‘Ser joven en Nicaragua se ha vuelto un delito para el régimen'

‘Ser joven en Nicaragua se ha vuelto un delito para el régimen'

Decenas de estudiantes viven escondidos. Los sandinistas los acusa de terrorismo.

‘Ser joven en Nicaragua se ha vuelto un delito para el régimen sandinista’

En las protestas, los estudiantes usan morteros artesanales, comunes en Nicaragua para festejar con pólvora.

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Salud Hernández - Mora

07 de agosto 2018 , 08:30 p.m.

“Yo era un buen estudiante y ahora soy un objetivo del gobierno. Llevo una vida semiclandestina. Constantemente me muevo de lugar. Intento ser cauteloso para no poner en riesgo a las personas que me ayudan y porque hay infiltrados en todos lados. Nadie esperaba que pasara esto. Sabíamos que este régimen era corrupto pero no unos genocidas tan grandes”. Jonathan López, 20 años, es uno de los rostros más reconocidos entre los líderes estudiantiles y, pese al riesgo que corre, mira de frente a la cámara, desafiante y deja que le haga una foto.

...si voy a morir por mi país, lo haré con orgullo, no tenemos miedo

“Soy de los más buscados. Nos acusan de terroristas. Me he enfrentado en la UNAN (Universidad Nacional de Nicaragua) a paramilitares y policías; he visto morir a cinco amigos y unas treinta personas. Esta experiencia que me va quitando el miedo a arriesgar mi vida”.

Isabel Betanco también se sacudió el temor. A sus 19 años y después de ser testigo del asesinato de su novio, Jonathan Morazán, no deja de unirse a plantones y marchas contra el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, ni de expresar lo que piensa. Si se oculta la cara con una máscara, es por no facilitar el trabajo a la policía, inmersa en una cacería de universitarios. “Mi mamá llora por mí y mis compañeros. Pero como dijeron las personas que estaban atrincheradas en la UNAN, si voy a morir por mi país, lo haré con orgullo, no tenemos miedo”, dice ante la cruz que clavó en memoria de Jonathan en la rotonda Jean Paul Gene, de Managua, junto a otras que recuerdan a otros muertos.

Su novio tenía 21 años. Trabajaba y estudiaba primer año de diseño gráfico en Univalle. “Lo mataron el 31 de mayo entre las 4:30 y 4:50 de la tarde. Estábamos en la UNI (Universidad de Ingeniería) cuando empezaron a llegar turbas en camionetas Hyllux, luego motorizados, policías de azul, y comenzamos a levantar barricadas”, relata Isabel. “Cuando las turbas vienen, nos escondemos en el estadio y allí había un francotirador que fue el que le arrebató la vida a mi novio. Lo vi caer y un grupo de jóvenes que andaba en moto se lo llevó a un hospital. Los demás empezamos a correr. Jonathan murió al día siguiente, el primero de junio a las 10 de la mañana. Los dos ya habíamos hablado de que podíamos morir por nuestro país y lo habíamos aceptado.

En el mes de abril recoge un casquillo de bala en la Universidad y pone en Instagram: con unas balas no nos van a ahuyentar. Y dicho y hecho. Él murió, y su familia y yo seguimos luchando por la libertad por la que él murió”.

Lejos de ese lugar, en un barrio cercano al aeropuerto, entrevisto a un muchacho que salió hace poco de El Chipote, el penal de Managua que el orteguismo ha copado con presos políticos. Hablamos pasito en la penumbra de su hogar. “Solo me sacaban de la celda para llevarme, con insultos y a empujones, a los interrogatorios. Eran de día o de noche, y había días de dos y tres interrogatorios”, recuerda. “¿Fueron los sacerdotes los que les dieron las armas? ¿Las escondían en las iglesias? ¿Qué país les está ayudando? ¿Cuánta plata les da Trump?, preguntaban una y otra vez, siempre las mismas cosas. A todos nos ofrecían sacarnos rápido si confesábamos que la Iglesia estaba detrás de todo. Pero no podía contestar nada distinto a la verdad: nunca tuvimos armas y los sacerdotes solo prestaron ayuda humanitaria. Lo de Trump es ridículo”.

Ante la negativa a seguirles el juego, el joven, que pide anonimato, recuerda que les pegaban e increpaban –“Hijos de puta, asesinos, ni mi Dios los va a salvar”– y les reprochaban ser “desagradecidos con el comandante, que es quien les da los estudios”. A él lo atraparon en una “casa de seguridad”, donde se refugiaba con compañeros. Alguien los delató y un enjambre de policía los sorprendió mientras descansaban. El temor de su mamá, presente en la entrevista, es que lo vuelvan a atrapar. Lo arrestaron por participar en marchas en la UNAN y lo soltaron con una grave advertencia: si lo volvemos a detener, le irá muy mal.

A otros compañeros, sin embargo, en lugar de liberarlos, los trasladaron a la cárcel Modelo. En ningún caso hubo orden de captura. No vieron un abogado ni conocieron las razones para soltar a unos y mandar a otros a la cárcel, una arbitrariedad que ahonda la incertidumbre y la zozobra de sus familias.

“Están secuestrando jóvenes que miran por las calles. Todo lo que parece estudiante es sospechoso. Y estamos en unas listas que circulan, no podemos andar tranquilos. Llevamos una vida de encierro. Es estar preso en libertad”, me dice Amaya, universitaria de León, la segunda ciudad de Nicaragua, situada a 91 kilómetros de Managua, por una carretera que atraviesa una inmensa llanura. En la ciudad colonial, joya turística que se quedó sin visitantes por los meses de revueltas, entrevisto en la habitación del hotel donde me hospedo a Amaya y dos jóvenes más, líderes del Movimiento Estudiantil 19 de abril. Los tres debieron dejar sus hogares y unirse a la legión de fugitivos.

“Si apareciera ahora la policía, a usted la podrían acusar de terrorista con la nueva ley”, dice Amaya. Anota que cualquiera que acoja a universitarios acusados de “terrorismo” por participar en las protestas, o les dé cualquier ayuda, es también terrorista y puede afrontar una pena de veinte años.

“A la calle solo salimos para ir a marchas y plantones. Vamos y regresamos de noche a donde nos estemos quedando. Cambiamos de lugar cada tres o cuatro días. Como jóvenes estamos en un callejón sin salida. Hoy estamos aquí y mañana, tras las rejas”, agrega uno de sus compañeros. “Nuestros padres planifican sacarnos del país.

Conocemos un caso de una señora que ha vendido la nevera y el televisor para reunir 180 dólares y sacar a su hijo a Costa Rica. Pero nadie de nosotros se quiere ir”.

Hablan con una fortaleza en las que no se perciben aún grietas, aunque son conscientes de que queda por recorrer un trecho repleto de peligros. “No tenemos un plan de lo que vamos a hacer. El pueblo que nos dice ustedes tienen razón, los apoyamos, sabemos que se está cansando. Por ahora, para nosotros lo importante es mantener la moral alta y seguir unidos”.

...yo me puse a pensar en mi abuelita y no voy a permitir que nadie le haga daño

Mártires

Son miles los estudiantes anónimos que tienen contra las cuerdas al despótico régimen de Ortega y Murillo. Familiares de muchos de ellos lucharon contra Somoza y los ‘contras’ que armó Estados Unidos en los años 80. Y secundaron al Frente Sandinista de Liberación Nacional que lidera Ortega.

“Mi abuelo y mi mamá eran sandinistas. Y yo también simpatizaba con un partido que combatía la extrema pobreza”, señala Jonathan López. Pero no seguía el día a día de la realidad de su país ni se preocupaba por la política. Solo la represión violenta de una marcha de jubilados, que protestaban por el anuncio de una bajada de pensiones, le tocó el alma. “Eso nos despertó, nos hizo enfurecer porque yo me puse a pensar en mi abuelita y no voy a permitir que nadie le haga daño. Hace poco monseñor Báez (obispo auxiliar de Managua y una de las voces más potentes de la Iglesia nicaragüense) nos pidió disculpas porque pensaba que nuestra generación estaba apagada”, recuenta López.

“Aquí no estamos luchando por una ideología o un partido, pero sí por liberar a Nicaragua de la corrupción y el terrorismo de este gobierno, que vivamos en un país democrático y justo”, dice Jonathan. “Yo estudiaba economía y me encanta la carrera, pero en Nicaragua ser joven se ha vuelto un delito para este régimen porque una de sus armas fuertes eran los estudiantes. Siempre los buscaron para las protestas contra otros gobiernos. Levantarnos es lo que amenaza más a su poder”.

En Masaya, a 29 kilómetros de Managua, escenario de algunos de los episodios más violentos de las jornadas de ‘limpieza’ de Ortega, converso con una chica en su casa, situada cerca del edificio de la alcaldía que las turbas redujeron a cenizas. Pese a que el país va recobrando el pulso, en Masaya, en especial en el barrio Monimbó, continúan circulando camionetas con paramilitares en el platón, y los antimotines, de negro y con pasamontañas, montan guardia en diversos puntos.

“Yo no estuve en los tranques (barricadas) ni voy a las marchas por miedo a los disparos. Mis amigos y yo llevamos tres meses sin casi salir de nuestras casas y nunca de noche, la vida nocturna se acabó. Hoy en Nicaragua ser joven es ser delincuente, no sabes si te pueden detener”, dice. “La cantidad de muertos por la represión nos ha indignado. Estamos ardidos pero también eufóricos por la lucha de los estudiantes”.

En Monimbó, donde los paramilitares actuaron con sevicia en los días de julio de mayor violencia, es más palpable el temor. “Hay vecinos que delatan a estudiantes. Por eso mucha gente manda a sus hijos a Managua o a otro sitio lejos”, me comenta una señora. “Vivíamos tan lindo. Pero ahora siempre estamos con miedo y angustiados por nuestros hijos”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO 

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