Armenios versus azerbaiyanos: un conflicto con pasado

Armenios versus azerbaiyanos: un conflicto con pasado

La guerra del Alto Karabaj de 2020 dejó algunas dudas sobre por la vigencia de esta rencilla.

Militares de Azerbaiyán se toman Lachín cerca a Nagorno karabaj

Un convoy militar coloca la bandera de Azerbaiyán en el centro desierto de la ciudad de Lachín.

Foto:

Karen Minasyan /AFP

Por: Fabio Espitia *
08 de enero 2021 , 09:22 p. m.

La muerte de Alejandro Magno (312 a. C.) y la posterior fragmentación de los territorios que conquistó llevaron a los seléucidas a tener un gran imperio, que abarcó desde la frontera de la India hasta Asia Menor.

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No obstante, este pronto fue erosionándose: a comienzos del siglo II, Armenia tuvo la fortaleza suficiente para construir un reino autónomo, que a fines de la misma centuria no solo incluía los territorios del hoy en conflicto Alto Karabaj, sino que tenía bajo su control la llamada Albania Caucásica, correspondiente en gran parte con el moderno Azerbaiyán.

Un poco más adelante, en el siglo I antes del periodo cristiano, Tigranes el Grande, entonces rey de Armenia, y Mitrídates, rey del Ponto, acordaron repartirse una amplia región de Europa y el Cercano Oriente. El primero regiría un gran triángulo cuyos vértices eran la margen suroriental del mar Negro, la suroccidental del Caspio y las costas sirias en el Mediterráneo. Mitrídates, en cambio, tendría para sí la península de Anatolia, Grecia y los Balcanes.

Semejante convenio no contaba con los romanos, que ya tenían dominio efectivo sobre estas últimas regiones.

Cuando Mitrídates patrocinó en Asia Menor las llamadas ‘vísperas asiáticas’, en las que masacró no menos de ochenta mil romanos, Roma lo enfrentó.

Pero el rey no fue un enemigo fácil: Sila lo venció, aunque presuroso como estaba de volver a la capital, concluyó un tratado que le impuso retirarse de Grecia y las partes invadidas de Anatolia, pero dejó intacto su reino (85 a. C.); solo unos años después, cuando Pompeyo le propinó la derrota definitiva, buscó refugio donde Tigranes, su viejo aliado, que lo acogió.

Craso error del armenio, pues la negativa a entregarlo lo llevó a una guerra contra los romanos (69 a. C.), como consecuencia de la cual no solo su reino quedó sometido a Roma (66 a. C.), sino que perdió el control que por décadas había tenido sobre la Albania Caucásica.

Esta situación se prolongó por siglos, pues a pesar de las persistentes tentativas de injerencia de los persas partos, el protectorado romano continuó, basta recordar que ya avanzada la era cristiana, Tirídates, entonces rey de Armenia, proclamó al emperador Nerón como “su dios” y prometió adorarlo, “como hago con Mitra” (66 a. C.).

Trajano incorporó Armenia como provincia (116 d. C.), mientras que Albania seguía siendo fiel aliada; aunque Adriano, el siguiente emperador, decidió retirarse de los territorios conquistados por su predecesor, Armenia y Albania siguieron siendo en la práctica estados vasallos; y si bien Armenia fue tomada temporalmente por los insistentes persas, Marco Aurelio retomó el control (166 d. C.).

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Un corto periodo de paz fue interrumpido cuando los persas, ahora sasánidas, invadieron el Cáucaso en la mitad del siglo III, pero fueron vencidos por el emperador Diocleciano, que les impuso la ‘paz de Nísibis’ (299 d. C.), como consecuencia de la cual tanto Armenia como Albania volvieron a la órbita romana. No conformes con el tratado, nuevamente los sasánidas se inmiscuyeron con armenios y albaneses, por lo que el emperador Constantino, con miras en particular a proteger el naciente credo cristiano, invadió Armenia e impuso un rey.

El asunto no paró, el emperador Joviano debió negociar una paz oprobiosa que le impuso no interferir en Armenia (363 d. C.), lo que le permitió al monarca persa devastarla. No sin fatiga, Valente, su sucesor, debió intervenir para imponer nuevos reyes, hasta que se produjo un acuerdo (387 d. C.) por el cual los romanos se quedaron con una pequeña parte del occidente armenio, mientras que el este, incluido el Alto Karabaj, fue tomado por los persas, donde a pesar de los intentos para que se adoptara el zoroastrismo, se mantuvo férreo el floreciente cristianismo.

Como quien conoce de historia
puede entender el hoy, cabe preguntarse ¿no habría sido mejor que la situación territorial se mantuviese a la manera de la Roma pagana?

El tema volvió a interesar cuando aprovechando el empeño por reconquistar Occidente, los persas rompieron la llamada ‘paz perpetua’ acordada con Justiniano (532 d. C.), saquearon Antioquía (540 d. C.) y ocuparon el Cáucaso.

Heraclio, que llegó al trono constantinopolitano luego de una revuelta incitada desde Cartago (610 d. C.), fue sin duda el gran vencedor de los sasánidas, si se tiene en cuenta que después de haber sufrido derrotas en Damasco y Jerusalén, así como el asedio de la capital, encabezó una reacción que llevó a derrotarlos (627 d. C.) y recuperar los territorios armenios. No obstante, perdió ante nuevos enemigos, los árabes islámicos, que después de la muerte de Mahoma (632 d. C.) y bajo el mando de los califas llamados ‘bien guiados’ u ‘ortodoxos’ ocuparon en menos de treinta años no solo amplios territorios de Asia Menor y África, sino la Armenia oriental, que se sostuvo como bastión del cristianismo ortodoxo, y Albania, que, a diferencia de la anterior, asistió a un profundo y definitivo proceso de islamización.

La situación se mantuvo relativamente estable bajo el califato omeya de Damasco (salvo por la ocupación de Teodosiópolis en la Armenia bizantina), mientras que el reconocimiento de la autonomía de Armenia, tanto por el califa abasida de Bagdad (885 d. C.) como por los bizantinos (886 d. C.), fue más bien una fórmula de consenso para ubicar un Estado tapón entre los dos imperios.

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El atardecer del siglo X estuvo señalado por el ingreso de un nuevo protagonista: el viejo Estado ruso. Una alianza entre el bizantino Basilio II y Vladimirio el Grande, regente de la Rus de Kiev, llevó a la conversión de este último al cristianismo, motivado, según leyendas no lejanas de la realidad, no por las aburridas y sombrías iglesias alemanas, sino por el espectáculo que a ojos de sus enviados ofrecía Santa Sofía, a tal punto que no atinaban a establecer si estaban “en el cielo o en la tierra”.

A mediados del siglo XI, Azerbaiyán fue invadida por una nueva tribu, turca e islamizada, la de los selyúcidas, que luego de vencer a los bizantinos (1071 d. C.) también ocupó Armenia; en el siglo XIII, armenios y azerbaiyanos fueron vasallos de los mongoles, también seguidores del profeta; como lo fue Tamerlán, turco mongol que en el amanecer del siglo XV también lo sojuzgó.

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Luego vendrían otros islámicos, los turcos otomanos, que además de tomar Constantinopla –y dar muerte al Imperio Romano de Oriente (1453 d. C.)–, en ambiente de vencedores, quisieron proclamarla como la Tercera Roma (Mehmed II no solo se proclamó César de los romanos, sino que se predicó que al haber caído la Primera Roma, politeísta, y la Segunda, la Constantinopla cristiana, se abría la puerta a la tercera, la musulmana, hoy Estambul). Más tarde resurgieron los persas, ahora safávidas, islamizados pero chiitas, perennes enemigos de los otomanos sunitas, que tras muchas contiendas lograron desplazarlos definitivamente del Cáucaso (1616 d. C.).
Para hacer corto el relato, digamos que doscientos años después, al sojuzgar a los persas, el Imperio ruso, que desde la época del Gran Principado también quiso atribuirse el título de Tercera Roma (“Dos Romas han caído. La Tercera se sostiene. Y no habrá una cuarta. ¡Nadie reemplazará tu reino de zar cristiano!”, decía un monje cristiano dirigiéndose a Basilio III), se apoderó de Azerbaiyán (1813 d. C.) y la parte oriental de Armenia (1828 d. C.), y tras vencer a la Tercera Roma musulmana (1829 d. C.), tomó parte de Armenia occidental. Solo su debilitamiento a causa de la guerra civil (1917 d. C.) permitió concebir la efímera República Transcaucásica de la que hicieron parte armenios y azerbaiyanos, que en pocas semanas dio paso a la proclamación de los Estados de Armenia y Azerbaiyán.

Parafraseando un viejo refrán, el remedio fue más dañino que la enfermedad, pues a partir de ese momento los dos Estados se empeñaron en una cruenta guerra religiosa por las regiones fronterizas –entre ellas el Alto Karabaj–, en la que los armenios, apoyados veladamente por los bolcheviques, asesinaron miles de azerbaiyanos, y estos, con la colaboración otomana, respondieron masacrando otros tantos armenios.

Y terminada la Primera Guerra Mundial se desató el frenesí: en un mismo año (1920), los soviéticos retomaron Azerbaiyán y la incorporaron en la órbita comunista, mientras que Armenia, primero reconocida como independiente por el Imperio otomano en disolución, y casi inmediatamente después aplastada por los “nacionalistas turcos”. Sobre sus restos, los soviéticos crearon otra república comunista.

Lo demás es historia reciente: Stalin no solucionó el problema (primero concedió la soberanía del Alto Karabaj a los armenios y luego a los azerbaiyanos), y este se acentuó con la independencia de los países, luego del colapso de la Unión Soviética.

En fin, como quien conoce de historia puede entender el hoy, cabe preguntarse: dado que ni la Moscú cristiana ni la Estambul musulmana darán luces para detener el conflicto entre cristianos armenios y musulmanes azerbaiyanos, las que tampoco, debemos ser justos, brotaron de la Constantinopla cristiana ni de los califatos del profeta, ¿no habría sido mejor que la situación territorial se mantuviese a la manera de la Roma pagana? Al fin y al cabo, allá la geopolítica no estaba motivada por la religión.

FABIO ESPITIA
* Ex fiscal general de la Nación

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