Hombre logró escapar de fosa común en la que mataron a su familia

Hombre logró escapar de fosa común en la que mataron a su familia

Su pueblo fue rodeado por las fuerzas de Saddam Hussein en 1988, miles de kurdos fueron asesinados.

BBC Mundo: Taimour Abdulla Ahmed

Teimour Abdullah Ahmed quedó traumatizado por la masacre de su familia.

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Taimour Abdulla Ahmed

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09 de septiembre 2019 , 06:38 p.m.
Advertencia: este artículo contiene imágenes extremadamente gráficas de fosas comunes.

"Me sentí horrible. Vi que mataban a mi madre delante de mis ojos. No tenía ningún poder. No podía protegerla. No podía defenderla. Después de eso, vi a dos de mis hermanas asesinadas. No fueron solo mi madre y mis hermanas, mataron a todos mis parientes".

Su crimen: ser kurdos en el Irak de Saddam Hussein, que gobernó el país entre 1979 y 2003.

Taimour Abdulla Ahmed recuerda casi todos los hechos del día de mayo de 1988 cuando, a los 12 años, fue llevado a una fosa común junto a su familia. Pero escapó de la muerte físicamente, aunque no emocionalmente.

"Estaba muerto. Mi corazón murió con mi madre y mis hermanas en ese cementerio", dijo a la BBC.

Le dispararon en el brazo y la espalda, pero logró salir de la fosa en la oscuridad y sobrevivió milagrosamente.

Ahmed tiene un recuerdo muy claro de la atrocidad, y no rehuye compartir los detalles más gráficos de ese día.

"Vi una bala alcanzar a mi madre en la cabeza y su bufanda se desprendió debido al impacto. Vi otra bala atravesar la mejilla de mi hermana y salir de su cabeza", cuenta.

"Mi otra hermana recibió un disparo en el brazo y la sangre fluía como el agua", dice.

El hombre tiene recuerdos recurrentes y cuando se duerme o ve a un bebé o una niña, piensa en lo que le sucedió a su familia.

"No puedo vivir como un humano normal", dice. "Muero cada vez que lo pienso".

Ahora con 43 años, le contó a la BBC sobre su notable historia de supervivencia y búsqueda de justicia.

Sin conciencia

En junio, las autoridades iraquíes comenzaron a desenterrar el sitio donde Ahmed cree que sus parientes están enterrados, pero no se lo notificaron. Planean volver a enterrar los cuerpos en la región kurda.

Esto lo enfurece: dice que no tiene sentido tomar los restos y reubicarlos de una manera tan secreta.

"Quiero que todo el mundo vea lo que le sucedió a nuestra gente. Quiero que las cámaras se acerquen a los cuerpos de niños inocentes aferrándose a su madre justo antes de que les disparen", dice.

Siente que hay muy poca conciencia sobre la brutalidad de la masacre y cree que la respuesta internacional ha sido tímida.

Ahmed ahora vive en Estados Unidos, pero regresó a Irak luego de que unos amigos lo alertaran de que las tumbas estaban a punto de ser exhumadas.

Ahora Ahmed está luchando para evitar la exhumación de la fosa común que cree que contiene los restos de su madre, hermanas y parientes cercanos.

Asesinato en masa

En la última década, se han descubierto muchas fosas comunes kurdas en Irak.

El gobierno iraquí dice que hay más de 70 de ellas, de los cuales 17 han sido abiertas.

Durante las etapas finales de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), Saddam Hussein desató una campaña militar asesina conocida como "al Anfal", contra los kurdos que vivían en el norte del país.

El objetivo era castigar a una facción que había estado colaborando con los iraníes y aplastar las ambiciones kurdas de autogobierno.

La organización Human Rights Watch dice que hasta 100.000 personas murieron en una limpieza étnica sistemática, que implicó el uso de armas químicas.

Fuentes kurdas elevan el número de muertos aún más, a 182.000.

Pueblo rodeado

Ahmed recuerda claramente cómo cambió el estado de ánimo en su familia y en su pueblo, Kulajo, al enterarse del inminente asalto de los hombres de Hussein en abril de 1988.

"Las aldeas en el norte de Irak fueron rodeadas una por una", señala.

Hasta donde él recuerda, su pueblo estaba completamente habitado por miembros de su familia extensa, en su mayoría agricultores.

Kulajo estaba escondido dentro de un área montañosa en una región escasamente poblada. "A menos que uno conociera bien el área, era difícil encontrar nuestro pueblo", sostiene Ahmed.

Pero no faltaron los kurdos que estaban dispuestos a trabajar con el régimen de Hussein.

"Fueron ellos quienes guiaron a las fuerzas iraquíes a nuestras aldeas", asegura.

En ese fatídico día de abril, se ordenó la salida de toda la aldea, compuesta por 110 personas.

"Dijeron: 'Hemos abierto un campamento para la gente y ustedes irán a vivir felices ahí. Tiene de todo, desde agua hasta electricidad'", cuenta.

Algunos fueron agrupados en vehículos militares. La familia de Ahmed decidió seguirlos en su propio tractor.

Segregación

Finalmente fueron llevados a una base militar en Topzawa, en el norte de Irak, donde los hombres fueron separados y vendados de los ojos. Esa fue la última vez que Ahmed vio a su padre, Abdulla Ahmed.

Él, junto con sus hermanas y otros jóvenes, fueron detenidos con su madre y sus tías durante aproximadamente un mes.

En un día caluroso de mayo, todas las mujeres y niños fueron puestos en tres camiones militares totalmente cubiertos y conducidos hacia el sur durante muchas horas, a un destino desconocido.

"Hacía mucho calor dentro del camión. Dos niñas murieron debido al calor y al agotamiento", dice Ahmed.

"Se detuvieron en medio de la nada y nos dieron un poco de agua", relata.

"El agua tenía algunas sustancias químicas que nos adormecían. Nos vendaron los ojos, nos ataron de brazos y nos empujaron de vuelta al camión", detalla.

Ahmed de alguna manera logró desatarse y quitarse la venda de los ojos.

Disparo

Cinco minutos después, los camiones llegaron a su destino final.

Cuando se abrieron las puertas, vio tres pozos, uno al lado del otro, cuidadosamente excavados.

"Vi a dos soldados iraquíes armados con rifles AK47 mirando hacia abajo en el pozo", cuenta.

Mujeres y bebés de apenas un mes de vida fueron descargados de los camiones y empujados a los pozos.

"De repente, los soldados comenzaron a dispararnos, le dispararon a una mujer embarazada que estaba a punto de dar a luz. Su vientre quedó destrozado", recuerda.

Ahmed recibió un disparo en el brazo izquierdo. Estaba confundido y no sabía qué hacer.

"Fingí estar muerto. Las balas pasaban junto a mi cabeza, hombros y piernas. Todo el suelo temblaba. Todo el lugar estaba lleno de sangre", cuenta.

Ahmed recibió dos disparos más en la espalda. Su cuerpo tiene las cicatrices hasta el día de hoy.

"Estaba esperando mi muerte", dice.

Escapar

Ahmed cree que su otra hermana fue ejecutada en la fosa adyacente.

"Tenía 12 años en ese entonces, mi hermana mayor tenía tal vez 10 años, los otros dos tal vez 8 y 6".

Estaba oscuro cuando cesaron los disparos. Después de que los soldados se fueron, Ahmed salió de la fosa.

Caminó, gateó y corrió por el desierto y se detuvo cerca de una tienda que pertenecía a una familia beduina iraquí.

"Dado que era peligroso llevarme al hospital, me llevaron a los médicos tradicionales del pueblo, cuyos fármacos curaron mis heridas de bala", dice.

La familia iraquí era plenamente consciente de las consecuencias mortales de albergar a un niño kurdo, pero arriesgaron sus vidas y lo cuidaron.

"Sabía que uno de mis parientes estaba sirviendo en el ejército iraquí. Me puse en contacto con él y me mudé a la región kurda después de tres años", señala.

Lucha

Poco después de llegar a las regiones kurdas en 1991, se corrió la voz sobre su supervivencia.

"Cuando salió la historia de mi supervivencia, los funcionarios iraquíes y los colaboradores kurdos comenzaron a buscarme", indica.

Ahmed, entonces de 15 años, tuvo que jugar a las escondidas con sus perseguidores. Periódicamente, tenía que abandonar la casa de su pariente y esconderse en las ruinas de pueblos quemados.

"Vivía solo en pueblos kurdos vacíos. No tenía comida. A veces tenía que comer hojas", dice.

Pero finalmente, su solicitud de asilo en EE.UU. fue aceptada.

"En 1996, fui a EE.UU. y establecí un negocio de repuestos de vehículos. Ahora sigo con el mismo negocio", dice.

Buscando la fosa

En 2009, regresó a Irak, decidido a encontrar el lugar de descanso de su madre y hermanas. Fue a la región de Samawah, a 280 kilómetros al sur de Bagdad, y encontró a la familia beduina que lo había refugiado.

"Les dije que me llevaran al lugar de la tienda donde los conocí por primera vez. Cuando me llevaron a ese lugar, utilicé mi intuición y pude encontrar mi camino a la tumba", dice.

Encontrar direcciones en un desierto sin características especiales no es una tarea fácil.

"Cuando vi la tumba estaba temblando. Estaba llorando", recuerda Ahmed.

"Siento que Dios quería que sobreviviera por una razón. Dios me dio una gran misión y la misión es hablar sobre esas personas inocentes que ya no pueden hablar", comenta.

Ahmed solicitó ayuda de políticos para recuperar los cuerpos de una manera cuidadosa y considerada.

"Me puse en contacto con el gobierno iraquí y les dije que necesitaba que me informaran sobre cualquier decisión sobre la tumba", indica.

"Ni siquiera tengo una foto de mi madre y mis hermanas. Quería estar en la tumba para averiguar cuáles son mi madre y mis hermanas, y tomar una foto con sus restos", señala.

Pero las autoridades iraquíes no esperaron. "Comenzaron a trabajar en el cementerio sin mi presencia", dice.

Tarea imposible

Más de 170 cuerpos han sido recuperados de la tumba donde Ahmed cree que sus familiares fueron asesinados.

Las autoridades iraquíes dicen que depende de la administración kurda contactar a los familiares.

"Es difícil para nosotros contactar a familiares de todas y cada una de las víctimas. Taimour [Ahmed] vive en EE. UU. Nos estamos centrando en las personas que viven aquí", dice Fawd Osman Taha, portavoz del gobierno regional del Kurdistán.

"Tenemos que examinar los cuerpos primero antes de informar a los familiares. Tratamos de encontrar alguna pista que ayude a la identificación, como ropa o carnés de identidad que indiquen de dónde son", explica.

Osman Taha dice que se tomarán muestras de ADN de los restos para otras pruebas y se le dará un código separado a cada cuerpo.

"Después de localizar a las familias, les ayudaremos a llevar los cuerpos a sus pueblos o aldeas nativas y a enterrarlos con una ceremonia especial", asegura.

"Queremos justicia para las víctimas. Pero el trabajo de mi ministerio no es perseguir al criminal de guerra. Recopilamos pruebas y las enviamos al tribunal especial responsable de condenar a los culpables", dice Taha.

Justicia

Después de llegar de EE. UU., Ahmed está acampando en medio del desierto tratando de evitar que los funcionarios desentierren la fosa que, según él, contiene el cuerpo de su madre y sus dos hermanas.

"Me voy a quedar aquí. Voy a proteger la tumba", afirma.

Ahmed dice que está harto de la actitud de los políticos locales que desean tomar el crédito por encontrar una fosa común más.

"El genocidio kurdo debe ser reconocido. Necesitamos llevar a los responsables ante la justicia", dice.

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Créditos: BBC Mundo

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