Hacia un nuevo paradigma internacional

Hacia un nuevo paradigma internacional

Líderes políticos han etiquetado irresponsablemente la globalización como origen de todos los males.

Nuevo referendo sobre el 'brexit'

Sucesos como el 'brexit' y la llegada de Trump al poder obstaculizan más la cooperación entre países.

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Andy Rain / EFE

Por: Javier Solana - Project Syndicate
01 de septiembre 2018 , 10:42 p.m.

En los últimos tiempos se está demostrando que la globalización dista mucho de ser un proceso constante y sin altibajos. Ciertos líderes políticos la han etiquetado irresponsablemente como el origen de todos los males, lastrando con ello el desarrollo de instrumentos de gobernanza multinivel. Mientras tanto, crecen las voces que defienden la necesidad de reforzar los muros y rescatar los vínculos a partir de los conceptos de ‘Estado’, ‘soberanía’ y ‘seguridad’.

Siempre fue ingenuo suponer que las organizaciones internacionales, los actores transnacionales, las regiones o las ciudades desposeerían fácilmente al Estado de su papel central en las relaciones humanas. Sin embargo, sería igualmente ingenuo concluir que fenómenos como el ‘brexit’ y la elección de Donald Trump nos han devuelto a un mundo westfaliano, en el que la primacía del Estado era incontestable. La globalización está tan avanzada y las interconexiones son tan profundas que desandar lo andado es una quimera.

Ahora bien, en materia de seguridad internacional, los mecanismos legales e institucionales existentes a escala global siguen sin ser los adecuados para hacer frente a las actuales amenazas. Esto ya era así antes de que el ‘brexit’ y la llegada de Trump empeoraran las cosas, obstaculizando más la cooperación entre países.

Como argumentan Chinkin y Kaldor en su imprescindible libro ‘International law and new wars’ (‘Derecho internacional y nuevas guerras’), la clásica distinción entre conflictos armados internacionales y no internacionales ha perdido vigencia, y lo mismo puede decirse de la dicotomía entre seguridad interna y externa.

Un prototipo de las llamadas ‘nuevas guerras’ es el conflicto sirio, que implica a un enorme abanico de actores (públicos y privados, locales e internacionales) y trasciende las fronteras estatales (ejemplo de esto era la presencia del Estado Islámico también en Irak y sus atentados en múltiples países). Y el repunte de conflictos con un componente intraestatal implica que el modelo westfaliano de soberanía, según el cual los Estados monopolizaban el uso legítimo de la fuerza dentro de sus fronteras, ha quedado totalmente obsoleto.

Si pretendemos seguir construyendo una sociedad que merezca el apelativo de ‘internacional’, no podemos entender la soberanía únicamente en términos de autoridad, sino también de responsabilidad, y estar abiertos a intervenir en un país cuando su Gobierno esté comprometiendo la seguridad de su propia población. Este razonamiento constituye el núcleo de la ‘responsabilidad de proteger’ (R2P), una doctrina adoptada por la Asamblea General de la ONU en 2005.

No obstante, cuando el uso de la fuerza se ha justificado por motivos humanitarios se ha optado por un enfoque estrecho en el que han primado las tácticas militares. La R2P engloba la responsabilidad de prevenir y la responsabilidad de reconstruir, aspectos que en la práctica han sido relegados a un segundo plano. Además, las dos apelaciones que ha hecho el Consejo de Seguridad a la R2P para autorizar intervenciones humanitarias “con todos los medios necesarios” (en Libia y Costa de Marfil) han sido acusadas de servir de subterfugio para inducir cambios de régimen.

Desde entonces, la R2P –que se ha plasmado más bien como un derecho a intervenir– ha quedado estigmatizada y, por consiguiente, aparcada.

El bloqueo en que ha caído el Consejo de Seguridad con respecto a Siria es fruto en parte de estos descalabros, y deja patente que el humanitarismo se encuentra todavía muy supeditado a criterios geopolíticos. ¿Estamos condenados, por tanto, a elegir entre los excesos intervencionistas de Irak o Libia y la impotencia de Ruanda o Srebrenica, donde los contingentes desplegados por la ONU no estaban autorizados a interponerse entre los genocidas y sus víctimas?

Las convicciones dominantes en el seno de la administración Trump pueden reforzar la percepción de que esas son las únicas opciones. Pero no podemos resignarnos a perpetuar el actual marco, ni debemos infravalorar la capacidad del derecho internacional de transformarse y de transformar. Chinkin y Kaldor defienden que un modelo alternativo de seguridad está a nuestro alcance; un modelo centrado en la protección del individuo, más que de los Estados.

Para garantizar su eficacia, este paradigma habrá de interiorizar las reivindicaciones de las poblaciones afectadas, interpretar las amenazas a la seguridad de forma holística y no episódica, dar preferencia a los medios civiles sobre los militares y anclarse firmemente en los derechos humanos y en un marco normativo adaptado a las denominadas ‘nuevas guerras’.

La noción de ‘seguridad humana’ debe servirnos de revulsivo: la responsabilidad de proteger y el derecho a ser protegido. Los mimbres ya existen. De hecho, la R2P y el paradigma de seguridad humana se desarrollaron en paralelo, con el destacado apoyo de un gran referente ético a nivel mundial, como fue Kofi Annan. Y cabe recordar que las grandes reconfiguraciones del derecho internacional se han producido justo después de momentos críticos.

En esta era de marcada vulnerabilidad de la población civil, y amenazas nuevas como los ciberataques, reinventar el concepto de seguridad humana no es una cuestión de idealismo, sino de imperiosa necesidad. Al fin y al cabo, solamente hay una manera de contrarrestar los efectos negativos de la globalización: reforzar los positivos.

JAVIER SOLANA
Exsecretario general de la Otán y ex alto representante de la Unión Europea para la Política Exterior.
© Project Syndicate, Madrid.

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