La tortura psicológica de los tripulantes de los cruceros

La tortura psicológica de los tripulantes de los cruceros

En torno a las aguas estadounidenses hay 104 cruceros con un total de 71.900 tripulantes a bordo.

Crucero

Cientos de empleados de barcos de turismo y de carga llevan varios meses recluidos a la fuerza en las naves en las que trabajan.

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EFE

Por: Redacción Domingo - Con Información de agencias
19 de julio 2020 , 12:35 a.m.

En tiempos no pandémicos, las empresas de turismo ofrecen todo tipo de viajes alucinantes para recorrer el Caribe o atravesar el mar Mediterráneo y disfrutar de las islas griegas, incluso hay viajes de lujo para llegar hasta la Antártida. Es decir, se vende como un sueño de vacaciones en familia. Sin embargo, en estos tiempos en los que la reclusión es la norma, la libertad de los cruceros también se ha visto truncada y han tenido que anclar en medio del mar en esta eterna espera de que llegue esa anhelada pospandemia.

Quienes han sufrido las consecuencias de esta calma en medio de la tormenta no son los turistas, porque ellos lograron escapar, sino los tripulantes que se han visto encerrados en estos barcos atormentados porque lo único que hay a la vista es la inmensidad del océano y en los casos más esperanzadores, un ‘tierra a la vista’ todos los días.

Son cientos de cruceros los que están detenidos en enjambres que parecen de bolsas plásticas flotando en el océano con miles de tripulantes atrapados dentro desde hace dos meses.

“Es el mismo día todos los días. Es difícil mantenerse mentalmente sano”, dice Ryan Driscoll, un estadounidense de 26 años que lleva 80 días sin tocar tierra. Driscoll es cantante del Seabourn Odyssey, un crucero de la corporación Carnival parado frente a la isla caribeña de Barbados. “Estamos anclados aquí y vemos tierra todos los días. Está a 200 metros, y no podemos bajarnos”, cuenta.

El 13 de marzo, todos los cruceros recibieron la orden de “no navegar”. Los que tenían pasajeros consiguieron desembarcarlos luego de complicadas negociaciones, pero los tripulantes que quedaron a bordo han estado desde entonces en un limbo.

Las líneas de cruceros han repatriado a miles de tripulantes en estos meses, pero el proceso es lento y caro porque los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades exigen que sean transportados en vuelos chárter, suponiendo que los países de destino reciban a sus nacionales. Solamente en aguas estadounidenses, aún quedan casi 60.000 tripulantes a bordo de 90 cruceros, según la Guardia Costera.
“A veces se siente como estar en prisión”, dice Driscoll.

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En las últimas semanas se ha conocido de tripulantes que han fallecido por motivos no vinculados al coronavirus en distintos cruceros: uno por “causas naturales” que no fueron divulgadas y tres, por aparentes suicidios. De ellos, dos se lanzaron por la borda.

“Es muy perturbador enterarse de eso”, dice Driscoll. “Pero no me sorprende. (...) Son tiempos difíciles para todos”.

Por ejemplo, Karika Neethling quería llegar a casa cuando la pandemia causada por el nuevo coronavirus convulsionó la industria de los cruceros. Su ansiedad se volvió más desesperada cuando supo que estaba embarazada. Sin embargo, durante casi tres meses la sudafricana, de 27 años, estuvo atrapada en una red de restricciones fronterizas y burocracia corporativa, transportada en barcos entre puertos en las Bahamas e Italia mientras su empleador, MSC Cruises S. A., trabajaba para llevar a sus tripulaciones a casa.

Más de 200.000 marinos más permanecen atrapados en barcos de todo el mundo, desde buques de carga y petroleros hasta cruceros de lujo

“No creo que hayamos sido nunca prioridades”, dice Neethling, quien trabajaba como empleada de la tienda a bordo del lujoso transatlántico MSC Preziosa. “Estaba deprimida y desesperada pensando que podría tener a este bebé en el barco”.

Ahogados en la soledad

Neethling no es la única. Si bien finalmente está en casa en Johannesburgo, más de 200.000 marinos más permanecen atrapados en barcos de todo el mundo, desde buques de carga y petroleros hasta cruceros de lujo. Las restricciones en los barcos que atracan para detener la propagación del covid-19, los cierres de fronteras y la falta de vuelos son las mayores barreras para aliviar a la tripulación exhausta. Pero las líneas navieras y las compañías de cruceros también están bajo una presión creciente para hacer más.

MSC dijo que ha estado trabajando con gobiernos y puertos para llevar a los trabajadores a casa lo más rápido posible, priorizando a las embarazadas. La compañía dijo en un comunicado que un “pequeño número” de miembros de la tripulación embarazadas en toda su flota “han tenido que permanecer a bordo en espera de la repatriación, no obstante nuestros mejores esfuerzos para asegurar un pasaje seguro a casa para ellas”.

La responsabilidad de las empresas por los trabajadores atrapados en el mar es un punto de discusión cada vez mayor. Eso deja a una de las poblaciones trabajadoras más vulnerables del mundo (algunas de las cuales han estado atrapadas a bordo durante más de un año) en mayor riesgo y podría tener un efecto indirecto en la industria del transporte marítimo y la economía global.

“La presión para cambiar de tripulación ha aumentado dramáticamente”, asegura Carl Schou, director ejecutivo de Wilhelmsen Ship Management, que supervisa a unos 5.000 marinos en embarcaciones y gestiona un grupo de trabajadores el doble de grande. “Si no sucede nada para sacar a la tripulación de los barcos, los envíos se detendrían”.

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Si bien las compañías de cruceros han podido llevar a la mayoría de sus tripulaciones a sus hogares agrupando a miles de trabajadores y alquilando vuelos, o en algunos casos llevándolos a sus hogares en cruceros de lujo sin pasajeros, la mayoría de las tripulaciones de los buques mercantes no han podido bajarse.

Los equipos varados están cada vez más desesperados. La Autoridad de la Industria Marítima de Filipinas recibió “informes alarmantes de marinos que se suicidaron a bordo de barcos debido a la soledad y la depresión, dijo el administrador Robert Empedrad en un discurso el mes pasado.

La tripulación india atrapada en el crucero de lujo de Global Cruise Lines Ltd. MV Astoria organizó una huelga de hambre en junio, exigiendo volver a casa.

Mientras que la Federación Internacional de Trabajadores del Transporte dice que las tripulaciones tienen derecho a detener el trabajo si sus contratos han expirado, a muchos marinos les preocupa que los empleadores puedan tomar represalias si denuncian o se niegan a seguir trabajando.

S. K. David, un ingeniero a bordo de un barco de contenedores que transporta carga entre Asia y América del Sur, dijo que extendió su contrato de seis meses porque sintió que de lo contrario, sus posibilidades de empleo hacia el futuro serían limitadas. Pidió que no se identificara a su empleador por temor a represalias.

“Es triste que seamos tratados de esta manera, no reconocidos, olvidados como ciudadanos de segunda clase”, dijo David, quien aún no conoce a su hijo nacido en febrero.

El capitán Nikolaos Steiakakis, quien desembarcó en Houston en junio después de pasar tres meses más de lo esperado en el mar y perderse el nacimiento de su hija, reconoce que algunos marinos temen rechazar una extensión de su contrato. “Sin embargo, ninguna compañía está obligando a nadie a permanecer a bordo si pueden hacer un cambio de tripulación”, dice.

Protestas en las naves

Según Jeremy Pettit, profesor de psicología de la Universidad del Sur de Florida (FIU), la ansiedad que produce estar atrapado lejos de la familia y los amigos, sumada a la soledad y el aburrimiento, “incrementa el riesgo de depresión y pensamientos y comportamientos suicidas”.

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El sentimiento de desesperanza es común en muchos tripulantes. “No sabemos qué pasará en el futuro. No nos dan respuestas. No hay luz al final del túnel”, dice Driscoll.
Hace unas semanas, decenas de tripulantes protestaron a bordo del Majesty of the Seas, que merodea por el Caribe, con carteles como ‘¿Duerme bien, señor Bay-ley?’, refiriéndose al presidente de Royal Caribbean, Michael Bayley, según el blog especializado Cruise Law News.

Tengo miedo, no quiero morir, pero según mi punto de vista es una cuestión de tiempo, voy a morir

De igual forma, un grupo de tripulantes del Navigator of the Seas, también de Royal Caribbean, inició una huelga de hambre que, según la empresa, ya se resolvió; y al menos dos peticiones en línea en Change.org que piden desembarcos suman firmas rápidamente.

“Tengo miedo, no quiero morir, pero según mi punto de vista es una cuestión de tiempo, voy a morir”, dice a la AFP un músico brasileño de 52 años que no quiere dar su nombre ni el del barco donde está, en el Pacífico oriental. “Nos han abandonado, nos han echado aquí a morir”.

Otro brasileño, Caio Saldanha, un DJ de 31 años que ha sido transferido a distintos barcos de Royal Caribbean, elevó una denuncia a la Oficina de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU por la “situación de encarcelamiento” que padece a manos de la empresa.

Tras 17 años como tripulante de cruceros, el filipino Jan Deleon, que cumple cuarentena en el puerto de Manila confinado en el mismo barco en el que iba a trabajar hasta agosto, se enfrenta a un aciago futuro laboral con la industria turística global paralizada indefinidamente por la pandemia de covid-19.

“Con mis ahorros estoy pensando montar una barbacoa en mi ciudad natal, en la región de Bicol, hasta que se reactiven los cruceros”, contó Deleon, de 40 años, a Efe por teléfono desde su camarote.

Deleon es uno de los casi 26.000 marineros filipinos a los que la pandemia sorprendió en alta mar y que han sido repatriados, por mar o aire, a medida que el mundo cerraba puertos y fronteras.

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Filipinas es el país del mundo con mayor fuerza laboral en los mares, con unos 385.000 navegantes –casi la cuarta parte del total de 1,6 millones de marinos–, y de ellos, alrededor de 120.000 trabajan en cruceros, un tercio de la tripulación mundial, según datos de la Unión de Marineros Filipinos.

Algunos se sienten bien

Pero algunos se sienten a gusto a bordo porque, según ellos, allí están a salvo de la pandemia que azota tierra firme. Por ejemplo, Gonul O., una tripulante turca de 39 años, dice que está “en el lugar más seguro de la Tierra”.

Trabaja en un crucero cuyo nombre no quiso revelar. Vende excursiones turísticas. Lleva 70 días en altamar y ahora navega el Atlántico rumbo a Europa.

Los primeros días fueron difíciles porque tenía este sentimiento como de estar dentro de una jaula, pero conseguí cambiar mi humor y trabajé en eso; comencé a hacer ejercicio, y eso me ha ayudado a curar mi alma y mi mente”, cuenta.

Incluso, dice, está escribiendo una novela sobre la experiencia.

Según Eugenio Rothe, profesor de psiquiatría de la FIU, muchos tripulantes viven esta experiencia como un confinamiento forzoso.

“Se puede sentir como una pérdida emocional de todo lo que es importante en la vida de la persona, de sus seres queridos, de su ambiente físico”, dice. Esto produce “sentimientos de abandono, pérdida y duelo”.

Pero otros, como Gonul O., la viven como un “confinamiento voluntario”. Para ellos, “el aislamiento puede ser fructífero en términos de reflexión y crecimiento emocional”.
Así se siente Joyce López, una colombiana de 32 años que trabaja en atención al cliente del Caribbean Princess, de Carnival, y que espera con paciencia ayudándose con la plegaria.

Puede ver desde su balcón otros cruceros formando un enjambre de naves varadas frente a Barbados, a la espera de noticias de repatriación.

“Dan ganas de irse nadando”, admite. “Pero me da tranquilidad, recuerdo los días en la playa, caminando en la arena”.​

REDACCIÓN DOMINGO*
* Con Información de AFP, Efe y Bloomberg

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