Salvador Allende: 50 años del sueño socialista

Salvador Allende: 50 años del sueño socialista

El chileno fue el primer presidente socialista elegido democráticamente en el mundo.

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Allende propuso la nacionalización del cobre, principal fuente de ingresos de Chile, a lo cual la derecha se oponía radicalmente.

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Archivo Particular

Por: Leopoldo Villar Borda
04 de noviembre 2020 , 12:43 a. m.

Hace 50 años, el 4 de noviembre de 1970, Salvador Allende asumió la presidencia de Chile como el primer mandatario socialista elegido democráticamente en el mundo. El hecho repercutió con fuerza en América Latina, que vivía un ciclo de depresión y malestar tras las esperanzas despertadas pocos años atrás por la Revolución cubana.

La región estaba en el preámbulo de la ‘década perdida’ de 1980, cuando las deudas externas impagables, los voluminosos déficits fiscales y las inflaciones incontrolables produjeron la caída de gobiernos democráticos y una militarización creciente. En medio de esta situación, el triunfo de Allende alentó a las fuerzas progresistas en la región y en todo el planeta.

En Colombia, donde Allende recibió diez meses después la entusiasta bienvenida de estudiantes y militantes de izquierda, aún reverberaba la excitación por la discutida elección presidencial en la que el general Gustavo Rojas Pinilla, apoyado por un partido opuesto al establecimiento, disputó el triunfo voto a voto al candidato del Frente Nacional, Misael Pastrana Borrero.

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Así como el triunfo de Allende fue recibido con entusiasmo popular en todas partes, la reacción de los dictadores militares apoyados por Estados Unidos y la del gobierno de Washington fue exactamente la contraria. El mundo estaba en medio de la Guerra Fría y la sola palabra ‘socialista’ producía escalofríos en la Casa Blanca, donde el presidente Richard Nixon no tardó en iniciar un bloqueo económico contra Chile.

El programa de Allende incluía la nacionalización del cobre, la principal fuente de ingresos del país; la adopción de un sistema educativo universal y obligatorio, y una reforma agraria que gobiernos anteriores habían intentado sin éxito debido a la resistencia de los grandes terratenientes.

Las clases altas de Chile y las fuerzas de derecha encabezadas por el Partido Nacional –que enfrentó la candidatura del expresidente Jorge Alessandri a la de Allende – se oponían radicalmente a ese programa. El candidato socialista ganó por menos de cuarenta mil votos el 4 de septiembre y por esto la elección se realizó en el Congreso el 24 de octubre. Allí, su triunfo fue asegurado por el apoyo de la Democracia Cristiana, que había participado en la contienda con la candidatura de Radomiro Tomic.

La elección se produjo en medio de gran tensión por el grado de radicalización en que estaba la política chilena. El clima se enrareció aún más con varios hechos de violencia, el principal de los cuales fue el secuestro y asesinato del comandante del Ejército, general René Schneider, ejecutado por un comando paramilitar del grupo derechista Patria y Libertad. Pero nada de esto impidió que el Congreso consagrara la elección de Allende por 153 votos contra 35 de Alessandri.

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El 11 de septiembre de 1973 se produjo el Golpe de Estado en Chile.

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Fin de una larga lucha

Este triunfo fue la culminación de una larga lucha de los partidos de izquierda chilenos, iniciada a mediados del siglo XIX por el Partido Radical, una colectividad de carácter socialista democrático, y proseguida desde 1912 por el Partido Obrero Socialista, que después se transformó en el Partido Comunista de Chile, y por el Partido Socialista, fundado en 1933. Durante el siglo XX, estos partidos se aliaron varias veces con grupos y partidos liberales para enfrentar a los conservadores, y el Radical logró gobernar durante tres períodos consecutivos, entre 1938 y 1952.

Miembro fundador del Partido Socialista, con sus banderas, Allende llegó a la Cámara de Diputados en 1937, a los 29 años de edad, y ocho después ocupó por primera vez una curul en el Senado. Se graduó de médico en la Universidad de Chile, pero desde sus años de estudiante se interesó por la política y a ella dedicó su vida. La primera campaña presidencial en la que actuó fue la del líder radical Pedro Aguirre Cerda, quien triunfó en 1938 con el apoyo del Frente Popular, integrado por radicales, socialistas y comunistas. El año siguiente ingresó al Gobierno como ministro de Salubridad y al salir del ministerio asumió la secretaría general del Partido Socialista.

Entre las anécdotas de su vida pública sobresale la de haber sido protagonista, el 6 de agosto de 1952, del último duelo de honor registrado en la historia de Chile, al cual fue desafiado por el senador radical Raúl Rettig. Acordaron usar armas de fuego y se citaron en un lugar de Santiago donde ambos erraron los disparos. Al momento de disparar Allende resbaló y cayó al suelo y Rettig se acercó para comprobar si lo había herido. El encuentro se dio por terminado. Después el duelo fue prohibido en Chile bajo sanción penal.

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En las elecciones de 1952, el año del duelo, Allende fue candidato presidencial por primera vez con el apoyo del Frente del Pueblo y perdió ante Carlos Ibáñez del Campo, un militar y político que dominó la vida pública chilena por largo tiempo, primero como dictador entre 1927 y 1931 y después como presidente elegido popularmente. En las dos siguientes elecciones fue candidato por el Frente de Acción Popular. Era el símbolo del socialismo moderado, lo cual le facilitó llegar a la presidencia del Senado en 1966.

Muestra de su ecuanimidad fue que allí ganó el aplauso de los conservadores y el diario El Mercurio, exponente de esa tendencia, le rindió un homenaje cuando concluyó su gestión en 1969. Aquel año, el Partido Socialista formó una amplia alianza con las fuerzas de izquierda y de centro más afines para fundar la Unidad Popular (UP), que finalmente lo llevó a la presidencia.

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Al final del discurso de Allende se escuchó el primer bombardeo.

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Los ataques de la CIA

La elección de Allende no fue bien recibida por el gobierno de Richard Nixon, que en medio de las presiones generadas por los conflictos del Medio Oriente y la guerra de Vietnam encontró tiempo para ocuparse de lo que vio como la aparición de una amenaza comunista en Chile. Poco antes, la CIA había advertido la posible construcción de una base de submarinos soviéticos en la bahía cubana de Cienfuegos y Washington había mantenido un tenso intercambio con el gobierno soviético para impedir esa instalación. Motivado por la misma prevención, Nixon dio instrucciones, según lo dejó escrito en sus memorias, “para apoyar a los oponentes de Allende”.

Al no poder impedir su elección, la CIA inició un plan de sabotaje del gobierno chileno. Fondos autorizados por Nixon fueron entregados a sectores de la oposición para estimular a quienes se sintieron afectados por el triunfo de la Unidad Popular, como la Confederación Nacional de Dueños de Camiones, que convocó un paro nacional en octubre de 1972. Esta huelga causó grandes dificultades a la cadena de suministro de bienes esenciales y afectó seriamente a la población, con las consiguientes protestas.

Sin embargo, Allende logró impulsar en el Congreso la nacionalización de la banca y la minería, que producía las tres cuartas partes de los ingresos de Chile y estaba en manos de las empresas estadounidenses Anaconda y Kennecott. También profundizó la reforma agraria iniciada por su antecesor, el demócrata cristiano Eduardo Frei; estableció la gratuidad de la universidad y adoptó otras reformas en los sistemas educativo, pensional y de salud.

La reacción de Washington a estas reformas fue la negación de los créditos externos a Chile y la declaración de un embargo del cobre chileno. Al hablar ante las Naciones Unidas en diciembre de 1972, Allende denunció “el invisible bloqueo financiero y económico” ejercido por Estados Unidos contra su gobierno, al cual se añadieron las acciones clandestinas organizadas por la CIA y, finalmente, la infiltración del Ejército y la Marina para apoyar la rebelión de sus comandantes contra el gobierno.

Al final de su discurso se oyó el estruendo de la primera bomba sobre el palacio. Cuando se apagó el incendio, los soldados ingresaron y encontraron una docena de sobrevivientes que fueron ejecutados

El dramático final

Los ataques llegaron a un punto culminante el 11 de septiembre de 1973, cuando Allende fue despertado con la noticia de que las sedes de la Unidad Popular y los medios de comunicación estaban siendo ocupados por el Ejército. A las siete de la mañana llegó a su despacho en el palacio de La Moneda en traje de calle, cubierto con un casco y portando un fusil AK47 que le había regalado Fidel Castro. Una hora después recibió la llamada del comandante del Ejército, Augusto Pinochet, quien lo conminó a abandonar el palacio y le ofreció un avión para llevarlo a Cuba. Ante la negativa de Allende, Pinochet ordenó el bombardeo del palacio.

Poco después, Allende llamó a Radio Magallanes, la única estación que pudo contactar, y envió su último mensaje a los chilenos. Les dijo que venían días muy oscuros para el país y que pagaría con su vida su lealtad al pueblo. Pidió a los chilenos ser fuertes y dijo que tenía fe en que, “más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pasará el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

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Al final de su discurso se oyó el estruendo de la primera bomba sobre el palacio. Cuando se apagó el incendio, los soldados ingresaron y encontraron una docena de sobrevivientes que fueron ejecutados. Al llegar al despacho presidencial, dijeron, Allende estaba muerto. Dijeron que se había suicidado. Lo envolvieron en una manta y lo llevaron a Viña del Mar, donde fue enterrado de noche, sin testigos y en una tumba sin nombre. En 1990, restablecida la democracia, los restos fueron trasladados a Santiago y sepultados en el mausoleo familiar, en el Cementerio General de Santiago, donde fueron exhumados en 2011 en el curso de una investigación judicial que confirmó la versión del suicidio.

En las cuatro décadas siguientes a la muerte de Allende, Chile vivió la noche oscura de la dictadura militar, una de las más sanguinarias en la historia latinoamericana. Sin oposición ni control alguno, la dictadura escribió una nueva Constitución que apenas ahora está en camino de ser reemplazada como resultado del histórico plebiscito del 25 de octubre pasado, en el que una abrumadora mayoría de chilenos se pronunció en favor de redactar una nueva carta magna que interprete el sentimiento popular expresado en las masivas movilizaciones de los últimos meses.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
Para EL TIEMPO

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