El serio problema del ‘ángel de la guarda’ de los talibanes

El serio problema del ‘ángel de la guarda’ de los talibanes

Pakistán debería ser severamente sancionado por ser un refugio para estas guerrillas de islamistas.

Pakistán

El poderoso ejército de Pakistán parece comprometido a proteger e, incluso, alimentar a los terroristas.

Foto:

Aamir Qureshi / AFP

Por: Brahma Chellaney - Project Syndicate
19 de enero 2019 , 09:12 p.m.

La reciente decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de congelar unos 2.000 millones de dólares en asistencia de seguridad a Pakistán como castigo por la negativa del país a acabar con los grupos terroristas que operan en Afganistán y luego se refugian en su suelo, es un paso en la dirección correcta. Pero se necesitan otros.

Durante mucho tiempo, Pakistán ha pretendido ser un aliado de Estados Unidos, mientras los grupos a los que apoya continúan matando soldados estadounidenses en el vecino Afganistán.

Y esta es una de las principales causas por las cuales Afganistán es hoy un estado fallido y Estados Unidos se encuentra sumido en la guerra más larga de su historia.

Más de tres lustros después de que EE. UU. invadió Afganistán, su capital, Kabul, sigue asediada, como lo demostró el reciente ataque terrorista al hotel Intercontinental de Kabul y el atentado suicida con explosivos en una ambulancia en pleno centro de la ciudad.

En los últimos meses, Estados Unidos lanzó una gran ofensiva aérea para tratar de detener el rápido avance de los talibanes. De hecho, Estados Unidos ha efectuado más ataques aéreos desde agosto que todos los realizados entre 2015 y 2016 juntos. Sin embargo, la situación de seguridad continúa deteriorándose.

Para que las cosas cambien, Pakistán tendría que desmantelar los santuarios transfronterizos utilizados por los talibanes y sus afiliados, la red Haqqani, así como sus operaciones de control y mando, las cuales se encuentran, claramente, en territorio paquistaní.

Como reconoció el comandante militar de EE. UU. en Afganistán, el general John Nicholson: “Es muy difícil tener éxito en el campo de batalla cuando el enemigo disfruta de apoyo externo y refugio”.

El problema es que el poderoso ejército de Pakistán, cuyos generales dictan los términos a un gobierno civil en gran parte impotente, parece comprometido a proteger e, incluso, alimentar a estos terroristas. Solo aquellos militantes que amenazan a Pakistán son blanco de la inteligencia paquistaní.

Pero, lejos de responsabilizar a los generales de Pakistán por la sangre estadounidense vertida en Afganistán, Washington les ha proporcionado una gran cantidad de fondos; tanto que Pakistán es uno de los principales receptores de ayuda de Estados Unidos.

Y eso ni siquiera cambió cuando EE. UU. encontró a Osama bin Laden –después de una búsqueda de diez años– encerrado en un complejo junto a la principal academia militar de Pakistán. Lo que ha permitido a los militares afianzar aún más su control sobre Pakistán, frustrando los esfuerzos nacionales para lograr una verdadera transición democrática.

Todo esto se contradice con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, que confirma que Estados Unidos “continúa enfrentando amenazas de terroristas transnacionales y militantes que operan desde Pakistán”. Esta conclusión hace eco de la advertencia de la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton en 2009, en el sentido de que Pakistán “plantea un mortal amenaza para la seguridad de nuestro país y del mundo”.

En este contexto, la sanción de Trump es una buena noticia. Pero no será suficiente para lograr un cambio significativo en Pakistán, que también incluye a China y Arabia Saudí entre sus benefactores.

Un paso adicional sería etiquetar a Pakistán como un Estado patrocinador del terrorismo y despojarlo de su estatus de aliado no Otán, lo que pondrá fin a su acceso preferencial a las armas y tecnologías estadounidenses. Y, además, imponer sanciones específicas, como la congelación de activos, a los militares que mantienen vínculos particularmente estrechos con los terroristas.

Por último, EE. UU. debe aprovechar su posición como el mayor mercado de exportación de Pakistán para apretar más a ese país.

Como reconoció el comandante militar de EE. UU. en Afganistán, el general John Nicholson: “Es muy difícil tener éxito en el campo de batalla cuando el enemigo disfruta de apoyo externo y refugio”

Sin duda, Pakistán podría responder a tales sanciones bloqueando el acceso terrestre de Estados Unidos a Afganistán, aumentando así el costo de reabastecimiento de las fuerzas estadounidenses hasta en un 50 por ciento. Pero, como Pakistán aprendió en 2011-2012, tal movimiento dañaría su propia economía. En particular, su industria de camiones, dominada por el ejército. A la vez que el costo adicional para Estados Unidos sería más bajo que los reembolsos militares de Washington a Islamabad en el último año, que cubrió, entre otras cosas, rutas de reabastecimiento y supuestas operaciones de contra el terrorismo.

Pakistán debe abandonar su doble juego de pretender ser un aliado de Estados Unidos mientras alberga a terroristas. Y eso debe pasar rápido, o un Pakistán cada vez más frágil bien podría pasar de ser un Estado patrocinador del terrorismo a uno patrocinado por terroristas.

BRAHMA CHELLANEY*
Project Syndicate
Nueva Delhi

* Brahma Chellaney es profesor de Estudios Estratégicos en el Centro para la Investigación de Políticas en Nueva Delhi.

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