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Son altos, pero no, no juegan basquetbol

NYT: Dave Rasmussen, un especialista en informática jubilado, nada, anda en bicicleta y no juega basquetbol.

NYT: Dave Rasmussen, un especialista en informática jubilado, nada, anda en bicicleta y no juega basquetbol.

Foto:Sara Stathas para The New York Times

Durante marzo, la fiebre de basquetbol golpea a todo EE. UU., en especial, a las personas altas. 

SCOTT CACCIOLA - THE NEW YORK TIMES
Dave Rasmussen ha aprendido a lidiar con los inconvenientes que le lanza la vida.
Él puede decirle cuánto espacio —al centímetro— le ofrece un asiento en la fila de salida en diferentes aviones. Una vez, necesitó que un panel del techo de hielo seco fuera retirado para poder correr en una caminadora.
Y ahora Rasmussen, de 61 años, está listo para los extraños que le hacen la misma pregunta que ha respondido toda su vida: ¿Jugaste basquetbol?
Para personas excepcionalmente altas como Rasmussen, quien mide 2.18 metros, marzo puede ser la época más difícil del año para ser estadounidense. Cada marzo, los torneos nacionales de basquetbol universitario masculino y femenino dominan la escena. La competencia en los playoffs de la Asociación Nacional de Basquetbol (NBA) se está calentando. Y las personas altas en todas partes, incluyendo las que nunca han probado un tiro en suspensión, se ven envueltas en el momento sin deberla y temerla.
Rasmussen es un especialista en informática jubilado.
“Siempre me da pena ajena”, dijo Cole Aldrich, quien jugó ocho temporadas en la NBA antes de retirarse en el 2019. “Si eres alto, existe la creencia de que automáticamente deberías ser bueno para el basquetbol. Y si no es así, pues ¿qué te pasa?”.
Y cansa. Tiffany Tweed, de 37 años, una farmacéutica de 1.93 metros de estatura de Carolina del Norte, es interrogada a cada rato. Jugó basquetbol de joven, pero ahora le dice a la gente que era bailarina y hace un giro de puntillas para demostrarlo. (Nunca lo fue).
Algunas personas altas se refieren a otras personas altas como “altas”. Y las verdaderas altas tienden a desconfiar de las altas falsas —por ejemplo, las mujeres con tacones de aguja. Kimberly Schmal, una facturadora de servicios públicos que mide 1.83 metros, de Oak Harbor, Washington, siente la necesidad de investigar cada vez que ve a una alta.
“Así que vas y echas una mirada más de cerca: ¿lleva tacones? ¡No! ¡Simplemente es alta!”, dijo Schmal, de 38 años. “Y entablas una conversación”.
Nancy Kaplan, de 55 años, maestra de jardín de niños jubilada de Albany, Nueva York, recordó lo mucho que se divirtió como miembro del Tall Club de la ciudad de Nueva York en la década de 1990. (La organización paraguas, Tall Clubs International, tiene 38 capítulos en Estados Unidos y Canadá).
Nadie se quedaba mirando. Nadie señalaba con el dedo. Y nadie la atosigó con preguntas sobre medir 1.90 metros.
“Fue tan lindo entrar a un gran salón de baile y que todo mundo tuviera tu estatura”, dijo. “Hasta podía usar tacones. ¡Tacones!”.
Fuera de eso, Kaplan ha tenido problemas con su estatura “todos los días de mi vida”, dijo. De joven, fue objeto de burlas. El entrenador de basquetbol de su preparatoria la persiguió para que se uniera al equipo hasta que accedió, aunque fue un experimento de corta duración.
“Odio correr y odio sudar”, dijo.
Rasmussen recordó haber asistido a un mitin político en Milwaukee hace años. Posteriormente, fue abordado por agentes del Servicio Secreto que evaluaron su interés en realizar vigilancia. “Nunca le di seguimiento”, dijo.
Ya jubilado, Rasmussen se ha mantenido activo. Nada, anda en bicicleta y toca el violín y la viola en cuartetos y una orquesta. En los ensayos, se sienta en un taburete alto en la última fila, donde puede disfrutar de ser parte de algo más grande que él.
Por: SCOTT CACCIOLA
SCOTT CACCIOLA - THE NEW YORK TIMES
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