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‘El camino con Irán es la diplomacia’
Acuerdo Nuclear Irán

En Viena están representados los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, junto con Alemania, Irán y la UE.

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EFE

‘El camino con Irán es la diplomacia’

Estados Unidos y Europa negocian para tratar de reconstruir el pacto nuclear con Irán.

Tras la salida de Trump, Estados Unidos y Europa tratan de reconstruir el pacto nuclear con Irán. Pero el reloj y otros factores juegan contra ellos. Análisis de una partida en la que se juega la compleja estabilidad de Oriente Próximo.

Cuando la política exterior de un país se deja arrastrar por corrientes emotivas y sucumbe a tentaciones efectistas, la diplomacia suele quedar relegada a un segundo plano. Ocurrió en EE. UU. tras los atentados del 11S y, más recientemente, durante el estridente mandato de Donald Trump.

El mejor ejemplo tal vez sea el acuerdo nuclear con Irán, que se gestó en 2015 tras años de arduas negociaciones, solo para que Trump lo desechase entre aspavientos como parte de su estrategia de “presión máxima” contra Teherán. Dicha estrategia, arrogante y miope, se ha saldado con un rotundo fracaso, que ahora debemos reconducir contra reloj en las conversaciones que se han puesto en marcha en Viena.

Hagamos un balance de los daños. El régimen iraní comenzó a vulnerar ciertas provisiones del acuerdo aproximadamente un año después de la retirada estadounidense. Desde entonces, Irán ha aumentado progresivamente sus niveles de enriquecimiento de uranio, ha multiplicado por 14 sus reservas de uranio enriquecido y ha puesto algunas cortapisas a las inspecciones internacionales.

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Según estimaba EE. UU. hace unas semanas, el tiempo que requeriría Irán para desarrollar una bomba nuclear –en caso de que decidiese hacerlo– había caído de más de un año a solo 3 o 4 meses. La “presión máxima” de Trump no solo ha incrementado los riesgos de proliferación nuclear, sino que ha sido incapaz de poner coto a las actividades militares de Irán en la región.

Israel y China

Las tensiones con EE. UU. se han intensificado notablemente en el golfo Pérsico y en Irak, a lo que se añaden las cada vez más frecuentes escaramuzas entre Irán e Israel. Otro motivo de inquietud para EE. UU. es que el régimen iraní ha tratado de mitigar su aislamiento internacional estrechando su relación con China. Teherán y Pekín acaban de rubricar un acuerdo bilateral de 25 años que incluye cuantiosas inversiones chinas, suministro barato de petróleo y gas iraní, y cooperación en materia de seguridad e inteligencia.

Como pretendía Trump, las sanciones estadounidenses han causado estragos en la economía iraní, que lleva 3 años a la deriva. En plena crisis del covid-19, Irán ha tenido, incluso, serias dificultades para importar vacunas y material sanitario. Pero los Guardias Revolucionarios –una rama del ejército iraní designada como organización terrorista por la administración Trump y a la que pertenecía el general Qasem Soleimani, asesinado el año pasado por EE. UU.– han aprovechado la quiebra de empresas privadas para afianzar su control sobre la economía.

Al dispararse la tasa de pobreza y extenderse el virus, los Guardias Revolucionarios han logrado asimismo cultivar su imagen como proveedores de servicios esenciales, lo cual ha erosionado aún más la maltrecha popularidad del gobierno relativamente moderado de Hasán Rohaní. Con las facciones radicales cada vez más envalentonadas y las elecciones presidenciales iraníes a la vuelta de la esquina (se celebrarán el 18 de junio), la ventana de oportunidad para los partidarios del acuerdo nuclear parece cerrarse rápidamente.

Tanto el gobierno de Rohaní –que está agotando su segundo y último mandato– como la nueva administración estadounidense son conscientes de ello, y existe voluntad de entendimiento. A este respecto, es un buen augurio que Joe Biden haya procedido sin mayor dilación a repudiar o recalibrar muchas de las políticas que heredó.

Con las facciones radicales cada vez más envalentonadas y las elecciones presidenciales
a la vuelta de la esquina (el 18 de junio), la ventana de oportunidad parece cerrarse rápidamente

El nuevo presidente ha atemperado las relaciones con Arabia Saudí, imponiendo sanciones a 76 individuos y a la unidad de élite del príncipe heredero Mohamed bin Salmán por el asesinato del periodista Jamal Khashoggi. Asimismo, Biden se ha desmarcado de la ofensiva saudí en Yemen y ha revertido la designación de los rebeldes hutíes como grupo terrorista, con el fin de facilitar la entrega de alimentos y otra ayuda esencial ante la peor crisis humanitaria que vive hoy el planeta. Por otro lado, cabe destacar también que EE. UU. ha restablecido la asistencia económica a los palestinos, que Trump suspendió prácticamente en su integridad.

A través de estas medidas, Biden está articulando una aproximación más sofisticada y matizada a la región, consistente en respaldar a sus aliados sin caer en ciegos seguidismos y lidiar con sus adversarios sin recurrir a estériles frentismos. Implementar este enfoque –que ha redundado en un cierto deshielo entre Arabia Saudí e Irán– precisará de una gran destreza.

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Sin embargo, no existe mejor punto de partida para abordar con éxito el más acuciante y delicado de los retos que se ciernen sobre Oriente Próximo, como es el de la proliferación nuclear. Estos días, el renovado engranaje diplomático de EE. UU. se enfrenta ya a una prueba del máximo calibre: las conversaciones de Viena orientadas a reflotar el acuerdo nuclear con Irán.

El reto de Viena

En Viena están representados los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, junto con Alemania, Irán y la Unión Europea. El proceso arrancó con buen pie, gracias en parte a la labor de los europeos como facilitadores de las negociaciones indirectas entre las delegaciones de EE. UU. e Irán.

Los principales escollos radican en la naturaleza de las sanciones que debería levantar EE. UU., así como en la secuenciación del retorno al marco del acuerdo. Ambas partes insisten en que sea la otra quien dé el primer paso.

Un obstáculo añadido ha sido el ataque contra Natanz –la mayor planta iraní de enriquecimiento de uranio– perpetrado durante las negociaciones y ampliamente atribuido a Israel. Como represalia, Teherán anunció que comenzaría a enriquecer uranio a un 60% de pureza, triplicando el 20% al que se ceñía hasta entonces (y que ya era muy superior al 3,7% permitido por el acuerdo). Irán se acerca cada vez más al 90% necesario para producir una bomba nuclear y, en paralelo, se estrecha el margen de maniobra de los negociadores en Viena.

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Sabotajes como el de Natanz, del que la administración Biden se apresuró a tomar distancia, en absoluto representan una alternativa aceptable y sostenible.
Conviene recordar dónde estábamos antes del acuerdo y reflexionar sobre dónde nos han llevado quienes se afanaron en demolerlo para construir castillos en el aire. La espiral de tensiones que venimos presenciando es profundamente imprudente, y salir de ella pasará necesariamente por encender las luces largas y hacer todo lo posible por encontrar espacios de entendimiento.(*) Javier solana es ex alto representante de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, exsecretario general de la Otán, exministro de Asuntos Exteriores de España.

La importancia de un acuerdo de dos fases

La campaña de “máxima presión” del expresidente estadounidense Donald Trump contra Irán claramente no logró mejorar la seguridad regional o global. Su sucesor, Joe Biden, no debe cometer el mismo error.

La pieza central de la política de Trump hacia Irán fue el retiro unilateral de Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto (Paic) de 2015 –ampliamente conocido como el acuerdo nuclear iraní– en 2018. Esta medida, promovida de manera directa y agresiva por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, permitió que Estados Unidos volviera a imponer sanciones severas a Irán.

En aquel momento, Irán cumplía plenamente con las condiciones del Paic, cosa que siguió haciendo durante un año completo después de que la decisión de Trump entrara en vigor, para darle a Europa la posibilidad de respetar su promesa de eludir las sanciones de Estados Unidos. Pero Europa no cumplió, de manera que Irán comenzó a romper las reglas.

Ahora, como observó recientemente un jefe adjunto saliente del Mossad, la situación es peor de lo que era cuando se firmó el Paic. El secretario de Estado de EE. UU., Antony Blinken, cree que Irán está solo a meses de poder producir suficiente material fisible para construir un arma nuclear.

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Sin embargo, lejos de aprender su lección, Israel –junto con Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos– quiere que Biden mantenga la política fallida de Trump. En enero, el jefe militar de Israel, el teniente general Aviv Kochavi, advirtió a la administración Biden en contra de volver a sumarse al Paic, aun si se endurecieran sus términos. También anunció que las fuerzas israelíes están redoblando los preparativos para una posible acción ofensiva contra Irán este año.

Los misiles son claves

De otro lado, para los vecinos de Irán, una relajación de las tensiones entre Estados Unidos e Irán que no tenga en cuenta el programa de misiles balísticos de la República Islámica y su apoyo a apoderados en todo Oriente Medio es un escenario aterrador. Paralelamente, años de sanciones devastadoras –junto con el asesinato por parte de Estados Unidos del general Qasem Soleimani, el comandante militar más poderoso de Irán, en enero de 2020, y las operaciones encubiertas de Israel dentro del país– han impulsado a los halcones de Irán, a quienes les fue muy bien en la elección parlamentaria del año pasado.

De hecho, días después del ataque a Soleimani, Irán lanzó misiles contra fuerzas estadounidenses en Irak, hiriendo a más de 100 soldados. Y ataques similares se lanzaron en marzo, luego de ataques estadounidenses a milicias respaldadas por Irán en la frontera entre Siria e Irak. Esto, junto con los ataques persistentes a Arabia Saudita por los rebeldes hutíes, apoyados por Irán en Yemen, sugiere que Irán no tiene ninguna intención de permitir que la confrontación por el Paic obstaculice sus juegos regionales de poder.

Para Irán es imperativo proteger la credibilidad de la República Islámica no solo entre sus ciudadanos, sino también entre los apoderados que canalizan su influencia en Irak, Líbano, Siria y Yemen. Es por esto que tantas voces poderosas en Irán se opondrán a regresar inclusive al acuerdo de 2015: las capacidades nucleares son la garantía del régimen. Estados Unidos no entabla guerras contra potencias nucleares.

Sin embargo, Irán no cerró la puerta al Paic. Por el contrario, recientemente señaló su voluntad de mantener durante tres meses, y liberar, las grabaciones de los equipos de monitoreo instalados en sitios nucleares por la Agencia Internacional de Energía Atómica si Estados Unidos revoca las sanciones dentro de ese plazo.

Para Irán es imperativo proteger la credibilidad de la República Islámica no solo entre sus ciudadanos, sino también entre los apoderados que canalizan su influencia en Irak, Líbano, Siria y Yemen

La administración Biden debería usar esta ventana de oportunidad para asegurar un acuerdo directo: Estados Unidos levanta las sanciones a cambio de que Irán cumpla con las restricciones del Paic a sus actividades nucleares. Esto impulsaría significativamente la postura moderada del presidente Hasán Rohaní frente a su contendiente de línea dura, Hossein Dehghan, en la elección presidencial de junio. Pero esto no bastaría para mitigar el riesgo de una conflagración a nivel regional. Para ello, Estados Unidos tendría que negociar un acuerdo de “dos fases” que se ocupe del programa de misiles balísticos de Irán y el respaldo de actores no estatales en todo Oriente Medio, además del Paic.

China, con sus gigantescas inversiones en Oriente Medio y su dependencia energética de esta región, podría ser un aliado útil en este esfuerzo. Y hay motivos para pensar que Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos –que, a pesar de sus grandes presupuestos militares, no pueden permitirse una guerra total con Irán– estarían dispuestos a alcanzar algún tipo de acuerdo regional negociado.
Nada de esto será fácil. Pero un acuerdo de dos fases es la mejor apuesta para Estados Unidos, la región y el mundo.

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(*) Sholomo Ben-Ami es exministro de Relaciones Exteriores de Israel y vicepresidente del Centro Internacional Toledo para la Paz.

REDACCIÓN DOMINGO

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