Así se fraguó plan que consolidó opción de Guaidó como presidente (e)

Así se fraguó plan que consolidó opción de Guaidó como presidente (e)

El opositor Julio Borges cuenta cómo se lanzó un desafío sin precedentes al régimen de Maduro.

Juan Guaidó y Lilian Tintori

Guaidó juramentó en la marcha del 23 de enero como presidente encargado de Venezuela.

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Efe

Por: Valentina Lares Martiz 
28 de enero 2019 , 01:39 a.m.

El diputado y expresidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, revela que la coalición que hoy apoya la transición democrática en Venezuela y la presidencia encargada en manos de Juan Guaidó fue un trabajo a varias manos, entre ellas varios países comprometidos con una salida democrática y representantes de los partidos políticos de la oposición venezolana, como Carlos Vecchio y el propio Guaidó por Voluntad Popular –del detenido en su domicilio Leopoldo López–, y él mismo, por Primero Justicia.

Los dos movimientos políticos fueron ilegalizados el año pasado por el régimen de Maduro, meses antes de la votación presidencial del 20 de mayo. 

Más que el 10 de enero, fecha en la que Nicolás Maduro asumió un nuevo mandato, el día que se considera clave dentro del plan fue el 5 de enero, cuando Guaidó asumió la presidencia del Parlamento. Entonces, el joven diputado ya sabía el camino que estaba trazado en su destino inmediato, y en las reuniones previas se mostró decidido a asumir todos los riesgos. Así se cocinó lo que está sucediendo en Venezuela.

Tenemos el mensaje que envió Mike Pence el 22 de enero, la juramentación de Guaidó el 23, y el primer país quelo respalda como presidente encargado es EE. UU. Parece haber una concertación de los eventos con Washington. ¿Es cierto?

Yo creo que si uno amplía la película, uno se da cuenta de que el gran disparador de todo esto fue el pronunciamiento del Grupo de Lima el 4 de enero. Es lo que realmente inauguró la postura de América Latina sobre lo que significa el asunto de cómo se tenía que digerir el tema del 10 de enero, la usurpación de Maduro, las elecciones del 20 de mayo y la apertura de las opciones constitucionales. El apoyo de Estados Unidos fue determinante.

¿Cómo se logró esa comprensión, cuál es el vórtice en el que todo se unió para que el Grupo de Lima y EE. UU. coordinaran?

Fue un proceso que se ha construido entre todos. Cuando nosotros nos sentamos en República Dominicana (en la mesa de diálogo que se llevó a cabo en diciembre de 2017 y terminó en enero de 2018, sin resultados), antes de las elecciones, fue con la idea realmente de que eso se convirtiera en un punto de inflexión.

El habernos plantado al decir que no apoyamos esas elecciones fraudulentas fue ese punto. A partir de allí, haber dicho que no participamos permitió entender al mundo que ya ese segundo período de Maduro era el inicio de un período adulterado y fraudulento.

A partir del 20 de mayo (día de las presidenciales) se comenzó un proceso bien arduo de traducir eso como oportunidad política, y uno de los temas donde más lo trabajamos con fuerza –allí fuimos Carlos Vecchio, de Voluntad Popular, y yo– fue la Asamblea General de las Naciones Unidas, en septiembre.

Allí Carlos y yo nos dedicamos a explicar la importancia de denunciar las elecciones y la importancia de desconocer lo que empezaba el 10 de enero.

¿Qué pasó entonces?

A continuación hubo tres reuniones preparatorias del Grupo de Lima en las cuales tuvimos la oportunidad de poder explicar nuestras posiciones. La última de ellas fue en Bogotá, en diciembre; participamos Guaidó y mi persona. Anteriormente participamos Vecchio y yo, y allí se entendió la necesidad de no darle ningún tipo de complicidad a un proceso (electoral) que venía viciado.

A partir de allí se revigorizó el Grupo de Lima; allí, el canciller colombiano, Carlos Holmes Trujillo, le dio un nuevo impulso, y lo que rescato del 4 de enero, día del pronunciamiento del Grupo de Lima, es que América Latina tomó el liderazgo para decir que se acabó la democracia en Venezuela y se tomaron posiciones más duras al respecto.

En esa reunión de diciembre se decidió que fuera Guaidó el que asumiera la presidencia de la AN y todo lo que está ocurriendo.

Sí. La presentación de esa reunión que tuvimos aquí en Bogotá el 19 de diciembre ya era una intervención de Juan Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional, porque el acuerdo político se cumplió y era un hecho decidido. El acuerdo político entre los cuatro partidos más votados en la Asamblea Nacional de que cada año la presidencia del Parlamento se rotaría, y este año le tocaba a Voluntad Popular.

¿Qué tiene que ocurrir para que el apoyo se mantenga y hasta dónde pueden llegar la presión hacia Nicolás Maduro y el apoyo a Guaidó?

Yo creo que lo más importante del 10 de enero y los compromisos asumidos a partir del 23 de enero, cuando se juramentó Guaidó, es que se trata de un proceso irreversible.

Eso es lo más importante. Es una decisión de la comunidad internacional morder el tema Venezuela y no soltarlo hasta que haya una recuperación plena de la democracia. Eso se traduce en un gobierno que está aislado del mundo, que no solo no es reconocido, sino que se reconoce al Parlamento, y a Guaidó como presidente de la transición.

Vienen además una serie de medidas de presión que es un continuar en la escalera de las sanciones, más duras en lo personal y en lo colectivo, para que de una vez por todas, Maduro tenga dos opciones: o se va por las buenas, que es lo deseable, o, lamentablemente, él mismo estaría escogiendo salir por las malas. Pero en los dos escenarios Maduro sale.

¿Qué pasa si el chavismo se atrinchera al estilo Bashar al Asad, que no le importe una Venezuela arrasada (que ya está), sino mantenerse con cuatro generales en el Palacio de Miraflores?

El caso de Venezuela tiene particularidades que hacen difícil que Maduro se atrinchere. En primer lugar, en Venezuela todavía hay una energía de libertad y de pueblo movilizado que después de 20 años es más grande que nunca. Eso es incontenible; y no es conjetura, eso se ha podido ver.

Luego, hay una realidad: Maduro ha tenido tres soportes: el petróleo, que ya lo dinamitó –pasamos de tres millones y medio de barriles diarios a menos de un millón–; el segundo, las Fuerzas Armadas, que están absolutamente en contra de Maduro, y lo podemos ver en que el mismo Gobierno admite que ha habido siete intento de golpes de Estado.

Lo único que le queda es una cúpula militar totalmente corroída, que son nueve generales que tienen que responder si corren o se encaraman; y el tercer soporte, que es Cuba y está en un proceso donde todo el mundo está claro. O Cuba es parte de la solución o tendrá que sufrir las consecuencias. Creo que la situación hoy de Maduro, más que parecerse a la de Siria, se parece a la de Panamá con (Manuel Antonio) Noriega.


VALENTINA LARES MARTIZ 
Corresponsal de EL TIEMPO 
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