural y estableció penas de prisión de 12 a 36 meses y multas de 10 a 15 salarios mínimos legales mensuales vigentes.

En España, los llamados delitos de odio son castigados por el código penal con penas de uno a cuatro años de prisión y multas de seis meses para quienes fomenten la violencia contra grupos o personas determinadas por motivos racistas, étnicos, ideológicos, religiosos, etc.

La ONU aprobó un pacto mundial sobre migración segura, ordenada y periódica el pasado 13 de julio, que entrará en vigor en diciembre, pero, la quimioterapia contra la xenofobia y el racismo tiene que empezar por cada uno de nosotros. Por las fotos que aparecen en la página web de la ONU sobre el acuerdo, migrantes somos todos, y así debemos asumirlo.

GLORIA HELENA REY
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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