La travesía de cinco músicos venezolanos que llegaron a Colombia

La travesía de cinco músicos venezolanos que llegaron a Colombia

Conozca cómo se unen las historias de estos instrumentistas que salieron de su país por la crisis.

Músicos venezolanos en Colombia

De izquierda a derecha: Luis David Rodríguez, Yoliana Elena Mora, Leonardo Plaza, Luis Fernando Amundarain y Fernando Martínez, músicos venezolanos, exintegrantes del Sistema.

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Sara Castillejo / EL TIEMPO.

Por: Juan David López Morales
23 de noviembre 2018 , 05:27 p.m.

Aquí puede leer la historia de todos para descubrir poco a poco cómo los personajes se encuentran y cómo, pese a que cada uno tiene su propia historia, pueden tener en común mucho más que la situación de músicos migrantes.

Si prefiere conocer cada historia de forma individual, siga los siguientes links:

Razones para irse

Extiende su antebrazo derecho. Yoliana Elena Mora muestra una cicatriz: tres líneas rectas en forma de una zeta se hunden en su piel blanca. “Es una puñalada”, explica. Era el mejor momento de su carrera. Por fin todo le estaba saliendo bien, cuando un lunes del 2015, a las 8:40 p.m., una mujer corpulenta se bajó de una moto en la que iba de parrillera y la arrinconó contra la pared. Yoliana regresaba de un ensayo, ya estaba a media cuadra del edificio donde vivía, en el este de Caracas. La calle estaba oscura, pero la luz que salía de un local comercial le mostró que la desconocida llevaba en su mano un cuchillo. Sin decir nada, se lo enterró.

Se pone nerviosa. Las manos le tiemblan mientras recuerda. Sentada en un mueble en la sala del apartamento donde vive hace tres semanas en Bogotá, cuenta que decidió irse de Venezuela por lo que pasó esa noche. Cuando la atacante ya se había ido, un corrillo de vecinos curiosos y preocupados rodeó a Yoliana y uno de ellos, médico, le hizo un torniquete de urgencia. “¡Mi carrera! ¡Mi carrera!”, gritaba al ver la herida abierta en su antebrazo.

Yoliana es flautista. Casi no podía mover los dedos. Los contraía, pero no era capaz de levantarlos. Por eso consultó, esa misma semana, al médico especialista del Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela –El Sistema–, quien le dijo que la desconocida le había cortado tendones. El susto cuando escuchó el diagnóstico fue más profundo que el shock que le produjo el ataque. El corte lateral del cuchillo, astillado y oxidado, rompió totalmente el tendón del meñique y lesionó los tendones del anular, el índice y el pulgar.

En aquel entonces estaba superando el pánico escénico, ya se había recuperado de una epicondilitis lateral que le impidió estudiar su instrumento varios meses, cinco años atrás y había comenzado dos veces su carrera, desde cero. Nada de eso habría valido la pena si no podía volver a tocar. Si no se operaba antes del domingo siguiente, perdería la movilidad de forma definitiva.

Yoliana y Leonardo, músicos venezolanos

Yoliana y Leonardo se hacen bromas. Así logran aliviarse entre ellos las angustias de su nueva vida en Colombia.

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Sara Castillejo / EL TIEMPO.

Un flautista en un call center

Suenan canciones de Shakira y J Balvin. Los dedos golpean los teclados y algunas monedas caen dentro de la máquina de comida empacada. El ruido externo es interrumpido por el pito en los auriculares, que anuncia una nueva llamada. Todos hablan, pero no todos entre sí. Los acentos de colombianos y venezolanos se camuflan entre respuestas en inglés y español.

Fernando Martínez trabaja en un call center, y ese es el ruido que lo rodea siete horas y media, seis días a la semana, en las oficinas que quedan en el occidente de Bogotá. Es egresado del Conservatorio de Música Simón Bolívar, de Caracas, y hasta noviembre del año pasado fue flautista de la prestigiosa Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, a la que ingresó 10 años atrás, en 2007, como uno de los integrantes más jóvenes bajo la batuta del director venezolano Gustavo Dudamel.

Sus recuerdos viajan miles de kilómetros, hasta Puerto Ordaz, oriente de Venezuela, donde creció y tuvo una flauta traversa en sus manos por primera vez; luego hasta Caracas, donde vivió una década de días tristes y felices, y regresan a su presente. Es un sábado soleado de agosto en Bogotá. Fernando tiene 27 años. Lleva una chaqueta café de tela, cerrada hasta el pecho, sobre una camiseta blanca de cuello redondo. A las 2:30 de la tarde comienza su turno en Teleperformance, el call center donde brinda soporte técnico desde mayo de este año. Mira el reloj. Todavía faltan unos minutos. El viento silva a las afueras del supermercado Oxxo donde se toma una bebida energizante. Le gusta el frío, aunque en Bogotá a veces “es demasiado”. Termina su bebida, deja la silla, acomoda un morral negro a su espalda y se va a trabajar.

Fernando Martínez, músico venezolano

A Fernando, sus compañeros de apartamento lo miran como un maestro. Eso era en Venezuela, eso sigue siendo para ellos.

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Sara Castillejo / EL TIEMPO.

Dos luises en TransMilenio

Un bus rojo frena. Las puertas de la estación se abren con dificultad. Un ‘cardumen’ de gente se amontona para entrar. La alarma suena como una sirena que acelera el paso de los rezagados. Las puertas eléctricas se cierran con un golpe seco. El motor lanza un bramido y el bus arranca. La ruta C84 de TransMilenio sigue su recorrido habitual, cuando Luis Fernando Amundarain y Luis David Rodríguez terminan a bordo su jornada de trabajo, entre las estaciones Suba/Calle 100 y 21 Ángeles, en el noroccidente de Bogotá.

Saludan a los pasajeros. Luis Fernando -21 años- anuncia “un poco de música”. Sentado en una caja flamenca, mira a Luis David -20 años-, quien se apoya sobre una de las barras verticales amarillas, su único soporte para tocar con alguna comodidad el fagot. El repertorio comienza con ‘Tico tico’, una canción brasileña, continúa con un popurrí de ‘El chavo del 8’ y termina con una cumbia, ‘Colombia, tierra querida’. Unas 15 o 20 personas aplauden, de las cuales 4 o 5 que les pagan. El bus vuelve a frenar. Son las 5:30 p.m. de otro sábado.

De las decenas de venezolanos que trabajan en TransMilenio, Luis Fernando y Luis David son los únicos fagotistas. Ese escenario de buses y estaciones, inusual para un instrumento europeo cuyo espacio natural son las orquestas sinfónicas y los teatros de conciertos, ha sido para ellos una oportunidad desde que llegaron a Bogotá, en febrero de este año.

Luis David y Luis Fernando, músicos venezolanos

Ellos, los luises, tratan de cumplir horario de lunes a sábado: ocho horas en TransMilenio. De eso depende su supervivencia en Bogotá.

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Sara Castillejo / EL TIEMPO.

La oportunidad que los trajo a Colombia

Una promesa convenció a Leonardo de irse del país antes de lo que tenía planeado. La alegre melancolía con la cuenta que ingresó al Sistema a la “avanzada” edad de 17 años, que fue admitido en el Conservatorio Simón Bolívar al año siguiente, cuando apenas llevaba ocho meses tocando flauta traversa, que la natación que practicó por dos años le ayudó a tener una mejor columna de aire en el instrumento, que dejó una carrera de ingeniería mecánica en el quinto semestre para ser músico a pesar de la resistencia de sus padres, y que en noviembre del año pasado decidió estudiar cocina junto con su hermano mayor, esa alegre melancolía, se convierte en decepción cuando empieza a hablar de lo que le pasó cuando llegó a Bogotá.

Su nombre es Leonardo José Plaza Sánchez. Le dicen Leo, tiene 26 años y dice que es de “buen humor y mal chiste”. La mamá de Leo, bogotana, vive en Venezuela hace 40 años. Antes eran los colombianos quienes emigraban hacia ese país, hasta que la actual crisis humanitaria venezolana invirtió el flujo. En Colombia, las autoridades de migración calculan que más de un millón de venezolanos han llegado en los últimos años al país. También han regresado algunos colombianos, como Jorge, el tío de Leo, quien lo llamó a comienzos de abril para proponerle que se fuera para Colombia a trabajar con él.

Jorge salió de Venezuela un par de meses antes, con el objetivo de montar un restaurante en Bogotá. En abril, el restaurante ya funcionaba. Qué mejor que invitar al sobrino que estudiaba cocina a que se sumara a la empresa y, de paso, buscara mejores oportunidades que las que le ofrecía su país en ese momento.

Leo lo pensó. Le faltaban seis o siete meses para graduarse y por eso, en principio, prefería esperar. Pero Jorge le hizo una propuesta con la que lo convenció de viajar esa misma semana: no solamente le iba a pagar un sueldo, también le iba a ayudar a estudiar, bien fuera cocina, música o lo que quisiera.

Suspira. “Una de las cosas que yo siempre he querido ser es músico. Ese va a ser mi sueño toda la vida. Yo me considero músico, pero quisiera tener un conocimiento muchísimo más amplio y un papel que lo certifique cuando audicione a cualquier orquesta”, dice.

El 10 de abril, después de dos días de viaje, Leonardo llegó a Bogotá y comenzó tres meses de jornadas laborales de domingo a domingo, de 6:00 de la mañana a 11:00 de la noche, con un par de horas de descanso en la tarde. Pero su salario no se veía. Como vivía con su tío, este le descontaba el arriendo. El restante, le decía, no lo tenía aún. De vez en cuando le daba dinero para que cubriera necesidades inmediatas y también se lo descontaba.

Tres meses después, Jorge se regresó a Venezuela, para los grados de una de sus hijas, no sin antes decirle a Leo que tenían que desalojar el apartamento y que no podía trabajar más en el restaurante porque lo iba a entregar a otra administración. No planeaba volver.

Leo quedó fuera de base, no solo por lo que le quedó debiendo –calcula que fueron un millón seiscientos mil pesos–, sino también porque dos meses antes convenció a Yoliana, su novia, de viajar y quedarse con él en Colombia. En ese momento, la relativa seguridad con la que llegaron, cada uno en su momento, se esfumó.

Leonardo Plaza, músico venezolano

Leonardo prepara un café. Ya no tiene tiempo para cocinar, pero le gustaría terminar sus estudios para ser chef, además de graduarse como músico.

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Sara Castillejo / EL TIEMPO.

Un joven talento fuera de lugar

-Tu maestro me llamó, que tuviste la mayor puntuación de la audición. Estás en la Orquesta.
-¿Por qué le dijiste? ¡No va a poder dormir!

Era una noche de febrero del 2007. Fernando viajaba en bus de regreso desde Caracas hacia Puerto Ordaz, y al otro lado del teléfono su mamá regañaba a su papá por contarle que lo habían aceptado en la Simón Bolívar –la forma corta para referirse a la orquesta–. “Sí, tuve un poco de insomnio”, reconoce Fernando. Estaba impresionado, feliz y preocupado. ¿Qué iba a hacer, si todavía le faltaban ocho meses para terminar el año escolar, y un año más para terminar la secundaria?

Aunque Fernando comenzó a tocar flauta en 1999 en el núcleo de Puerto Ordaz del Sistema de Orquestas y Coros de Venezuela –para todos, el Sistema, a secas–, fue la llegada del director Rubén Capriles en 2005 lo que lo empezó a dirigir hacia Caracas. Dice que en el estado Bolívar ya no había quién le enseñara. “Cuando yo estaba ‘chamito’ era demasiado aburrido. Estaba entre el colegio y la orquesta, pero no veía avances. Era muy monótono”. Por eso, viajaba cada 15 días para recibir clases en Caracas, hasta que los maestros de Caracas empezaron a viajar a Puerto Ordaz. Fue entonces cuando conoció a José García, quien lo preparó para la audición –siete solos de orquesta, dos conciertos de flauta, además de cinco solos y un concierto para flauta piccolo o flautín–, recuerda Fernando en la mañana de un jueves de agosto, sentado en el suelo frío de la sala del apartamento donde vive ahora.

Cuando comenzó en la Simón Bolívar, pasó de sentirse como un “bicho raro” en Puerto Ordaz, una ciudad industrial y minera donde ser músico no ofrecía mayor prestigio, a vivir solo en Caracas, donde era el chico nuevo y extraño.

“Yo era una persona muy insegura. La gente del colegio era muy cerrada, y obviamente no se veía mucha gente del interior. Todos eran de Caracas. Era súper difícil socializar, ¿sabes? Pasé ese año prácticamente solo, pues”. Termina la frase con el susurro que convierte las eses finales en jotas aspiradas: ‘puej’. “Nunca me llevé bien con gente sifrina, de dinero, pues”.

En los años siguientes, habría de encontrar su lugar en el mundo, su zona de confort. Primero, en el 2008, ingresó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar licenciatura en comunicación social y allí encontró “gente de muchos entornos y condiciones”. Al mismo tiempo, seguía como flautista de la Orquesta y avanzaba en su carrera musical en el Conservatorio de Música Simón Bolívar. Luego, en el 2010, conoció a Francisco, o Frank, como le dice. “Empezó toda una historia para mí. Aprendí muchas cosas con él, aprendí a conocerme más, aprendí a cocinar… Lo malo fue que tuve que decírselo a mis papás.”

Fernando perdió contacto con su familia, sobre todo con sus padres, durante tres años, desde el 2012, cuando les contó. “Pasé por una depresión muy fea”, dice, y explica que no se debió solo al distanciamiento familiar, sino también a que su relación con Francisco pasó por un momento difícil. Con tiempo y terapia sicológica superó la depresión. Aunque en 2015 su familia le volvió a hablar, Fernando lamenta el tiempo perdido. Pasaron juntos la navidad de ese año y la de 2016. A la siguiente, él y Francisco ya estarían radicados en Colombia.

La muerte que les dio un giro

Los venezolanos están desesperados por su derecho inalienable al bienestar y a la satisfacción de sus más básicas necesidades. Las únicas armas que se le puede entregar a un pueblo son las herramientas para forjar su porvenir: instrumentos musicales, pinceles, libros; en fin, los más altos valores del espíritu humano: el bien, la verdad y la belleza. Gustavo Dudamel, 4 de mayo de 2017.

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El lunes primero de mayo del 2017, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, convocó a una Asamblea Nacional Constituyente. La oposición respondió con “la gran marcha contra el fraude constituyente” para el miércoles siguiente. Ese día, 3 de mayo, el violinista Armando Cañizales Carrillo, de 17 años, devolvía gases lacrimógenos y enfrentaba a la fuerza pública de su país sin más que un casco, un jean, unos guantes y una camisa negra hasta las muñecas, cuando recibió un disparo en el cuello. Murió.

Cañizales se convirtió en un símbolo. Iba un mes de enfrentamientos y los muertos se contaban por decenas. En medio del ruido de las protestas ciudadanas y la represión oficial, emergió un clamor: “Levanto mi voz en contra de la violencia y la represión”. La petición era de Gustavo Dudamel. “Ya basta”, pidió el prestigioso director de orquesta en una nota de Facebook en la que, como imagen principal, en letras blancas y mayúsculas sobre fondo negro, se leía el nombre del joven violinista asesinado.

Dudamel tiene 37 años y es director musical de la orquesta Simón Bolívar desde 1999, el mismo año en que ascendió al poder Hugo Chávez. Desde hace un par de décadas es calificado como dueño de “un don” (José Antonio Abreu), un “animal de la dirección” (director Esa-Pekka Salonen), “el hombre que rejuvenece la música clásica” (revista National Geographic) y el director “más pop del mundo”, según el periodista Julio Villanueva Chang, quien describió a Dudamel como la punta del iceberg del “milagro colectivo” del Sistema.

Lejos de su acostumbrado magnetismo y carisma, a Dudamel se le vio consternado y sombrío en 2017, cuando rompió su neutralidad frente a la crisis social e institucional de su país. Después, las muertes no cesaron, la violencia siguió, la Constituyente se instaló y las protestas se apagaron... El gobierno de Nicolás Maduro tomó represalias por las palabras del director de la Simón Bolívar: le canceló a la orquesta dos conciertos que ya tenía vendidos en Bogotá, una gira que estaba programada para China y cualquier otra salida del país.

Sin necesidad de un anuncio oficial, para todos quedó claro que Dudamel, la joya, acaso el producto mejor acabado del épico Sistema venezolano, no podía volver a su país. En ese momento, Abreu, el mentor de su meteórica carrera y fundador del Sistema en 1975, estaba retirado a causa de la enfermedad que terminó su vida casi un año después. Sin Dudamel y sin Abreu, el Sistema perdió sus pilares y los músicos emprendieron su huida.

***

Los integrantes de la Simón Bolívar ganaban hasta 3000 dólares mensuales ocho años atrás. Viajaban tanto que Fernando calcula que gastó hasta tres pasaportes, y empieza a enumerar: China, Japón, Corea del Sur, Canadá, Estados Unidos, Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Austria, Alemania, Inglaterra… En la actualidad, ganan alrededor de 5 dólares, cuenta, aunque esto depende tanto de la devaluación del bolívar como de los aumentos al salario mínimo venezolano. Además, no tienen actividad internacional, ni los viáticos que les daban cuando salían de gira, unos mil dólares que recibían de quienes los invitaban en el exterior, con los cuales se mantenían hasta seis meses cuando el salario se hizo precario. Fernando estima que entre el 70 y el 80 por ciento de la plantilla de la Orquesta se ha ido.

“Estábamos a la expectativa. No estábamos en contra de que Gustavo se pronunciara, porque era muy grave lo que estaba pasando. Tuvimos que resignarnos. No podíamos hacer más. (…) Si salimos a la calle, nos matan, si reclamamos, no va a pasar nada”, pensaban en ese momento, y fue cuando Fernando tomó la decisión: “No puedes pretender hacer un movimiento cultural en una dictadura. Es muy difícil”.

La madre de Francisco, su compañero, es colombiana. Por eso, ambos apostaron todos sus ahorros a llegar a Colombia. En julio de 2017, ya tenían en su poder los tiquetes de avión para salir el 10 de diciembre, con la ruta Caracas-Valencia, Valencia-Bogotá, Bogotá-Cali.

Dos fagotistas, de Caracas a Bogotá

Cuando lo descubrieron tocando el fagot en el subterráneo de Caracas, Luis Fernando tuvo que salirse de la Banda Sinfónica Juvenil Simón Bolívar. Tocaba con un amigo cuatrista para conseguir el dinero que les faltaba, pues aunque en la banda recibía una ‘beca’ -una especie de subsidio-, apenas les alcanzaba para gastos básicos como los pasajes.

Es conversador y cuando sonríe levanta el marco de las gafas con las mejillas. Tiene tatuada una clave de Do en el antebrazo izquierdo y, en el brazo, dos fragmentos de partituras de fagot: el solo que abre la ‘Consagración de la Primavera’, de Stravinsky, y el del cuarto movimiento de la ‘Sinfonía N° 4’, de Beethoven. Luis David, su compañero de trabajo, también tiene tatuado el brazo derecho con una campana de fagot. Él es más alto y delgado que su compañero. Tiene el cabello rizado, la voz profunda y un gesto sereno.

Luis David tocó en la Orquesta Sinfónica de Caracas desde el 2015, cuando llegó de Puerto Ordaz para estudiar en el Conservatorio. En su primer año en una de las tres principales orquestas de la capital -junto a la Teresa Carreño y la Francisco Miranda- tuvo tres giras: una a Italia, otra a Estados Unidos y la tercera a España, Portugal y Francia. En cambio, en su último año, a duras penas pudo ensayar. Durante las protestas de abril y mayo de 2017, fue casi imposible reunir a la orquesta. Y si lograban ensayar, era para nada, porque al final cancelaban todas las presentaciones. Incluso, perdieron una gira a Grecia.

Luis David y Luis Fernando, músicos venezolanos

Luis Fernando (izquierda) y Luis David (derecha) son fagotistas, pero para tocar en TransMilenio decidieron hacer un dúo con percusión, par mejorar su 'show'.

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Sara Castillejo / EL TIEMPO.

En vista de las dificultades para hacer música, Luis David se sumó a las manifestaciones. “Yo nunca me imaginé saliendo para unas protestas a estar devolviendo gases, pero, ¿qué iba a estar haciendo música? Era tanta la rabia que, bueno, agarraba mi guante, mi casco, mi suéter, el pantalón más viejo, los zapatos más chimbos y salía”, cuenta.

En la orquesta supieron que él estaba protestando, pero no pasó nada. No eran pocos los músicos de las agrupaciones del Sistema que estaban en las calles, dándose “coñazos” contra la Guardia Nacional Bolivariana. Aunque les es difícil calcular cuántos, creen que la mayoría de los músicos estaba en las “guarimbas”, como le dicen a las protestas. Pero cuando las protestas pasaron, la normalidad no volvió: las ausencias a los ensayos crecieron.

En diciembre, cuando Luis David alcanzó el título de Técnico Superior Universitario, en la Universidad Nacional Experimental de las Artes, Uneartes, decidió irse del país. Estuvo todo enero en Puerto Ordaz, donde sacó los documentos para emigrar de forma legal, y en febrero viajó con otro amigo, flautista. Fue coincidencia que por esos días Luis Fernando también fuera a salir de Venezuela, aunque para él ya era la segunda vez: había estado en Colombia entre noviembre y diciembre, trabajando por su cuenta. Ya tenía idea de cómo moverse con el fagot en TransMilenio y de cómo se movía Bogotá. Los tres migraron juntos, el 13 de febrero.

Aunque les dicen ‘los luises’, como si fueran siameses musicales, en Caracas apenas se conocían, y eso porque hacían parte del mismo gremio.
Fue en Colombia donde se convirtieron uno en la sombra del otro y se hicieron amigos. Al principio, vivía cada uno por su cuenta, Luis Fernando en Soacha y Luis David en Ricaurte, pero se encontraban todos los días para ir a trabajar. Luego, por la inseguridad de la zona -Luis Fernando muestra una cicatriz en la frente que le quedó de un golpe con una botella de vidrio cuando lo atracaron para robarle el celular, cerca de donde vivía Luis David- decidieron irse todos para Soacha. A ellos se sumó un amigo cuatrista, Javier Bencomo. El otro amigo de Luis David, el flautista con quien salió de Venezuela, siguió su viaje hacia Argentina. En cambio, él se encariñó con Bogotá y decidió quedarse con Luis Fernando.

La decepción suiza y el incierto aterrizaje en Colombia

Fernando no durmió bien su primera noche en Bogotá, a finales de abril. Se sentía decepcionado, como quien termina una relación amorosa de diez años, y derrotado, como quien entregó todo lo que tenía a su alcance para salvarla y no pudo. Acostado, en una habitación de un apartamento en Soacha, al sur de la ciudad, escuchaba los ronquidos de Luis David, un fagotista, y la respiración de Javier, un cuatrista, tumbados a su lado en la misma colchoneta. “Yo pensaba ‘verga, no puedo dormir’”. En su cabeza daba vueltas una pregunta: ¿qué iba a hacer? Ese día llegó de Suiza con el ‘jet lag’ y la frustración a cuestas.

Suiza era la opción para continuar su carrera musical, cuenta, mientras pone a hervir agua en una olla para cocinar espaguetis. Parte algunas cebollas en mitades, las mitades en cuartos y sigue hasta que quedan cuadrados pequeños. El ruido de la hoja del cuchillo que atraviesa las cebollas se interrumpe de golpe contra la tabla de cortar. “Yo no tenía suficiente plata –continúa–, entonces vendí el carro que le había dejado a mi hermana en Puerto Ordaz. Si me preparaba muy bien, como lo hice, no había razón para no quedar”.

Michel Bellavance, maestro de flauta de la Haute École de Musique, en Ginebra, lo conocía, lo había escuchado y lo convenció de presentarse a su cátedra. Le auguraba buenas probabilidades. Por eso, Fernando vendió su automóvil Chevrolet Spark modelo 2010 para viajar. Ya había salido de Venezuela y vivía en el caluroso Jamundí, cerca de Cali, con Francisco. La última semana de abril se fue a Ginebra. Allí lo recibió una amiga, también flautista y venezolana. “Estaba súper nervioso”, cuenta, mientras lava tomates, los parte en cuadros pequeños, abre una lata de atún y mezcla todo en una sartén con aceite caliente.

“Yo sentí que toqué bien”, dice. Al final del día de las pruebas, le dijeron que era admisible, pero que solo entrarían dos músicos y él no estaba en esa lista. Pensaba en todo lo que había hecho para llegar hasta allí. Quedó “todo derrotado, llorando en las noches en las calles de Ginebra”, cuenta con un tono de melodrama que más parece una burla de sí mismo.

En sus planes no estaba volver a Jamundí. Allí, había tocado en un bar, dio clases de flauta, le ayudó a la familia de Francisco con sus negocios, pero no encontró nada estable. No tenía nada a qué volver. Ni siquiera en la Filarmónica de Cali, donde le ofrecieron 100 mil pesos (unos 33 dólares) por semana que él no aceptó. Su opción era llegar a Bogotá. Aunque no sabía para qué, sí sabía a donde quién. Durante esos meses mantuvo contacto con Luis David Rodríguez, también de Puerto Ordaz, con quien se había conocido años atrás, en el Centro de Acción Social por la Música de Caracas, gracias a sus amigos en común. Luis David, quien había llegado en febrero a Bogotá, le habló de la ciudad y le ofreció recibirlo.

Fernando revuelve la sartén mientras las pastas hierven. Abre y cierra el grifo, lava algunos “corotos” y los seca. Son las 11:30 de la mañana cuando entra Luis David a la cocina y saluda. Este jueves no va a trabajar en TransMilenio, donde toca con Luis Fernando, otro fagotista. No lo hará porque tiene que ir a Migración Colombia a resolver un lío con los documentos para obtener su Permiso Especial de Permanencia, el documento extraordinario con el que Colombia les permite a los venezolanos quedarse por dos años en el país a causa de la crisis vecina.

Luis David se despide y Fernando retoma su historia. A los dos días de vivir en Bogotá se presentó a Teleperformance, pasó y comenzó a trabajar. Del apartamento en Soacha, se fue a vivir a un hotel en el barrio 7 de agosto, donde no aguantó más de un mes. Después de la decepción suiza, no quedó con ánimos de trabajar como músico por un tiempo. No es que tuviera desgano general con la vida. Es que quería encontrar algo de estabilidad.

Este fue uno de los últimos conciertos que tocó Fernando con la Orquesta Sinfónica de la Juventud venezolana Simón Bolívar (ver minuto 4:40).

***

El 7 de abril, según el gobierno de Nicolás Maduro, el Sistema llegó a un millón de niños inscritos. El régimen chavista lo celebró con un acto en conmemoración al fundador, José Antonio Abreu, quien murió el 24 de marzo de este año. “Somos un millón”, repetían en el acto. Maduro prometió llegar a dos millones. El concierto de celebración tuvo a 10.701 músicos en simultánea, en la que según él fue la orquesta más grande que se haya conocido, un record mundial superior al impuesto en Alemania, en 2016, con 7.548 músicos. Ese día, en el Poliedro de Caracas, proyectaron en pantalla gigante varios discursos de Abreu. En uno, se le escuchaba decir que el Sistema era “una reserva moral indiscutible de la sociedad”.

Casi un mes después, el 15 de mayo, hubo otro homenaje, al otro lado de la frontera. En Bogotá, una orquesta binacional, convocada por el contrabajista de la Simón Bolívar Álvaro Castillo, e integrada por músicos de los procesos de la Orquesta Filarmónica de Bogotá y por invitados venezolanos que fueron del Sistema, presentó un concierto en el teatro León de Greiff, de la Universidad Nacional de Colombia. Allí estuvieron Luis David y Luis Fernando, en la fila de fagotes. Fernando iba a tocar la flauta piccolo, y participó en los ensayos, pero tuvo que trabajar el día del concierto. Otra flautista venezolana, Yoliana, lo reemplazó.

¿Sabes de esas personas que están nerviosas y entran en crisis y hasta se jalan el pelo? Esa era Yoliana en ese momento

‘Shock’ emocional

–Fue una temporada muy pesada, loco–, cuenta Leonardo. –Era horrible porque lloraba todas las noches. ¿Sabes de esas personas que están nerviosas y entran en crisis y hasta se jalan el pelo? Esa era Yoliana en ese momento.
–Ni siquiera yo sabía que podía llegar a ese extremo–, complementa ella.
–Ella y yo vivimos juntos un mes en Caracas y ella nunca se comportó de esa manera.

Leonardo y Yoliana fueron compañeros en la fila de flautas de la Banda Sinfónica Simón Bolívar, de Venezuela, la más importante del Sistema. No se caían bien. A ella le parecía que él era “sifrino” (creído) y no le gustaba su sentido del humor pesado. Pero el mejor amigo de él, a quien llama su “hermano”, es el novio de la prima con la que Yoliana vivió su última temporada en Caracas. La cercanía era inevitable. Y lo fue más entre abril y junio del año pasado, durante las protestas, porque con la ciudad colapsada Leonardo no siempre se podía devolver a la casa de sus padres, en Los Teques, a las afueras de Caracas, y solía quedarse en el apartamento de Yoliana y su prima. Al calor de las ‘guarimbas’, en las que ambos participaron, la necesidad de protección mutua los acercó. Al principio, como amigos. Meses después, él le robó un beso. Aunque ella le pidió que no lo volviera a hacer, algo cambió en su forma de mirarlo. Y así, a comienzos de abril de este año decidieron ser novios, justo dos semanas antes de que Leonardo aceptara irse de Caracas.

Como la situación en Venezuela no prometía cambiar, invitó a Yoliana para que también se fuera para Colombia. Ella lo dudó. Por fin, estaba en la recta final de su carrera. Aunque quería irse, solamente le faltaba sustentar su tesis para graduarse como licenciada en música de Unearte; y solamente con presentar y pasar su recital de grado, iba a recibir su título como ejecutante de instrumento del Conservatorio Simón Bolívar. ¿Era el momento para salir? Se acercaban las elecciones presidenciales tras las que Nicolás Maduro sería reelegido y temía por lo que pudiera pasar en su país. Por eso aceptó la propuesta de Leo.

Yoliana creció en Zaraza, estado Guarico, y allí vivió hasta que se fue para Caracas a estudiar. De la niña tímida que ingresó al Sistema a los 11 o 12 años quedaba poco, pero el pánico escénico permanecía. Ella decidió combatirlo con lo mejor que tenía a su alcance. En principio, decidió estudiar intensamente, día y noche, su instrumento. Lo hacía en solitario casi siempre. Pero sus tendones le pasaron factura por la falta de descanso y comenzó a sufrir “codo de tenista”, es decir, epicondilitis lateral. La recuperación le implicó casi un nuevo comienzo. Tuvo que dejar la flauta varios meses, mientras hacía terapia y sus tendones volvían a la normalidad. Después, no fue su cuerpo el que la retrasó en su carrera, sino una decisión del entonces presidente Chávez, bajo cuyo gobierno se decidió reformar Unearte, incluyendo los currículos, según explica porque para el gobierno bolivariano esa era una institución de burgueses. Y sí los había, pero no era su caso ni el de cientos que, como ella, vieron cómo su carrera quedaba casi en ceros debido a los cambios curriculares. En la historia de Yoliana son varios los tropiezos, pero después de cada uno se ha logrado levantar. En eso se parece a la de su novio, Leo.

Leo ingresó al Sistema tarde, en comparación con otros músicos, pero le ayudó que desde su niñez había tocado cuatro y flauta dulce en la Orquesta Típica Infantil Caracas. Es caraqueño, pero creció en Los Teques, en el estado Miranda, a cuarenta minutos de Caracas. Allí comenzó a estudiar flauta traversa. Sin embargo, los accidentes de su carrera han sido más vocacionales: hasta que se retiró de ingeniería mecánica en la Universidad Central de Venezuela, tuvo que lidiar con el tiempo, siempre insuficiente para acoplar estudios de cálculo y física con métodos y conciertos de flauta. Cada clase con su maestro terminada convertida en un sermón más que en una lección del instrumento.

Yoliana y Leonardo, músicos venezolanos

Tocaban juntos en la Banda Sinfónica Simón Bolívar, en Caracas. Allí, no se caían bien. Ahora son novios.

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Sara Castillejo / EL TIEMPO.

“Ya no sabía lo que estaba haciendo con mi vida… Actualmente, bueno, tampoco sé qué estoy haciendo”, se ríe, y continúa: “tengo 26 años y no sé qué estoy haciendo aquí en Bogotá, pero bueno, es por la situación que está ocurriendo en Venezuela”.

Mientras él trataba de sacar adelante su carrera, ya sin el obstáculo que había sido la ingeniería, en el Conservatorio como ejecutante y en Unearte como licenciado, Yoliana encontró en el teatro la terapia para trabajar su inseguridad y “romper la cuarta pared”, fuera en las tablas o como intérprete de flauta. Esa se convirtió en su segunda pasión. Incluso, logró papeles secundarios en dos telenovelas de producción colombovenezolana. En Caracas, había luchado contra su propia inseguridad y también contra la inseguridad de la ciudad, sobre todo contra el pánico que le daba salir a la calle después del ataque que sufrió en el 2015. Pero no fue allí donde tocó fondo, sino en Bogotá, años después, a miles de kilómetros de su hogar.

La prima de ella y el “hermano” de él ya habían llegado a Colombia y se habían estabilizado cuando Yoliana y Leonardo tuvieron que desalojar, de un día para otro, el apartamento donde vivían con Jorge, el tío. Ellos los recibieron en su apartamento, donde vivían con dos personas más. Aunque tenían la mejor voluntad, el espacio era limitado. Solamente tenían disponible un sofacama en la sala, en el que durmieron un mes. Leo recuerda una varilla saliente que se acomodaba todas las noches en su espalda, y lo cuenta de forma jocosa. Esa fue la parte menos grave. La más grave fue cuando Yoliana entró en shock.

Una noche, cuando ya dormían, Leonardo la sintió levantarse. Vio cómo se sentaba en el borde del sofacama y, todavía dormida, lloraba. Que llorara en las noches y dijera que se quería ir ya era cotidiano, pero nunca lo había hecho de esa forma. Yoliana llevaba encima el estrés de una migración repentina, de que a Leonardo no le pagaran en el restaurante, de tener que haber salido afanados del apartamento del tío de él y de ella misma haberse quedado sin el trabajo que había conseguido apenas unas semanas atrás, en un café en el sector de Chapinero. Después le contó a una amiga psicóloga venezolana y fue ella quien le explicó qué era lo que le había pasado aquella noche.

-Yo arriesgué mucho. Y así como a él (Leonardo) le pintaron un castillo en la arena, que vino la ola y se llevó, yo también confié en esa persona.

Aunque estaban con personas conocidas y queridas, Leo y Yoli, como le dicen a ella, no se sentían cómodos. Agradecían el recibimiento, pero estaban buscando otro lugar para mudarse. Un día, la prima de Yoliana le gritó, desde la habitación: “¡Mira lo que acaba de escribir Fernando!” Entonces, ella revisó el grupo ‘músicos en Bogotá’, en WhatsApp. Fernando, el flautista de la Simón Bolívar, anunciaba que tenía una habitación en alquiler.

Una tarde en Usaquén

“Con el favor de Dios van a volver más pronto de lo que ustedes se imaginan”. Un hombre venezolano, canoso, de piel blanca y con unas gafas azules oscuras que le ocultan los ojos, se les acerca a los luises y echa dinero en el estuche del fagot, puesto en la mitad de la acera para recoger lo del día. Ellos le agradecen tocando algo ‘criollo’: la llanera ‘Caballo viejo’.

Nora Chávez Fajardo, la mujer que les presta ese espacio para que toquen los domingos en el tradicional mercado de las pulgas de Usaquén, en el norte de Bogotá, y que lleva 18 de sus 70 años sacando su toldo de artesanías hechas en su mayoría de madera, se ríe con la elección de los músicos. “Cada cosa pa’ su edad… caballo viejo”, dice, y sonríe impune con la complicidad de ellos.

Al hombre lo esperan dos mujeres, tal vez su esposa y su hija. Vuelve a acercarse. “Vamos a regresar pronto, estén seguros”, insiste. Se despide y se pierde con las dos mujeres que lo acompañan entre los negocios de artesanías del corredor contiguo al centro comercial Santa Bárbara, en Usaquén.

Los domingos no son buenos días para trabajar en TransMilenio. Por eso se instalan en ese espacio vacío entre dos locales en Santa Bárbara, con el permiso de Nora.

Ella, dueña y benefactora del espacio, dice que les ha tomado aprecio. Les reclama que hace varios domingos no van y les dice que ojalá ellos llamen algo de clientela, porque ayer, sábado, no vendió nada. Son casi las 3:00 de la tarde de un domingo de principios de agosto. Llevan una hora tocando, pero pasa poca gente.

“¿Cómo se llama ese instrumento?”, le pregunta una mujer a su novio. Él se queda impávido, mirando. No le responde. Siguen caminando hacia la carrera Séptima.

Cuando tocan en Usaquén, Luis Fernando y Luis David hacen versiones más largas que las de los buses. Incluso, prueban con otra música. Esta tarde comenzaron con las conocidas, ‘El Chavo’, ‘Tico Tico’, ‘Mario Bros’, ‘La pantera rosa’, la acostumbrada secuencia de cumbias que hace que Nora deje su silla y baile en la mitad de la vereda, el pasillo muy bogotano ‘La gata golosa’… tocan hasta una versión de ‘De música ligera’.

“¿No tienen una de Yordano?”, les pregunta una mujer que pasa, caraqueña. No, no tienen ninguna de Yordano, pero sí se saben un clásico de los años setenta de Aldemaro Romero: ‘De repente’. Lo tocan. “Me recordaron mis arrugas”, les dice la mujer, conmovida.

Cuando no se ve que vaya a pasar gente en un rato, aprovechan para descansar. Entonces, Nora sirve gaseosa en tres vasos de plástico y reparte una porción de ponqué para cada uno. Ellos le reciben, le agradecen y comentan, en voz baja, que tienen que llevarle algo la próxima vez que vayan a tocar a su local. Nora los trata como una abuela alcahueta.

Termina la pausa y vuelven a ubicarse. Desde la perspectiva de un público todavía ausente, Luis David se hace a la izquierda, con el fagot, y Luis Fernando a la derecha, en la caja flamenca. A sus espaldas, una pared blanca que remata en un techo colonial. Desde la perspectiva de los músicos, se ve, al frente, en el suelo, un estuche abierto en el que el peso de unas monedas evitan que el viento se lleve los billetes.

Antes de repetir el repertorio, y mientras vuelven a aparecer los caminantes por la feria de artesanos, Luis David le pregunta a alguien qué quiere escuchar. Le piden algo de Astor Piazzolla. “¿Piazzolla?”. Lo piensa, se mete a la boca la caña del fagot y empieza a tocar algunas notas, desordenadas, a las que Luis Fernando trata de pegarse. No logran acoplar el ritmo. Se detienen y vuelven a empezar, ahora sí acoplados. Suena ‘Libertango’ y continúa con el solo del ‘Bolero’, de Maurice Ravel.

El fagot da un sonido grave y maderoso, envolvente como la voz de un abuelo o romántico como el susurro de un enamorado. Luis David toca con virtuosismo, aun en las piezas más sencillas. En palabras de un hombre que se acerca a echar un billete, toca “muy bonito”. Luis Fernando también es fagotista, pero es el único de los dos que toca percusión. Al principio, ambos tocaban el fagot, a dúo, pero pensaron que “es más dinámico” tocar con una caja flamenca para el acompañamiento rítmico que hacer un dueto de fagotes.

Ya casi son las 5:00 de la tarde, la ciudad se pinta de naranja y pasa poca gente. Los luises se hacen chistes sobre cumplir horario. Hay cerca de 60 mil pesos en el estuche. Mientras Luis David recoge los billetes, Luis Fernando reúne las monedas en una bolsa blanca. Guardan todo. Se despiden de Nora y se prometen llevarle algo la próxima vez, en agradecimiento.

Un hogar para seis

Comienza septiembre. Leonardo y Yoliana llevan un par de semanas viviendo con Fernando, Luis David y Luis Fernando. Es un apartamento de tres habitaciones en un quinto piso en el barrio Milenta, en el sur de la ciudad. Allí, desde la sala, Leonardo cuenta -y Yoliana lo escucha- que justo antes de llegar allí, Remy, un amigo con el que vivían antes lo invitó a trabajar. Eran las 4:00 de la mañana y Leo ya estaba despierto, sin razón. Entonces Remy le preguntó que si lo quería acompañar a Frugacol, una empresa procesadora de frutas y verduras para restaurantes y pequeños distribuidores. Leonardo, quien ya había pasado por otro par de empleos cortos, con malas experiencias salariales, no lo dudó ni un momento. Además, Yoliana se había quedado sin empleo.

No tenía elección. Se levantó, se arregló y se fue con su amigo. Desde ese día empezó a trabajar por turnos apoyando al repartidor. Luego, cuando tenían mucha producción pendiente, le pedían ayuda en la planta, hasta que un compañero de la despulpadora renunció y a él le pidieron reemplazarlo, inicialmente, por días. Comenzó haciendo turnos, pero desde septiembre hace parte de la nómina de la empresa.

Como hijo de una mujer colombiana, ya tramitó su nacionalidad y espera respuesta. Confía en que una cédula colombiana le dará mayor estabilidad y le permitirá presentarse a estudiar música en alguna universidad pública del país, más adelante.

No había tenido tiempo para volver a estudiar flauta. “Los últimos fines de semana han sido de ocio y para despejarle la mente a Yoli”, dice. Y es que cuando se pone a estudiar su instrumento, olvida todo a su alrededor, incluso a su novia. “Yo realmente pienso que amo a la música más que a ella”, dice, un poco en broma y un poco en serio, y ella, desde la cocina, le responde: “Yo también amo a la música más que a cualquier cosa”. Pero hace un par de semanas, las últimas de octubre, comenzó a tocar los jueves con Pibo Márquez y La Colombiana orquesta en algunos de los bares de salsa más icónicos de Bogotá, como Quiebracanto y La Aldea Arde.

Entretanto, Yoliana venía de trabajos ocasionales. Aunque la despidieron del café, porque el dueño necesitaba darle la vacante a su hija, ella logró hacer contactos suficientes en ese mundo. Aprendió del café y de las máquinas que lo preparan. Algunas veces la llaman de otros cafés de gente que conoció para que les ayude con sus máquinas. A ella le quedó gustando, no descarta aprender de barismo. También ha contemplado salir a tocar en la calle, no solamente para retomar la flauta y conseguir algo de dinero, sino también para retomar su terapia personal contra el pánico escénico. Incluso, ya ha presentado algunos castings para volver a actuar, pero le preocupa que, pese a estar legal en el país, no tiene todavía su Permiso Especial de Permanencia.

Hace algunas semanas, comenzando octubre, le dio clases de música a un niño, hijo de dos abogados. La madre del alumno de Yoliana le preguntó si conocía a alguien que tuviera experiencia en labores de secretaría, pues estaban buscando en el bufete donde ellos trabajan. “Yo no sé, pero aprendo rápido”, se ofreció ella. Trabajó allí, medio tiempo, durante casi un mes, hasta que a inicios de noviembre le dijeron que necesitaban a alguien con más experiencia en derecho y ella se quedó sin empleo de nuevo.

En la misma semana, Leonardo sufrió un accidente laboral, cuando una máquina despulpadora de frutas le atrapó la mano y se la lastimó, sin afectarle la movilidad. Fue a urgencias, lo atendieron y pasó los siguientes días incapacitado.

Todavía tienen sueños pendientes, como terminar sus carreras, alcanzar la tan anhelada estabilidad, incluso contemplan probar suerte en otro país más adelante. También planean casarse, aunque no sepan muy bien cuándo. El viento todavía no les sopla a favor. En la vida que llevan ahora, la única certeza de cada uno es la compañía del otro.

Tengo 26 años y no sé qué estoy haciendo aquí en Bogotá

***

A mediados de agosto, la sala del apartamento donde viven lucía como un salón de ensayos. La luz entraba a través de las cortinas blancas, casi transparentes, hasta los 12 metros cuadrados de baldosas blancas. A un lado, una silla de espaldar recto de madera. En la esquina contraria, casi contra la ventana, un colchón inflable, desinflado y doblado sobre sí. Cerca de la puerta, una caja flamenca, un amplificador y un estuche negro que guardaba un fagot. A comienzos de septiembre, la sala ya tenía apariencia de sala. En la esquina izquierda había un mueble de base de madera que les regalaron. Le seguía, en la mitad, un mueble más pequeño, en forma de cubo, que salvaron de que alguien botara por una mancha de aceite que creen saber cómo quitarle. Al frente, del lado contrario, una mesa de planchar cubierta con un tendido azul marino y apoyada contra la pared amarilla hacía las veces de escritorio, comedor o lo que fuera necesario. Cerca, en la esquina contigua al ventanal, una repisa sencilla, de tres niveles, soportaba libros en el inferior, una biblia en el de la mitad, y un florero redondo, de vidrio, con una planta de hojas verdes y puntudas en el de arriba.

Cuando Fernando se aburrió del hotel en el 7 de agosto, coincidió con que Luis Fernando y Luis David estaban cansados de vivir en Soacha. Entonces, decidieron arrendar entre los tres el apartamento. Luego, ‘los luises’, como los llaman, sintieron que les estaba quedando poco dinero, y decidieron juntarse los dos en una habitación para poner en alquiler la tercera. Entonces, Fernando la ofreció por un grupo de WhatsApp llamado ‘músicos en Bogotá’. Fue cuando aparecieron Yoliana y Leonardo.

Según Leonardo, el cambio en la sala se debe a la mano de Yoliana, pero ella dice que ha organizado con la ayuda de Francisco, quien llegó un par de semanas atrás, de visita.

Francisco es un poco más bajo y más robusto que Fernando. Todos le dicen Frank, o Frankinético, como se hace llamar en sus redes sociales y en el canal de YouTube donde habla de series, fotografía y televisión. Aunque es colombo venezolano –por su mamá–, su acento y su conversación, su forma de referirse a “nosotros”, es de alguien que se siente venezolano. Es productor audiovisual. Vivía en Jamundí, pero, como a Fernando, tampoco le gusta el calor. En octubre se radicó en Bogotá. Aunque había ido de visita solo un par de semanas, se quedó. “Me obligaron a quedarme”, dice, en tono de chiste. Lleva un mes trabajando en el mismo call center donde trabaja Fernando. Ahora, además de pareja, son compañeros de trabajo. Frank no ha vuelto a Jamundí, pero espera que en los próximos días su mamá los visite y, de paso, le lleve la ropa que dejó allá.

***

Es sábado. Yoliana y Leonardo hablan en la sala, de música la mayoría del tiempo, o al menos del entorno musical en el que vivían en Caracas. Ya es de noche y hace frío, cuando Luis David y Luis Fernando llegan de trabajar. Casi de inmediato, se sientan y separan las monedas que les pagaron durante el día en TransMilenio. Las juntan en montones de a mil pesos, para después dividirlas entre los dos.

Desde allí salen todos los días Luis Fernando y Luis David y allí regresan. Desde hace unos meses están pensando en la posibilidad de probar suerte en otra ciudad, como Medellín, y cuando se ponen ambiciosos hablan de irse a estudiar a Europa, aunque saben que por ahora les es una posibilidad lejana. Mientras toman la decisión de moverse, TransMilenio sigue siendo su salón de ensayos y conciertos, su oportunidad.

Se unen a la conversación. Francisco participa cuando pasa hacia la cocina. “El Sistema es del Estado, pero el Gobierno se lo apropió”, dice. Habla con determinación. Insiste en que el problema de Venezuela es que el Gobierno se apropió del Estado. Se queda un momento en la sala y luego se devuelve a la habitación.

Todos hablan con una devoción casi religiosa de Abreu, de cómo convenció a Hugo Chávez, quien consideraba que la música académica era “de burgueses”, de apoyar al Sistema. La clave fue la música venezolana, explica Yoliana, aunque dice que no era la favorita de Abreu. Ella cuenta que el sueño de él, del maestro Abreu, era que en cada lugar del mundo hubiera, en algún momento, una orquesta venezolana tocando. “Casi lo logra”, dice.

Los violinistas, los flautistas, los trompetistas, los cuatristas, se han diseminado por todo el continente, con suertes tan distintas como sus historias. Son una paradoja: son embajadores del Sistema por fuera de sus fronteras debido a la crisis actual y ya no gracias al auge que tuvo en algún momento, no hace mucho tiempo. Abreu pregonó siempre que la misión del Sistema era ayudar a la formación humana de los jóvenes menos favorecidos del país. Su lema era “tocar y luchar”, y así están ahora: tocan cuando pueden y luchan para sobrevivir.

Casi es medianoche cuando se escucha que alguien gira una llave en la cerradura de la puerta del apartamento y la abre. Es Fernando, quien acaba de llegar del trabajo, con el carné de Teleperfomance todavía colgado al cuello. Los saluda a todos. Abraza a Francisco. Aunque sonríe y se lanza un par de bromas con sus compañeros de apartamento, se ve cansado. Él y su compañero se van a dormir, mientras en la sala retoman la conversación.

***

Termina octubre. Es domingo en la mañana cuando Fernando y Frank llegan al apartamento después de hacer mercado. Allí, Yoliana y Leo los esperan. Los Luises no están, salieron a trabajar. El plan para la tarde es hacer un picnic, cuentan, mientras juegan con Marry, un hámster escurridizo que corre por la sala, casi siempre por las esquinas, y que compró hace poco Yoliana porque quería una mascota. La sala está ahora más poblada: hay una mesa, un tapete, un atril de música abierto cerca de la ventana, un mueble sostenido sobre libros en el que una planta crece silenciosa y, aunque falta más de un mes, algunos adornos navideños que se adelantaron a la llegada de diciembre. Leo vuelve a asegurar que es la mano de Yoli y la de Frank la que hace que todo luzca más hogareño. Ninguno sabe bien qué será de sus vidas, y contemplan todas las posibilidades, pero ahora se tienen cerca, están juntos. Han establecido una familia.


JUAN DAVID LÓPEZ MORALES
Redactor ELTIEMPO.COM
Twitter: @LopezJuanda

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