La situación de los migrantes: el rostro trágico del siglo XXI

La situación de los migrantes: el rostro trágico del siglo XXI

Son numerosas las situaciones críticas detrás de la migración. La xenofobia es un factor para ello.

Migrantes venezolanos

El actual éxodo venezolano es uno de los movimientos de población más grandes en la historia en América Latina. Esta foto fue tomada en la frontera de Ecuador con Colombia

Foto:

Luis Robayo / AFP

22 de septiembre 2018 , 09:14 p.m.

No importan los muros, el desamparo, la vida clandestina o en campos de refugiados, el rechazo, los insultos, los ataques de los xenófobos en Alemania contra campamentos turcos o en Pacaraima, en el norte de Brasil, contra inmigrantes venezolanos. No importa siquiera el riesgo cierto de morir en caravanas que desafían montañas y desiertos, en las aguas del Mediterráneo o colgados de La Bestia, el mítico tren que recorre México de sur a norte y todos los días deja a cientos de pobres diablos a las puertas del sueño americano o del infierno. 

Aquí o allá. Muros, guardias, fronteras y leyes de mano dura muestran a la vez su eficacia y sus límites: disminuye el ingreso de inmigrantes irregulares en EE. UU. y Europa –las endurecidas democracias del mundo desarrollado–, pero cada vez hay más desplazados en el mundo, amontonados en campamentos fronterizos de países vecinos que son verdaderas bombas de tiempo para los equilibrios regionales e internacionales.

Según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), el desplazamiento poblacional forzado alcanzó un nuevo máximo histórico en 2017: 68,5 millones de personas. Es el quinto año consecutivo en que se alcanza un máximo histórico. Son millones y millones de personas obligadas a dejar atrás casas, pueblos, tías y abuelos, idioma y raíces, hermanos y escuelas (el 53 % de los desplazados del mundo son niños). Huyen de la guerra, de economías devastadas, de desastres naturales, de la violencia tribal o de las garras del narcotráfico. Caminan con la determinación de quienes no tienen mucho más que perder.

¿Por qué se lanzan sin papeles? ¿Por qué no se quedan en sus países?, se escucha y se lee. “Tienes que entender, nadie pone a su hijo en una balsa a menos que el agua sea más segura que la tierra”, dice uno de los versos de la poeta somalí Warsan Shire, refugiada en el Reino Unido desde su infancia.

Es verdad que nunca en la historia hubo tantos migrantes en situación irregular (solo en Estados Unidos hay 11 millones; en Europa, 6 y en Rusia, otros 6 millones) y que esa clandestinidad fomenta la entrada en un mundo clandestino, que favorece delitos. Sin embargo, las estadísticas no muestran un aumento de inmigrantes irregulares fronteras adentro del mundo desarrollado. En rigor, ese número –políticas de tolerancia cero mediante– viene bajando. El colapso está en la periferia pobre: el 85 % de los refugiados está en los países en desarrollo.

¿Por qué se llegó a esto? Como parte de una intelectualidad cercana a la izquierda, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman asociaba el fenómeno de las migraciones con ciertos rasgos del capitalismo financiero. En ‘Extraños llamando a la puerta’, describe una dinámica económica global que supone la “producción de ‘personas superfluas’ (excedentes e inempleables)”. Mientras en el extremo desarrollado del planeta vastos sectores de la población temen perder su trabajo, en el otro extremo quienes ya lo perdieron todo no dudan en desplazarse en busca de horizontes más promisorios. Así, los migrantes serán una codiciada mano de obra barata, pero también temidos competidores en el mercado de trabajo. E incómodos mensajeros de una era marcada por la incertidumbre.

'Tienes que entender, nadie pone a su hijo en una balsa a menos que el agua sea más segura que la tierra', dice uno de los versos de la poeta somalí Warsan Shire, refugiada en el Reino Unido

Paradojas en tránsito

En sintonía con esa perspectiva, Lelio Mármora, director del Instituto de Políticas de Migraciones y Asilo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero de Buenos Aires, apunta al creciente grado de desigualdad que trajo la globalización: países cada vez más ricos y otros en la pobreza absoluta. Pero señala otro factor gravitante, la comunicación global: “Los que están hoy en los países pobres saben que hay lugares con más oportunidades y que la diferencia es sideral. El poder de paridad de compra, que mide cuánto puede adquirir una persona según las horas que necesita trabajar para comprarlo, lo pone blanco sobre negro: entre España y Mauritania, esa diferencia es de 1 a 40. Los mauritanos trabajan 40 veces más que los españoles para tener el mismo consumo. Y en México, 5 veces más que en Estados Unidos. Esto ahora se ve, la gente lo sabe, y por eso los que migran no son de por sí los más pobres de los pobres, sino los que saben a qué pueden llegar, tienen aspiraciones de progreso”.

América Latina es hoy la tercera región con más desplazados del planeta, después de Medio Oriente y África. A este panorama se sumó en los últimos años el éxodo venezolano, uno de los movimientos masivos de población más grandes en la historia de la región, según Acnur. Colombia, México, Guatemala, El Salvador y Honduras son los países más asediados por un entramado letal de economías precarias, instituciones débiles, guerras de carteles narcos, que hicieron que el desplazamiento fuera el último recurso para salvar la vida en comunidades enteras victimizadas y atemorizadas.

A su vez, las condiciones del éxodo son tan extremas que los organismos de derechos humanos hablan de más de 70 mil centroamericanos desaparecidos en el intento de atravesar México para llegar a Estados Unidos. Desde hace más de una década, la Caravana de Madres Migrantes Centroamericanas recorre pueblos, cárceles, hospitales, en busca de esos hijos de los que no han tenido noticias. Apenas han logrado reubicar a unos 280. Como si se los hubiera tragado la tierra, o las pandillas o los carteles de la droga o las mafias de trata de personas.

La tapa de la revista ‘Time’ de julio cifró en una imagen la cacería indiscriminada a la que había dado comienzo la nueva política de tolerancia cero en Estados Unidos. ‘Bienvenida a América’ fue el título de esa edición que tuvo repercusión mundial: fondo rojo alarmante para la imagen recortada de una niña hondureña que llora ante un enorme e impiadoso Donald Trump. Junio había sido el mes en que la política de mano dura había estallado en escándalo cuando la decisión de deportar automáticamente a los sin papeles se multiplicó con escenas de niños arrancados de los brazos de sus padres para ser llevados a instituciones estatales. Desde mayo, el gobierno estadounidense separó a 2.300 hijos de 2.200 padres, y, aunque la lluvia de críticas obligó a dejar atrás esa medida, todavía no se sabe dónde están los niños ni cómo se reunirán con sus familias.

La política, acorralada

“¿Por qué los padres migrantes ponen a sus hijos en peligro? En parte, porque el crimen organizado y la violencia de las pandillas, fomentada significativamente por la demanda norteamericana de drogas ilegales, ha diezmado la economía y las instituciones de esos países. Resolvamos el problema”. El tuit de un influyente republicano como Roger Noriega, exsecretario de Estado de George Bush, lo dice claramente: Si EE. UU. no quiere más inmigrantes, tendrá que ser parte de la solución y dar ayuda, en lugar de recortar los fondos para la asistencia humanitaria en esos países, como viene haciendo.

Los mil rostros de la crisis migratoria conmueven a la opinión pública global y acorralan a la política. Despiertan oleadas de compasión que obligan a los gobiernos a suavizar cada tanto su trato hacia los migrantes, pero también olas de temor que le dan triunfos electorales a la retórica de la xenofobia. “Para una Europa que se planta como potencia normativa en derechos humanos a nivel internacional, la crisis migratoria es un dilema ético, dice Elsa Llenderrozas, directora de la carrera de Ciencia Política de la U. de Buenos Aires.

El negocio de la xenofobia es también electoral, como lo confirman el triunfo de Trump, el ascenso de Le Pen en Francia, y presidentes y primeros ministros en Italia, Hungría y Austria

Existe además un factor que la especialista Claire Rodier llamó, en el libro homónimo, “el negocio de la xenofobia”. Un entramado de intereses bélicos, disputas por recursos naturales, industria armamentista y las ganancias que, para el sector de la construcción, derivan de la creación de centros de detención y vallas fronterizas: se calcula que hoy hay 18 mil kilómetros de muro en distintas partes del mundo.

El negocio de la xenofobia es también electoral, como lo confirman el triunfo de Trump, el ascenso de Le Pen en Francia, y presidentes y primeros ministros en Italia, Hungría y Austria.

En un planeta donde la interdependencia es absoluta pero donde la noción de derechos en lugar de globalizarse ha disminuido o desaparecido para una enorme cantidad de personas, ¿cómo afrontar la crisis migratoria? Son numerosas las voces que reclaman una postura similar a la que exige la crisis ambiental: a problemáticas globales, compromisos globales.

En esta línea se inscribe el ‘Manifiesto de Saint Malo’, que en mayo difundieron los escritores Michel Le Bris y Patrick Chamoiseau, y la jurista Mireille Delmas-Marty. Allí se reclama que se instaure un “principio de hospitalidad” exigible a todos los Estados. Así también se pronunciaron los 30 escritores e intelectuales reunidos en torno a la publicación ‘Osons la fraternité’ (‘Atrevámonos a la fraternidad’). Entre ellos están el escritor Jean-Marie Le Clézio, el historiador Pascal Blanchard y el escritor Claudio Magris, quien aseguró: “El mundo está perdiendo la cuarta guerra mundial contra sí mismo”.

No solo solidaridad; también se está hablando de codesarrollo: en esta línea, Pedro Sánchez, el presidente español, planteó la necesidad de un nuevo Plan Marshall para África. Mientras tanto, los discursos del odio y la prédica racista –basta ver el activismo nazi en Alemania o las marchas por la supremacía blanca en Estados Unidos– crecen. Habrá que apurarse en encontrar una salida. Y anotar lo que recuerda Lelio Mármora: “Todos venimos de África. Nos fuimos destiñendo, pero todos venimos del mismo lugar”.

CAROLINA ARENES Y DIANA FERNÁNDEZ IRUSTA
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @LANACION

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