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¿Se le podrá poner fin a la guerra eterna de Afganistán?
Afganistán

Soldados estadounidenses participan en un ejercicio con fuego real cerca de Kandahar, Afganistán.

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Scott Olson. Getty Images

¿Se le podrá poner fin a la guerra eterna de Afganistán?

Llevan 42 años en guerra y es la más larga en la que EE. UU. se haya visto involucrado.  

Llevan 42 años en guerra y es la más larga en la que EE. UU. se haya visto involucrado. Hay un acuerdo de retirada firmado, pero ni Biden ni la Otán confían en los talibanes.

Durante un discurso en el aniversario número 32 de la retirada de la Unión Soviética de Afganistán, el presidente del país, Ashraf Ghani, marcó una importante distinción: no fue la partida de las tropas soviéticas lo que causó la guerra civil que devastó Afganistán, sino la incapacidad para formular un plan viable para el futuro afgano. Ahora que Estados Unidos está considerando retirarse del país, debiera tener en cuenta esa lección.

Después de retirar sus tropas en 1989, la Unión Soviética siguió prestando apoyo financiero al régimen comunista-nacionalista comandado por el presidente Mohammad Najibulá, pero debido a la falta de legitimidad local el régimen de Najibulá colapsó rápidamente cuando Rusia retiró su apoyo financiero en 1992, lo que disparó la guerra civil. Más tarde, en 1996, los talibanes tomaron el control de Kabul y, en última instancia, del país.

Los talibanes se mantuvieron en el poder hasta 2001, cuando una invasión liderada por Estados Unidos –motivada por los ataques terroristas del 11 de septiembre– puso fin a su gobierno; pero en febrero del año pasado, el gobierno del por entonces presidente de EE. UU., Donald Trump, llegó a un acuerdo con los talibanes para poner fin a la guerra que llevaba casi 20 años: EE. UU. y sus aliados de la Otán se retirarían para el 1.º de mayo de 2021 si los talibanes cumplían ciertos compromisos; entre ellos, reducir la violencia y desvincularse de los grupos terroristas.

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Los talibanes debían, además, participar en negociaciones significativas con el Gobierno afgano, que no estaba involucrado en el acuerdo. Aparentemente, el gobierno de Trump esperaba que se materializara un acuerdo de paz intraafgano para la fecha de la retirada, poniendo fin a la lucha y minimizando el riesgo de que Afganistán se convirtiera en un puerto seguro para los terroristas.

Pero eso no ocurrió. Aunque las tropas estadounidenses se redujeron a aproximadamente 2.000 efectivos, los combates en Afganistán no disminuyeron. Por el contrario, un organismo de control estadounidense informó que los talibanes llevaron a cabo más ataques en el último trimestre de 2020 que durante el mismo período en 2019. Además, las últimas conversaciones intraafganas, que comenzaron en Doha en septiembre, prácticamente no lograron resultados.
En revisión

Aparentemente, el plan de los talibanes era continuar la lucha hasta que las tropas estadounidenses se retiraran, momento en que podrían lograr una victoria en la larga guerra. Ahora, sin embargo, enfrentan la posibilidad de que no se retiren en la fecha esperada: el gobierno del presidente Joe Biden anunció que está revisando el acuerdo para decidir si los talibanes están “honrando sus compromisos”.

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El gobierno de Biden debe decidir, además, qué hacer con sus aliados de la Otán, quienes mantienen una cantidad más sustancial de fuerzas en Afganistán que EE. UU., y –como lo indica la experiencia postsoviética– debe diseñar un plan para influir sobre la situación en el país y la región después de la retirada.

El desafío es formidable. Afganistán es uno de los países más pobres del mundo. Hoy día, el ingreso del Estado afgano está apenas por encima de un tercio de lo que EE. UU. destina solo a mantener sus diversas fuerzas de seguridad. Ni qué hablar de la asistencia estadounidense al sector civil (que, por cierto, representa menos de la mitad de las contribuciones europeas). De hecho, Afganistán depende de la asistencia externa para mantener su categoría de Estado desde que Rusia y el Reino Unido jugaron su ‘Gran Juego’ en el siglo XIX.

Actualmente parece que Estados Unidos se inclina a mantener algún tipo de presencia de seguridad, centrada en combatir a los terroristas de Al Qaeda y el Estado Islámico (Isis), después de la fecha tope de mayo. El ministro de Relaciones Exteriores alemán, Heiko Maas, ha propiciado este enfoque. Pero hay riesgos. Los talibanes podrían rechazar esta solución, lo que llevaría a una intensificación de la lucha y a nuevos ataques contra las fuerzas internacionales. Lo más probable es que Zalmay Khalilzad, el representante especial de Estados Unidos para la reconciliación en Afganistán, ya esté trabajando para evaluar ese riesgo.

La aceptación por los talibanes de una presencia de seguridad continua puede depender de los avances en las conversaciones intraafganas, aunque parece que nadie tiene una visión clara para lograr un acuerdo de poder compartido. La brecha entre la República Islámica actual y el Emirato Islámico que desean los talibanes es amplia, para reducirla será necesario recalibrar el proceso diplomático relacionado con Afganistán.

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A tal fin, las potencias regionales –entre ellas, Irán, Rusia y China– debieran participar en todas las conversaciones sobre el futuro del país y una o dos de ellas debieran tener un papel más activo para facilitar el diálogo político intraafgano. En este proceso, la gestión de la dinámica entre India y Pakistán, para quienes lo que ocurra en Afganistán tiene profundas implicaciones de seguridad nacional, indudablemente será el desafío clave. De hecho, en este momento Rusia es la que ha tomado la iniciativa al respecto.

La presión sobre Estados Unidos y otros países para poner fin a la ‘guerra eterna’ en Afganistán es comprensible, pero, como sabiamente previno Ghani, no es probable que la simple retirada de las fuerzas internacionales logre ese resultado. Para evitar una nueva espiral de violencia, primero debemos determinar qué ocurrirá después.

Un gran dilema para Biden

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se ve confrontado a “dilemas muy serios” en Afganistán, donde se acerca la fecha prevista para la retirada completa de sus tropas y los talibanes no parecen dispuestos a renunciar a la violencia, le comentó a la AFP un alto responsable del Departamento de Estado en Kabul, bajo condición de anonimato.

Según el funcionario, si Estados Unidos se retira y el “proceso de paz fracasa, será el regreso a la violencia generalizada”.

La nueva administración de Estados Unidos ordenó una revisión del acuerdo firmado con los talibanes en febrero de 2020 en Doha, que prevé la retirada total de las fuerzas estadounidenses de aquí al 1.º de mayo, a cambio de garantías en términos de seguridad por parte de los milicianos, y el compromiso de que se pondría en marcha un diálogo de paz con el Gobierno afgano.

Pero estas negociaciones de paz, iniciadas en septiembre en Doha, avanzan muy lento y en Afganistán no hay un día sin que estalle una bomba, se produzcan ataques contra las fuerzas gubernamentales o haya un intento de asesinato contra una persona destacada de la sociedad civil.

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“El nivel de violencia sigue siendo muy, muy elevado (...), lo que es desconcertante y muy decepcionante”, declaró este responsable. “Esto daña indudablemente el contexto para cualquier acuerdo con miras a solucionar el conflicto afgano”, añadió.

Los talibanes niegan cualquier responsabilidad en esta ola de violencia, pero para Washington, no hay dudas sobre su responsabilidad. “Desde nuestro punto de vista, los talibanes son responsables de la gran mayoría de los asesinatos selectivos”, dijo este responsable, que considera que han creado un “ecosistema de violencia”.

El nivel de violencia sigue siendo muy, muy elevado (...), lo que es desconcertante y muy decepcionante

“Claramente, su objetivo es desmoralizar a los ciudadanos (...), añadir dudas a la gente sobre su gobierno y agregar la idea de que una victoria (de los talibanes) es ineluctable”, prosiguió.

Tras la firma de este acuerdo, los talibanes dejaron de atacar a las fuerzas estadounidenses, que no han perdido ningún soldado desde hace un año. Pero si Washington decide mantener sus tropas después de mayo, seguramente volverán a ser blanco de ataques.

Conscientes de que esto podría pasar, los talibanes instaron recientemente a Estados Unidos a respetar el acuerdo de Doha. “Exhortamos a la parte estadounidense a comprometerse a implementar plenamente este acuerdo (…). Hay que poner fin a esta guerra, y aplicar el acuerdo de Doha es la mejor manera de lograrlo”, escribió el cofundador del grupo y negociador del acuerdo de Doha, mulá Abdul Ghani Baradar, en una carta abierta al público de Estados Unidos.

Pero ni Estados Unidos ni la Otán parecen confiar en los talibanes.

Una sociedad aterrorizada por un ‘plan pistola’ talibán

Aterrorizado por la ola de asesinatos de figuras de la sociedad civil afgana, Mohamed Yusuf Rashid había resuelto enviar a su familia a Turquía. Unos días después de haber tomado la decisión, lo mataron sin darle tiempo de hacerlo.

Este militante prodemocracia fue asesinado en diciembre en Kabul cuando iba a su oficina. Es uno de los cerca de 180 asesinatos selectivos cometidos desde septiembre, según responsables afganos, que responsabilizan a los talibanes.

“Primero le dispararon al corazón, y luego, para asegurarse de su muerte, le dispararon una y otra vez en la cabeza”, cuenta su hermano Abdul Baqi Rashid, en su casa en Kabul.

Los asesinatos de periodistas, personalidades políticas y religiosas, defensores de derechos humanos y jueces se multiplicaron recientemente en Afganistán, sembrando el terror en el país e incitando a miembros de la sociedad civil a ocultarse o exiliarse.

Estos crímenes parecen haber coincidido con la apertura en septiembre, en Doha, de negociaciones de paz entre los talibanes y el Gobierno afgano destinadas a poner fin a dos décadas de guerra.

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El analista político Davood Moradian ve en ellos una estrategia deliberada para expandir el caos y mostrar que el Gobierno es incapaz de proteger incluso a las personalidades más eminentes.

“Al debilitar al Estado afgano, el enemigo se acerca a su objetivo final, que es derribar el sistema constitucional vigente”, estima, anticipando que esta práctica se intensificará en los próximos meses.

Las mujeres, cuyos derechos fundamentales fueron pisoteados cuando los talibanes estuvieron en el poder en Kabul entre 1996 y 2001, no se han salvado de esta ofensiva.
Tras haberse enterado de que figuraba en una lista de personas a las que querían asesinar, la popular periodista Farahnaz Foroton eligió marcharse a Francia. “No tenía opción (...). Cada día vemos aumentar (el número de asesinatos)”, afirma.

Otra reportera, obligada a ocultarse, dijo sentir la presión de sus familiares y allegados desde el asesinato de Malalai Maiwand, una de los cinco periodistas ejecutados desde noviembre. “No he visto a mis hijos desde hace meses, y a raíz de estas amenazas y estos asesinatos, mi familia quiere que abandone”, explica.
Dos juezas, empleadas en la Corte Suprema, y dos doctoras también fueron asesinadas en las últimas semanas.

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Miembros de los servicios de inteligencia afganos ven en estas amenazas contra las mujeres una respuesta a las demandas formuladas en el marco del proceso de paz para que sus derechos sean más respetados. “Muchas mujeres militantes o que ejercen una actividad profesional comenzaron a recibir amenazas. Algunas incluso fueron asesinadas. Su voz es ahora acallada”, afirma uno de ellos.

Los talibanes niegan ser los responsables de estos asesinatos, algunos de los cuales fueron reivindicados por la organización Estado Islámico. Pero los servicios secretos afganos sospechan que la red Haqqani, un grupo sanguinario vinculado a los talibanes y que efectúa sus operaciones más complejas, está detrás de estos crímenes.

“Es la red Haqqani (que comete estos asesinatos) para los talibanes. Hay un acuerdo evidente entre todos ellos”, asegura un agente de inteligencia afgano.

Estos asesinatos requieren a veces meses de minuciosa preparación para tomar por sorpresa a las víctimas, y son cada vez más sofisticados. Por ejemplo, todos los movimientos de un piloto de la fuerza aérea afgana asesinado hace poco fueron “cartografiados” con la ayuda de un dron, explicó un responsable de seguridad extranjero.

El piloto buscaba una nueva casa y fue emboscado por los asesinos que se hicieron pasar por agentes inmobiliarios, según medios locales.

La desesperanza se instala entre los miembros de la sociedad civil. Shaharzad Akbar, la jefa de la comisión independiente de derechos humanos, explica que todas las semanas alguien que conoce abandona el país.

(*) Con Información de AFP.

CARL BILDT es ex primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores de Suecia. 
© PROJECT SYNDICATE - ESTOCOLMO

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