Corren tiempos duros para los tipos duros de la geopolítica mundial

Corren tiempos duros para los tipos duros de la geopolítica mundial

Líderes autoritarios hacen estragos ante un mundo que espera que sus daños no sean irreparables.

Donald Trump, Recep Tayyip Erdogan, Emmanuel Macron

Encontronazo entre Donald Trump y el mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan (con Emmanuel Macron, presidente de Francia, en la mitad), durante la cumbre de la Otán.

Foto:

AFP

01 de septiembre 2018 , 10:20 p.m.

Parece que las acciones de los líderes autoritarios cotizan en baja. El mercado todavía no se derrumbó, pero los autócratas tienen pocos motivos para el optimismo.

Miremos China. Los juegos de poder dentro del Partido Comunista de China (PCC) son notoriamente opacos, y es raro que las disputas políticas internas alcancen un nivel tal que ya no se las pueda ocultar. Sin embargo, se oyen ruidos de inquietud. Este mes, mientras el presidente Xi Jinping y sus asesores principales se retiraban al ‘resort’ marítimo de Beidaihe, circularon rumores de que en las filas del PCC aumentan las críticas al culto de personalidad que se ha montado en torno de Xi. A juzgar por los rumores, Xi debería preguntarse si fue buena idea revertir las reformas de Deng Xiaoping e ignorar los precedentes sentados por líderes anteriores del PCC como Jiang Zemin y Hu Jintao.

También haría bien en reconsiderar su retórica triunfalista, en vista de las sensibilidades nacionalistas del presidente estadounidense, Donald Trump, y su proteccionismo agresivo. Finalmente, quizá también debería revaluar su política insignia, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, cada vez más criticada como mecanismo para que China exporte deuda a otros países endeudados, muchas veces por medio de inversiones en elefantes blancos y otros proyectos dudosos.

En tanto, el nuevo mejor amigo de Xi, el presidente ruso, Vladimir Putin, aún es políticamente inexpugnable. Pero como insinuó un periodista de ‘Fox News’ recientemente, eso puede deberse a que muchos de sus críticos “terminan muertos”. El Gobierno de Rusia todavía obtiene el 40 por ciento de sus ingresos del gas y el petróleo, y la economía (desprovista de dinamismo emprendedor e inversión extranjera) sigue moribunda. De hecho, le insto a ver si puede encontrar en su casa algo que venga de Rusia y que no sea vodka, energía o las obras de Tolstoi.

La telenovela turca

Pero los problemas de los autoritarios Putin y Xi no son nada en comparación con los del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y los de Donald Trump, que ahora ha sido implicado en un delito federal por su viejo abogado y reparador de entuertos.

Quince años después de llegar al poder a lomos de una crisis cambiaria, ahora Erdogan parece decidido a fabricarse una crisis propia. Este año la lira turca ha perdido el 38 por ciento de su valor en comparación con el dólar, casi exclusivamente por culpa del analfabetismo económico de Erdogan, su amiguismo y su negativa a escuchar puntos de vista alternativos.

A diferencia de su predecesor en la presidencia (Abdullah Gül), Erdogan nunca se esforzó demasiado en convertirse en un líder para todo el país. Su arrogancia y su personalismo han profundizado las divisiones entre los secularistas pudientes y los musulmanes rurales más pobres que forman su base de apoyo. La crisis actual de Turquía es todavía más trágica porque es innecesaria. El país es un importante nodo regional, hogar de 81 millones de personas, puente entre Occidente, Medio Oriente y Asia Central. Tiene capacidad para convertirse en una potencia económica. Pero las políticas de Erdogan están arrastrando la economía turca a un abismo.

Baste con señalar que aunque la lira está en caída libre y la inflación se disparó, Erdogan presionó al banco central para que no suba los tipos de interés, por temor a que una desaceleración del crecimiento perjudique a su partido en las elecciones municipales del año entrante (sobre todo, en las grandes ciudades turcas). Pero en los próximos doce meses tendrá que vérselas con un déficit de cuenta corriente cada vez mayor y una montaña de deuda en dólares. Para colmo de males, hace poco designó un ministro de Finanzas sin cualificación alguna para el cargo, su yerno Berat Albayrak (el Jared Kushner de Ankara), lo que inquietó todavía más a los mercados y a su propia población.

Todo eso mientras está enredado en una disputa diplomática y comercial cada vez mayor con Estados Unidos por el arresto de un pastor estadounidense acusado de complicidad en el intento de golpe en 2016 contra él.

Trump, por su parte, convirtió la liberación del pastor en una cruzada personal (muy probablemente para congraciarse con su base evangélica en los meses previos a la elección intermedia de noviembre en Estados Unidos). Para ello, anunció hace poco que duplicará los aranceles estadounidenses al acero y aluminio turcos. La desesperación de Trump por demostrar que no es juguete de nadie (excepto de Putin) es bien conocida. En la disputa con Ankara, no vaciló en lanzar aranceles a diestra y siniestra, pese al perjuicio que eso puede traer a empresas y consumidores estadounidenses, y el hecho de que Turquía es un importante aliado de la Otán. Trump parece decidido a expulsar a Turquía de la alianza y a arrojarla directo a brazos de Rusia y China.

Pese a sus crecientes problemas legales y su legitimidad cada vez más dudosa, Trump sigue destrozando el orden internacional de posguerra que Estados Unidos ayudó a crear. Y para peor, su forma de nativismo egoísta se extiende por Asia y Europa, donde ha trastocado la política de Italia, Hungría, Polonia e incluso el Reino Unido.

En Gran Bretaña, por su parte, el nuevo secretario de asuntos exteriores, Jeremy Hunt, sostuvo que el movimiento que impulsó la campaña por el ‘brexit’ es diferente al nacionalismo populista de otros países. Pero no lo es.

Es evidente que a los atribulados halcones del ‘brexit’ los anima la hostilidad hacia los inmigrantes. Si Hunt tiene alguna duda al respecto, basta que observe a su predecesor, Boris Johnson, que hace poco escribió un comentario en el que se burla de las musulmanas que usan burka.

A diferencia de los aspirantes actuales a la condición de ‘hombre fuerte’, un líder realmente firme se alzaría en defensa de la cooperación internacional y trataría de convencer de su importancia a los votantes. Esperemos que el presidente francés, Emmanuel Macron; la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro japonés, Shinzo Abe hagan precisamente eso en los meses venideros.

Mientras tanto, recemos para que tipos con vocación de duros como Trump y Erdogan no hagan mucho daño a sus respectivos países y al resto del mundo. Es hora de hacer que la cooperación sea grande otra vez.

CHRIS PATTEN*
© Project Syndicate
Tarn (Francia)
* Chris Patten fue el último gobernador británico de Hong Kong y comisionado de la Unión Europea para Asuntos Exteriores. Hoy es rector de la Universidad de Oxford, Inglaterra.

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