El drama que viven lo migrantes venezolanos por el coronavirus

El drama que viven lo migrantes venezolanos por el coronavirus

Directora de Comparte por una Vida, Colombia, expone problemáticas identificadas en la frontera.

Fundación Lala Lovera

Desde la fundación Lala Lovera pide trabajar en atender necesidades como el acceso a la salud.

Foto:

Tatiana Jachyra / Kulczyk Foundation

Por: Diana Ravelo Méndez
27 de abril 2020 , 08:21 p.m.

Si el aislamiento o el terror a un contagio en época de coronavirus no es algo sencillo de manejar, imagínese todo esto vivido en un país ajeno luego de haber sido obligado por las circunstancias de escasez, hambre y desesperación a dejar atrás su tierra, su familia y todo por lo que usted ha luchado en la vida. Estar en medio de la nada, con las manos vacías y sin saber a qué lugar llamar hogar para cumplir con una medida de aislamiento preventiva es desesperante.

Y esa es la realidad que en este momento no deja dormir a Lala Lovera, una caraqueña con residencia en Colombia a la que no le da miedo levantar la voz para recordar que si la ola migratoria venía siendo difícil, ahora lo es el doble para los más de 1’ 825.000 venezolanos radicados en el país, cifra revelada en el último informe de Migración Colombia.

Y es que, según Lovera, es como si de un día para el otro las largas caminatas, el frío, vivir en la calle, cruzar trochas, caminar kilómetros para ir a una escuela y todas esas cosas que aquejan a la población migrante se hubieran convertido en nimiedades frente a lo que viven actualmente a causa de una pandemia que nos tomó a todos por sorpresa y nos está cambiando la vida.

No nos engañemos, el retorno de los migrantes venezolanos no se está produciendo de manera voluntaria enteramente, como se ha querido mostrar. Se está generando como consecuencia del miedo y las incertidumbres que se han generado con esta situación”, idea que, dice ella, le genera escozor.

Para esta mujer de 45 años lo más importante es el asumir y enfrentar lo que está sucediendo con trabajo en equipo, por lo que invita a cada ciudadano a ir más allá de los titulares que han salido en los medios hablando del regreso de los venezolanos a su patria como respuesta a la covid-19 y a los denominados ‘lockdowns’ o confinamientos preventivos obligatorios, a entender que realmente se trata de espejismos que se han formado en medio de la crisis ocultando dolorosas historias de vida de familias, jóvenes y niños que están siendo doblemente victimizados.

“Es un eufemismo para disimular un problema de desplazamiento doloroso, peligroso y desnaturalizante. Hay que integrar la realidad de la migración y esta es una tarea de la sociedad civil como un todo”, menciona Lovera en uno de sus documentos de trabajo.

No nos engañemos, el retorno de los migrantes venezolanos no se está produciendo de manera voluntaria enteramente, como se ha querido mostrar


De esta manera, asegura que estas personas han sido víctimas adicionales de la pandemia y de las medidas locales para contenerla, pues se han visto en una situación aterradora en la que se ha ordenado el confinamiento en viviendas de las que, en muchos casos, carecen, mientras sobreviven a la falta de soporte moral y psicológico.

Según ella, a esto se suma el execrable actuar del Gobierno venezolano que a cualquier costo quiere hacerse propaganda y usar a sus nacionales migrantes como una ficha en medio del juego de la posverdad.

Un nuevo infierno

Ahora que dedica su tiempo a la fundación Comparte por una Vida en Colombia (@ComparteColombia), Lala Lovera vive entre Bogotá y Cúcuta, por lo que ha visto de primera mano los rostros de la necesidad. Pese al confinamiento, su labor no ha parado. Hace de todo para estar al día sobre lo que se vive allá, pues cada niño del proyecto lo siente como familia.

Afirma que con la coyuntura actual apareció un nuevo infierno al que hacen frente quienes han sido dejados con sus enseres en zona fronteriza y deben darles la cara a grupos armados que les cobran peajes para regresar a su país. Unos se encuentran con fronteras cerradas, otros tienen temor de realizar el cruce legal porque no tienen los documentos necesarios y, luego de cruzar, algunos se chocan con fuerzas violentas de Venezuela que los reciben con amenazas por haber dejado el vecino país.

“Parece broma. Pero es una realidad de a puño que conocen pocos y que sufren solo ellos. Por eso hay que levantar la voz por los migrantes venezolanos de manera urgente”, añade esta mujer que advierte que aunque ningún país estaba preparado para recibir a estos ciudadanos y niños en estado de vulneración, desnutridos, sin cuadro de vacunas o sin sistema de salud, es importante que quienes tienen en sus manos la posibilidad de ayudar, lo hagan.

El secreto, arguye, podría ser llevar a la gente a entender que no es un asunto de nacionalidad, ni una competencia para comparar quién está peor o sufre más, sino que las discusiones deben darse partiendo de la idea de que todos los seres humanos tenemos derechos sin importar la bandera.

Vemos pequeños con barriga vacía, en estado de hacinamiento y sin acceso a una educación, por lo que la falta de todas está necesidades básicas no suplidas se vuelve un grave problema

Si se le pregunta por el panorama de esta situación, Lovera describe con preocupación que la mayor parte de la población venezolana migrante en Colombia trabaja de manera informal y está de manera irregular, por lo que lo más duro en este tiempo ha sido saber que no pueden quedarse en casa porque no tienen ni un techo ni qué comer.

La situación no mejora para quienes viven en pagadiarios, pues en estos lugares conviven entre 12 y 15 personas en un mismo espacio, lo que hace de estos sitios un espacio donde fácilmente se puede dar un brote. Con el agravante de que la educación de los menores de edad se vuelve un imposible, pues son niños que están en lugares en donde la conectividad para asistir a clases virtuales es casi imposible.

Vemos pequeños con barriga vacía, en estado de hacinamiento y sin acceso a una educación, por lo que la falta de todas está necesidades básicas no suplidas se vuelve un grave problema”, declara.

Actualmente desde su fundación están adelantando proyectos de atención en medio de la crisis a esta población; de hecho, se acaban de sumar a ‘Colombia Cuida a Colombia’, la alianza nacional de más de 240 organizaciones de la sociedad civil y el sector privado.

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“Gracias a eso hemos podido dar una respuesta apoyando a fundaciones en Bogotá y, articulados en Norte de Santander con la alcaldía de Villa del Rosario y Cúcuta, a la fecha hemos beneficiado a más de 7.000 personas entregando unos mercados que duran 20 días y cubren el 50 % de la ingesta necesaria de la familia”, cuenta.

Lala Lovera

Lala Lovera, directora de Comparte por una Vida Colombia.

Foto:

Romina Hendlin

Profesión: voluntaria

El verbo dar es tal vez el más usado por Lala Lovera. Para ella, ponerlo en práctica es como entrar en una autopista de doble vía en donde tanto el que da como el que recibe aprende algo al ponerse en los zapatos del otro. Esto lo ha entendido desde muy temprana edad, pues esta mujer, nacida en Caracas el 9 de octubre de 1974, dice que desde joven logró aprender que uno debe intentar siempre servir en algo a otros y por eso ha hecho de la labor social su estilo de vida.

Es la segunda de tres hermanas de una familia llena de mujeres y marcada por la fortaleza de una abuela líder y una mamá luchadora por naturaleza, que quedó sola con sus pequeñas y les mostró con hechos lo que es ser una grandiosa mamá y ejecutiva exitosa al mismo tiempo.

Desde niña, cuando la invitaron a trabajar con comunidad en situación de discapacidad en la Asociación para el Desarrollo de la Educación Complementaria, Asodeco, empezó a entender que, de grande, quería ayudar a otros. Gracias a esa experiencia, decidió estudiar Educación Especial en Caracas en el Instituto Universitario Avepane y luego en la Universidad José María Vargas.

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Fue el inicio de una larga trayectoria en todo tipo de trabajos: como maestra de inglés en un preescolar, coordinadora en temas de integración con grandes cadenas de alimentos, directora de un jardín infantil (que prefirió cerrar cuando le impusieron cumplir con un pénsum lleno de adoctrinamiento, como parte del nuevo modelo de gobierno de Chávez), y hasta gerente de un salón de belleza, lugar en el que hizo de las manicuristas parte las accionistas para demostrar que en estos espacios también se puede trabajar por generar comunidad.

En ese trayecto se casó y construyó su proyecto de vida de la mano del abogado Laureano Siegmund y sus dos hijos. Sin embargo, Venezuela empezó a ponerse complicada en temas de seguridad. “No entendía por qué todos debíamos, por la inseguridad, acostumbrarnos a vivir con el miedo de salir a la calle y ser raptados. Siempre dije que el día que tuviera un incidente así, iba a ser el momento de irme”, recuerda.

Una mañana, cuando iba a la panadería, unos motorizados intentaron llevársela, consecuencia de lo que ella describe como el modus operandi de la inseguridad que se vivía en su país. “Mi esposo eventualmente viajaba a Colombia a su trabajo, por lo que le dije: ‘vámonos y si tu proyecto se acaba nos regresamos’”, con esa idea llegó en el 2011 a Colombia.

Aunque la zona fronteriza siempre había sido de ir y venir de un lado al otro nunca se había visto a tantos jóvenes y niños cruzando la frontera para sobrevivir solos

Inicialmente pensó ocuparse al 100 % de su rol de mamá, pero un tío la conectó con Bárbara Escobar, de la Casa de la Madre y el Niño, y se ofreció como docente voluntaria. “Me enamoré de ese lugar. Fue un proyecto que vi crecer durante los nueve años que trabajé allá”, agrega.

Un viernes de 2017, a las cinco de la tarde, estando en la Casa de la Madre y del Niño, llegaron para protección, acompañados por la Policía y el ICBF, cinco niños venezolanos que fueron retirados de Ciudad Bolívar porque sus derechos estaban siendo vulnerados. En ese momento, ella sintió que sus ojos se abrieron a una problemática en la que debía intervenir.

“Me encontré con una realidad espantosa, porque aunque la zona fronteriza siempre había sido de ir y venir de un lado al otro nunca se había visto a tantos jóvenes y niños cruzando la frontera para sobrevivir solos”, recuerda.

Fue así que en enero de 2018, luego de ver un programa en la televisión sobre un rector que recibía niños que caminaban 15, 18 y 20 kilómetros todos los días desde Venezuela para poder estudiar, que sin pensarlo tomó un avión y fue hasta ese colegio para averiguar cómo podía ayudar.

Descubro que no son solo niños venezolanos sino retornantes y decido empezar a moverme en Bogotá para ver quiénes se unían a mí para que hiciéramos algo. Ahí empieza esta batalla incansable que tengo ahora”, añade.

De la mano de un movimiento que ya trabajaba desde Venezuela y varios grupos de amigos, montó el capítulo Colombia de Comparte por una Vida para asistir a los entre 8.000 y 12.000 niños que cruzan todos los días la frontera. El proyecto ha ido mutando, pues pasaron de donar leche, zapatos y productos de primera necesidad a trabajar para activar toda una ruta de ayuda para intervención a mediano y largo plazo.

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Empezamos con 40 niños y ya tenemos 500 pequeños. Hacemos frente a la malnutrición y desnutrición con la creación de espacios protectores en las entidades educativas”, cuenta.

Cada historia que ha escuchado ha decidido volverla parte de sí misma, de sus sueños y pesadillas, y por ende de su forma de actuar. No por obligación, sino porque tiene claro que el único título que le interesa que le otorguen es el de voluntaria.

* Publicación con el apoyo del Programa de Alianzas para la Reconciliación de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y Acdi/Voca

DIANA RAVELO MÉNDEZ
Especiales Multimedia EL TIEMPO
En Twitter: @DianaRavelo

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