La otra cara de la globalización

La otra cara de la globalización

Las estrategias para afrontar covid-19 acentúan diferencias sociales y económicas entre los países.

Las medidas más drásticas tomadas en el mundo contra el coronavirus

Las estrategias para afrontar covid-19 acentúan diferencias sociales y económicas entre los países.

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AFP

Por: Ricardo Mosquera
01 de abril 2020 , 09:32 p. m.

“El coronavirus nos enseña que todos somos iguales. Nos recuerda que todos estamos conectados y que algo que afecta a una persona tiene un efecto en otra. Nos recuerda que las fronteras falsas que hemos puesto tienen poco valor ya que este virus no necesita pasaporte. Nos está recordando, al oprimirnos por un poco tiempo, a aquellos en este mundo cuya vida entera se gasta en la opresión”, dice Bill Gates, en una carta abierta.

Si apelo a la definición de la Academia Española, la globalización sería “la tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales”. Empero sería reducir el fenómeno a lo económico y otros prefieren referirlo a un “desarrollo planetario sin barreras donde las solidaridades e interdependencias se acrecientan”.

De acuerdo con Joaquín Estefanía, en su libro ‘Hija, ¿qué es la globalización?’, el Fondo Monetario Internacional (FMI) enfatiza en “la interdependencia económica creciente del conjunto de los países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de la transacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capitales, al tiempo que la difusión acelerada y generalizada de la tecnología”.

En la globalización capitalista, los capitales no tienen patria y anidan en cualquier lugar del mundo en busca de la tasa de ganancia; pero la humanidad también ha globalizado las guerras, el terrorismo, las drogas, los deportes, las epidemias y las pandemias como la que vivimos hoy con el coronavirus extendido a 196 países, con 775.540 casos, 37.091 muertes, 164.541 recuperados y 29.466 en estado crítico. Con el pronóstico de que la situación podría empeorar si no hay una acción rápida y concertada a nivel global.

En la pasada Homilía, el papa Francisco sostuvo que “la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas vulnerabilidades con las que habíamos construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades… Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos despertado ante las guerras e injusticias planetarias, ni hemos escuchado las voces de los pobres ni de este planeta gravemente enfermo”; si todos vamos en la misma barca deberíamos remar juntos. El Papa también destacó la labor de enfermeras, médicos, transportadores, trabajadores de supermercados y personas que en medio de la cuarentena se han encargado de mantener todo en funcionamiento.

En un mundo multipolar, debido no solo a la dinámica económica sino a la información desenfrenada de las redes, de las drogas, de las armas, de los virus y de esa depresión psíquica que hoy es una de las principales causas de morbimortalidad y que crecerá con la actual pandemia, no estamos en la mesa del ‘Póker Texas’ donde siempre hay solo un ganador y muchos derrotados.

Los grandes triunfadores serán las multinacionales farmacéuticas que siempre ganarán con la vacuna que, más temprano que tarde, estará en el mercado. Las fronteras son hoy tan porosas como las membranas de los organismos vivos y tan tenues como las divisiones de papel de arroz de las casas japonesas.

Otros Estados pueden ser menos potentes pero coaligados pueden birlar las bravatas de los países ricos. No en pocas ocasiones, con esa astucia típica de Vladímir Putin al negarse a bajar la producción de petróleo solicitada por el satélite de Estados Unidos, Arabia Saudita, para sostener al alza los precios. Una negativa que tiene hoy virtualmente en quiebra a las petroleras norteamericanas (incluido el fracking), cuyos costos de operación superan los 30 dólares que no pueden competir con los 2.8 dólares por barril de Arabia Saudí.

La consecuencia inmediata es el descenso de sus rentas petroleras que servirán de contera para favorecer la recuperación económica de China, uno de los mayores compradores del mundo de petróleo y commodities (artículos básicos de consumo). Se entiende entonces que para Trump es clave ‘salvar la economía’ pretendiendo esquivar la recesión económica.

Los grandes triunfadores serán las multinacionales farmacéuticas que siempre ganarán con la vacuna que, más temprano que tarde, estará en el mercado

Las crisis no hay que verlas siempre catastróficas, pues la mayoría de las veces se convierten en una oportunidad para reflexionar sobre cómo hemos debilitado al planeta y a sus habitantes y cómo corregir el curso depredador buscando el interés colectivo.

Pese al rastro de dolor que dejan las muertes ocasionadas por pandemias o por las guerras, no es menos cierto que han contribuido en el pasado a mejorar la salubridad pública e impulsar avances de la ciencia y de la medicina; como fue el caso de la peste negra del siglo XIV, que mató a un tercio de la población europea, dando origen al concepto de salud pública que se enfoca en la calidad del aire y el manejo de excrementos y basuras.

En el siglo XIX la epidemia del cólera, que se inició en la India, dejó millones de infectados y más de diez millones de muertes que dieron origen a la Epidemiología
. Hacia 1849, el británico John Snow encontró que la causa de la enfermedad era una bomba de agua cercana a un alcantarillado, por lo que las aguas que consumían estaban contaminadas; al ser esta bomba clausurada los muertos por cólera disminuyeron.

El virus de la viruela que azotó a la humanidad desde el año 1500 a. de C. en Egipto, a finales del siglo XVIII repitió en Europa y América. Con el precedente de invención de la vacuna, en 1796, por parte del británico Edward Jenner, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró en 1980 la erradicación de la viruela en el mundo.

Estos retos le han permitido a las sociedades superar las crisis con avances científicos de vacunas sin recurrir a las ‘teorías de la conspiración’, propias de la polarización política para buscar un culpable. En la coyuntura actual se habla del ‘coronavirus chino’ buscando un impacto xenófobo que cierra fronteras y exacerba nacionalismos, muy del corte populista de Trump, para ocultar el pulso perdido en la ‘guerra comercial’ con el gigante asiático. Declarar el coronavirus como el enemigo oculto que se debe combatir desde todas las trincheras es, desde luego, un imperativo que demanda un esfuerzo global urgente.

Si observamos las cifras que presenta la OMS al 1 de abril, entre los diez primeros países contaminados, aparece, en primer lugar, USA (205.036), seguido de Italia (110.534), España (102.136), China (82.554), Alemania (76.544) y Francia (52.128). Pero si se observan los ‘nuevos casos’ las cifras son: USA (16.506), España (6.213), Italia (4.782), Alemania (4.736), Francia (4.376) Irán (2.988) y China no aparece porque ha logrado controlar la pandemia, así como Corea del Sur, Japón y países nórdicos. Por número de muertos los primeros países son: Italia (13.155), España (9.053), USA (4.516), Francia (3.523), China (3.312), Irán (3.036) e Inglaterra (1.408).

El éxito de China, según explica Julián Vélez, colombiano que decidió quedarse en Wuhan, se debe a “la rápida acción de las autoridades, la construcción de hospitales, apertura de centros de salud provisionales en lugares deportivos e incluso campos universitarios. Pero la más importante fue la colaboración disciplinada de la gente, las órdenes claras del gobierno y la acción decidida de todo el Estado”. Un régimen con autoridad basado en la confianza de su pueblo y quizás en Confucio, quien sostenía que pensar en los demás “solo supone dos caminos: la benevolencia y el egoísmo”.

Para el caso de Corea del Sur, Byung-Chul Han, filósofo coreano, afirma en su columna de El País ‘La emergencia viral y el mundo del mañana’, que “en Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado”. Mientras que en el otro extremo, el individualismo y el culto al mercado ya se convierten en el centro de la epidemia, acompañado de un proceso recesivo con quiebras, muertos y más desigualdad.

En el marco de la polarización que atraviesa al mundo, no es posible compartir información sobre los evidentes avances que han reducido la propagación del coronavirus en China, Corea del Sur, Japón, Alemania y Rusia; pues países como Estados Unidos, Italia, Gran Bretaña y España, han sido renuentes a aceptar las importantes lecciones que ha dejado la reciente experiencia. Hay dos opciones distintas: priorizarla salud y el bienestar de su pueblo o, al estilo del presidente Trump, fiel al capitalismo salvaje, anteponer la economía y sus multinacionales.

Analizando las cifras de la OMS por países, hay una correspondencia directa entre los que son líderes en ciencia, tecnología e innovación, que tienen una comunidad científica consolidada, una buena infraestructura sanitaria, y que por esto, pueden dar mejores respuestas al virus y acatar las recomendaciones de la Organización.

Con Trump, Estados Unidos está perdiendo la partida, no solo contra China, sino contra otros bloques que no se subordinan a la ‘ley del garrote’. Entre las dos pesas está la Comunidad Económica Europea, ante todo con una Alemania mejor amparada por los sistemas públicos de educación y salud y su alta inversión en ciencia y tecnología. Más cerca de China, Rusia por un costado y Corea del Sur y Japón por el otro, concertados en la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN).

Se tomarán medidas de emergencia a corto plazo, las nuevas tecnologías hacen viable el teletrabajo y permiten vigilar a los pacientes impidiendo así la propagación del virus, pero, ¿quiénes piensan en el largo plazo y evalúan críticamente el modelo económico que privilegia el interés de unos pocos, si los avances científicos y tecnológicos deben servir al interés colectivo, o estar al servicio del mercado? El profesor israelí Yuval Noah Harari, en el Financial Times, plantea dos disyuntivas: la primera, enfrentarnos a la vigilancia totalitaria y al empoderamiento ciudadano; y la segunda, el aislamiento nacionalista y la solidaridad global.

En la primera, los gobiernos monitorean a las personas pudiendo castigar a quienes infringen las normas, dado que la tecnología permite procesar la información en tiempo real. Para Noah Harari, es preocupante que estas medidas trasciendan la epidemia y se aprovechen políticamente, teniendo que elegir entre privacidad y salud.

En todos los casos el nivel de acatamiento de las normas y la cooperación ciudadana exige confianza. “La gente necesita confiar en la ciencia, en las autoridades publicas y confiar en los medios de comunicación”, agrega Noah Harari. Así pues, compartimos que hoy más que nunca los países que han invertido en ciencia, tecnología e innovación están mejor preparados para esta emergencia porque tienen un ‘ejercito de batas blancas’ acompañado de un eficiente sistema de salud. La otra alternativa supone entender la epidemia como un fenómeno global con impactos económicos que solo se resuelve mediante la cooperación internacional y la solidaridad.

“La gente necesita confiar en la ciencia, en las autoridades publicas y confiar en los medios de comunicación”

No cabe duda que en el caso de países latinoamericanos como Brasil y México, los líderes en extremos opuestos parecidos en la irresponsabilidad social, generan un peligro para la región por su capacidad tóxica de propagación. Colombia, Chile, Argentina y otros países con débil infraestructura en salud, poca inversión en ciencia y tecnología y enormes desigualdades sociales, intentan aprender de los casos exitosos. En nuestro país, víctima del virus de la corrupción y la violencia, se hacen grandes esfuerzos para evitar el crecimiento de la curva de contagios con pedagogía, autoridad e invocando la solidaridad nacional.

RICARDO MOSQUERA
Para EL TIEMPO

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