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Y el mundo sigue andando
Crisis, negocios cerrados

Son muchos los negocios que han cerrado en el mundo debido a las medidas tomadas por la pandemia.

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Getty Images

Y el mundo sigue andando

Las tensiones internacionales ensombrecen el panorama global. Colombia debe jugar bien sus cartas.

Cuando la semana pasada la Fuerza Aérea Colombiana informó respecto al sobrevuelo, por una ruta no autorizada, de un avión de bandera rusa que iba con destino a Nicaragua y pasó por el territorio continental, más de un observador frunció el ceño. A fin de cuentas, es la sexta vez en los últimos dos años que ocurre un incidente similar, algo que explica la nota de protesta suscrita por la Cancillería en Bogotá, con destino a su contraparte en Moscú.

Más allá de los pormenores del caso, lo sucedido confirma que por estas latitudes también se mueven las fichas del ajedrez de la geopolítica mundial. Basta con darles una mirada a los titulares de la prensa internacional para darse cuenta de que las actitudes de Vladimir Putin son motivo de inmensa inquietud a ambos lados del Atlántico.

América también juega

Sin ir muy lejos, la más reciente portada de la revista The Economist lo caracteriza como “una amenaza para sus vecinos y para su pueblo”. Tanto la represión política interna como el hecho de haber enviado a 100.000 soldados a la frontera con Ucrania son motivo de alarma, más allá de que el opositor Alexéi Navalni logró garantías que lo llevaron a terminar una prolongada huelga de hambre o de que las tropas empezaran a replegarse el jueves.

De ahí que el apoyo de Rusia al régimen de Nicolás Maduro no es algo que se deba tomar a la ligera. Mientras las diferencias entre Putin y Joe Biden vienen en aumento, es indudable que al primero le suena atractivo contar con otra cabeza de playa en el hemisferio americano, la cual puede convertirse en un factor mayúsculo de desestabilización regional.

Y a ese panorama hay que agregarle el elemento de China. Las cosas entre Estados Unidos y la nación más populosa del planeta tampoco van por buen camino, como lo demostró un encuentro reciente de funcionarios de alto nivel que concluyó con acusaciones y críticas de parte y parte.

Aparte de diferencias conocidas como el trato a los disidentes en Hong Kong o las demostraciones poco amistosas hacia Taiwán –que Pekín considera de su resorte interno–, las sanciones comerciales provenientes de la época de Donald Trump permanecen. Además, las crecientes inversiones chinas en América Latina son un irritante para el Tío Sam, que observa que los grandes proyectos de infraestructura –como el metro de Bogotá– están a cargo de empresas venidas del país comunista.

Mención especial merecen las vacunas contra el covid-19. Si bien la región contrató suministros de distintas fuentes, la verdad es que la mayor parte de las dosis aplicadas hasta ahora provienen de China (CanSino, Sinopharm, Sinovac) o de Rusia (Sputnik V). Así el descontento por la demora en las inoculaciones sea la norma en diferentes lugares, la situación sería mucho más grave de no haber contado con esas fuentes.

En contraste, Washington ha hecho muy poco. Resulta increíble, por ejemplo, que hay más de 30 millones de dosis del compuesto de AstraZeneca guardadas en territorio norteamericano, pendientes del permiso de uso que aún no dan las autoridades estadounidenses.

No obstante las solicitudes para que envíe parte de ese inventario a las naciones que ya le dieron luz verde a la vacuna, incluso en calidad de préstamo, la Casa Blanca habría dicho que no, con la única excepción de Canadá y México. Es posible que la política cambie en cuestión de semanas cuando el número de inmunizados supere los 200 millones, pero es indudable que en este caso la solidaridad brilla por su ausencia.

Un porvenir complejo

Estos elementos apuntan a un futuro enredado, en el cual estaría involucrado el destino de quienes habitan en los cinco continentes. Tras la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, la perspectiva de un mundo unipolar, vigente en ese entonces, quedó atrás. Ahora resulta evidente que la fragmentación es mayor y que el riesgo de más inestabilidad viene subiendo ante la ausencia de un liderazgo dominante.

Los más pesimistas hablan del eventual retorno de una nueva guerra fría entre Oriente y Occidente. Bajo dicho marco, habría un eje entre Moscú y Pekín que, junto con sus aliados, le haría contrapeso a Washington. La rivalidad, sin embargo, se vería menos en el terreno militar y más en el económico, comenzando por la supremacía tecnológica.

De tal manera, la lucha por quién provee los equipos para el desarrollo de la telefonía celular 5G sería apenas un abrebocas de lo que viene. También en la lista se encuentran las fábricas de baterías para los vehículos eléctricos o los insumos médicos, cuyas facilidades de producción se encuentran concentradas en el Asia, como lo desnudó la pandemia.

Tal aproximación probablemente es demasiado simple, pues ignora la aparición de otras fuerzas de carácter transversal o estructural. Aparte de algunas similitudes básicas con el panorama global de mediados del siglo pasado, existen factores diferenciadores que no se pueden ignorar.

El primero es el cambio demográfico, según el cual la población en los países más ricos –y en un buen número de economías emergentes– comenzará a reducirse, mientras el promedio de edad sigue al alza. La baja en los índices de natalidad, combinada con los avances de la medicina, se traducirá en menos gente y mayor longevidad, con excepción de África y partes de Asia.

Para evitar el impacto sobre las pensiones o el mercado laboral, países como Canadá tomaron la decisión de aceptar más personas venidas de afuera. La meta anunciada es admitir 1,2 millones de nuevos residentes hasta 2023, que equivalen al 3 por ciento de sus habitantes.

No obstante, esa política dista mucho de ser la norma general. Estados Unidos bajó su cuota de inmigrantes, mientras que en Europa aumenta el rechazo a los venidos de otras partes. Factores raciales, étnicos, culturales o religiosos explican la desconfianza, más allá de que sería lógico que llegue gente joven, cuyos aportes a la seguridad social sostendrían a un número de jubilados cada vez mayor.

Un segundo elemento para tener en cuenta es el cambio climático. Incluso si metas ambiciosas para contener el calentamiento global se consiguen, como las anunciadas en la cumbre citada por Biden esta semana que pasó, el aumento de las temperaturas promedio seguirá.

Ello implica el derretimiento progresivo de los casquetes polares, el aumento en el nivel de los mares, la pérdida de área de los glaciares o eventos como sequías, huracanes o periodos de lluvia, con intensidad nunca vista. La probabilidad de hambrunas y tragedias naturales es mayor, algo que puede conducir a enfrentamientos por el control del agua o a desplazamientos en masa.

Aun innovaciones positivas, como el remplazo gradual de los hidrocarburos por fuentes renovables, pueden significar el declive de aquellos países que se hicieron poderosos gracias al petróleo. Para citar un caso, la importancia geoestratégica del Medio Oriente sería menor si deja de ser clave para el suministro de energía al resto del mundo.

Tampoco se puede olvidar en la lista el cambio tecnológico, que indudablemente traerá bienestar al automatizar procesos o hacer más eficientes los procesos de producción, pero dejará cesantes a millones de personas cuyo trabajo será remplazado por las máquinas. Aunque habrá demanda para nuevas capacidades, el desafío es educar y reentrenar a personas de todas las edades, lo cual es mucho más fácil de decir que de hacer.

Viento en contra

Los fenómenos señalados ya estaban en las cuentas de los pensadores desde antes de la pandemia. No obstante, el porvenir se ve más complejo debido a que las inequidades han sido incrementadas por el coronavirus y son y serán más notorias de lo pronosticado.

En el interior de las sociedades es indiscutible que aquellos que lograron mantener su empleo y teletrabajar están mucho mejor que antes. Aparte de que pudieron recluirse en su casa y disminuir su riesgo de contagio, lograron ahorrar una porción importante de su ingreso.

En contraste, los que perdieron su puesto experimentaron un deterioro en calidad de vida que les tomará años recuperar. La desigualdad, entonces, será mayor a menos que se tomen correctivos, con lo cual las tensiones que se vieron en las demostraciones callejeras de 2019 alcanzarán un nuevo máximo.

Igualmente, el desempeño de los países será dispar. Los más ricos ya salieron o están cerca de dejar atrás la recesión, gracias a que se pudieron endeudar a un costo cercano a cero. No ocurre así con los demás cuyos programas de mitigación fueron de menor magnitud y están obligados a hacer aquello que se conoce como “consolidación fiscal”.

Unos y otros, en todo caso, enfrentarán retos que comprenden pagar los créditos contratados para atender la emergencia, asumir nuevas cargas y enfrentar el proteccionismo, en medio de un descontento notorio del público sobre la calidad de sus dirigentes. La polarización apunta a ser una característica de los nuevos tiempos, con el inconveniente de que construir consensos para arreglar problemas importantes se convierte en un imposible.

A la luz de los factores mencionados, parece fácil concluir que la humanidad se encamina a una especie de sin salida que la llevará a reeditar algunas de las épocas más oscuras de su historia. Algunos académicos advierten sobre la proliferación de armas nucleares o el peligro del crimen trasnacional, que se nutre de las alternativas que abre el ciberespacio.

No obstante, los más pesimistas tienden a olvidar el motivo por el cual el homo sapiens pudo llegar hasta aquí: su capacidad de adaptación. De tal manera, así como hay escenarios que rozan con lo apocalíptico, otros planteamientos hablan de una especie de renacimiento en el cual la capacidad de innovación logra superar los retos más difíciles y el mundo retoma la senda de disminución de la pobreza, que era la norma de las pasadas tres décadas hasta 2019.

Debido a ello, los gurúes prefieren hablar de escenarios. El Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos publicó en marzo un estudio sobre tendencias globales para 2040, el cual plantea cinco posibilidades que van desde un renacimiento democrático que impulsa el progreso hasta un planeta fragmentado, pasando por un periodo en el cual cada uno se defiende como puede.

Saber cuál de esas visiones será la que ocurra en la realidad es imposible. Pero en medio de la incertidumbre, vale la pena rescatar la esperanza de que vendrán años mejores. Y esa es una percepción con bases firmes. Aceptando que las vacunas se han demorado, es innegable que la ciencia logró sortear el acertijo del covid-19 con rapidez y que en un periodo no muy largo millones de personas lograrán la inmunidad que permitirá recuperar la normalidad perdida.

En lo que atañe a Colombia, entre sus muchos desafíos está dejar de confundir lo urgente con lo importante. Fuera de apagar los incendios del día a día, resulta fundamental identificar los retos de largo plazo, las áreas donde hay potencial y la necesidad de atacar desigualdad, marginalidad y violencia, con miras a construir una sociedad más justa.

Ello pasa por entender el papel que el país juega en el contexto regional o internacional. De vuelta al avión ruso, hay que actuar con cabeza fría sin caer en provocaciones, al mismo tiempo que se mira la foto grande de la geopolítica.
Y esta muestra que la turbulencia será la constante en el futuro cercano, tanto por factores internos como externos. Pero en el largo plazo todo dependerá de que tomemos buenas decisiones para movernos en un mundo que, a pesar de las dificultades, seguirá andando.

RICARDO ÁVILA PINTO
Especial para EL TIEMPO
Analista sénior
​En Twitter: @Ravilapinto

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