Protestas, un acertijo complejo

Protestas, un acertijo complejo

Las múltiples manifestaciones obliga la pregunta de si es probable que ocurra lo mismo en Colombia.

AUTOPLAY
Protestas en ChileProtestas en Chile
Marcha en Chile

Imágenes de las manifestaciones del pasado viernes en Chile. 

Por: Ricardo Ávila
27 de octubre 2019 , 01:30 a.m.

Cuando llegó al supermercado el viernes pasado, lo que más le sorprendió a Juan Felipe Correa fue la cantidad de gente en los pasillos y la ausencia de varios productos en los anaqueles. “No hay duda de que muchos estaban en proceso de apertrecharse, porque nadie sabe lo que viene”, contó este colombiano que vive en Santiago desde hace tres años y para quien el sueño de vivir en la que se suponía era la sociedad más tranquila de América Latina se esfumó de repente. Todavía no sale de su asombro al registrar la virulencia de los ataques contra el metro y otras instalaciones, al igual que el regreso de los militares a las calles. 

Una sensación similar de incertidumbre es la que sintió Diego Reina estando en su casa ubicada en Cumbayá, un suburbio de Quito, ubicado a 3.784 kilómetros de distancia al norte de la capital chilena. Relató que todavía resuenan en su cabeza las voces de los comuneros que un par de semanas atrás gritaban consignas de “muerte a los pelucones”, mientras hacían sonar sus machetes contra los guardavías de la autopista que alcanza a ver desde su ventana. La perspectiva del paro general convocado para el miércoles 30 en Ecuador lo tiene muy nervioso.

Máxima tensión en Ecuador ante gran protesta contra presidente MorenoMáxima tensión en Ecuador ante gran protesta contra presidente Moreno
Ecuador

Imágenes de uno de los días de manifestaciones en Ecuador.

¿Una epidemia en marcha?

Cualquier observador desprevenido podría pensar que lo que ocurre en esas capitales sudamericanas se asemeja a los choques que ocurren casi a diario en Hong Kong entre ciudadanos que demandan mayor autonomía de Pekín y las fuerzas del orden, o a los enfrentamientos observados en Barcelona, tras la condena a los líderes del independentismo en Cataluña.

Parecería que en los cinco continentes la norma es la de protestas que degeneran en violencia. Y aunque los métodos de confrontar a los cuerpos policiales que usan gases lacrimógenos, chorros de agua o proyectiles de goma para dispersar a las multitudes se parecen, existen diferencias de fondo.

“Son distintos tipos de descontento”, explica Patricio Navia, profesor titular de la Universidad de Nueva York y de la Diego Portales en Chile. Para el académico, hay elementos que están relacionados más con la economía que con la política, así influyan sobre esta última.

De tal manera, no se puede equiparar lo que pasó en La Paz, después del sorpresivo cambio de tendencia en el conteo de las elecciones presidenciales de una semana atrás, con el estallido que condujo a la declaratoria de toque de queda en varias ciudades chilenas. Si se trata de buscar una similitud en otras latitudes, el fenómeno de los ‘chalecos amarillos’ en Francia –que surgieron tras el anuncio de alza en el precio de los combustibles de parte del gobierno de Emmanuel Macron– es lo que más se aproxima.

Por su parte, Brian Winter, un profundo conocedor de la región que dirige la revista Americas Quarterly, encuentra un denominador común: “La desaceleración del crecimiento y el efecto que eso tiene en los bolsillos de la gente”. El experto recuerda que, según el Fondo Monetario Internacional, la expansión latinoamericana apenas será de 0,2 por ciento este año. “Es el peor desempeño de cualquier zona del mundo”, subraya.

Aunque la verdad es que nadie sabe lo que traerá el futuro,
lo peor que podría hacer el país sería desconocer que tiene muchas tareas pendientes

Camilo Herrera, quien tiene a su cargo la firma de investigaciones Raddar, sostiene que las nubes de tormenta se venían formando desde hace algún tiempo. “El gasto real por habitante estaba cayendo precisamente en Chile y Ecuador”, observa. Dicho de manera coloquial, los hogares se sentían más pobres.

Aunque no es la primera vez que en esta parte del mundo soplan los vientos fríos que acompañan a un frenazo en la actividad productiva, hay quienes opinan que la manera de reaccionar de los diferentes pueblos es distinta. “Podría decirse que hay más rabia y mayor frustración que en otras ocasiones, cuando la respuesta ante las crisis era la resignación”, plantea el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Luis Alberto Moreno. Y añade: “Hay quienes creen que las redes sociales ahondan la impresión de que a algunos privilegiados las crisis no los tocan, lo cual da lugar a una especie de enardecimiento colectivo que se retroalimenta, se expande y lleva a la anarquía”.

Acto seguido viene lo que pasa en la calle, en donde la globalización sirve para aprender de las experiencias de otros lugares. Aparte de la gran masa de espontáneos, los conocedores del asunto afirman que ahora surgen grupos coordinados que son los encargados de prender la mecha del polvorín, con niveles de organización sofisticados y capacidad de poner en aprietos serios a las autoridades.

Pero más que entrar al análisis de los diferentes métodos de insurrección urbana, la verdadera inquietud de los especialistas es que el margen de maniobra de los gobiernos que experimentan una revuelta popular se reduce drásticamente. En el caso de Ecuador, la administración de Lenín Moreno tuvo que renunciar a las alzas en el precio de los combustibles, que eran claves para disminuir un abultado déficit fiscal. Y en lo que corresponde a Chile, no solo la idea de reajustar el pasaje del metro quedó enterrada, sino que Sebastián Piñera sacó de la manga un plan de gastos y subsidios cuyo costo equivale al 3,5 del producto interno bruto, sin que eso le garantice mayor gobernabilidad.

Dos consecuencias

Lo anterior plantea una especie de sin salida. Países cuya economía avanza a un ritmo muy lento tratan de adoptar remedios para llevar sus cuentas en orden y sobrellevar el mal rato, pero la reacción popular los deja con el pecado y sin el género. Al mismo tiempo, los gobernantes de las naciones vecinas miran lo que le pasó a su colega y concluyen que el palo no está para cucharas. Debido a ello, las reformas más polémicas o más ambiciosas se archivan indefinidamente.

“La gran ironía de esta situación es que solo ciertas reformas pueden fomentar la inversión y dar un empuje a las economías”, dice Brian Winter. Mantener el statuo quo significa que América Latina estaría condenada a seguir en la retaguardia del crecimiento global, lo cual implica que la brecha frente a otras zonas emergentes y algunas desarrolladas seguiría ampliándose. “Debo confesar que el tema me desvela”, apunta Luis Alberto Moreno.

¿Por qué hay reticencia a la hora de tomarse ciertas medicinas? “Las encuestas globales nos dicen que la fe en la democracia ha caído mucho en esta parte del mundo en los últimos años. Ante una situación económica más tenue y la frustración con escándalos de corrupción, hay mucha gente que cree que la culpa no la tiene un político o un partido, sino el sistema en general”, agrega Winter.

Junto con lo anterior, hay realidades innegables. Las comparaciones internacionales confirman que América Latina se mantiene como la región con la peor distribución de la riqueza en el planeta. Si bien las desigualdades son relativamente tolerables en tiempos de vacas gordas cuando el desempleo baja y hay mayores oportunidades, las cosas son distintas cuando llega la recesión y unos sufren mucho más que otros.

Para Patricio Navia, “las lecciones son simples y claras. No basta con crecer. También hay que distribuir y promover la movilidad social. Como dijo la primera dama de Chile en un audio que se distribuyó por redes, hay que aprender a compartir los privilegios”.

No obstante, siempre está el riesgo del populismo que provee soluciones fáciles y gana adeptos, como lo muestran los procesos electorales más recientes. Aun así, los optimistas señalan casos alentadores como el de Brasil, en donde la semana pasada se adoptó una reforma pensional que acaba privilegios que amenazaban con quebrar a la economía más grande de esta parte del globo.

La encrucijada colombiana

Tras observar lo ocurrido en el vecindario, más de un observador se pregunta si aquí puede pasar lo mismo. Al respecto hay opiniones divididas entre quienes señalan que la protesta social forma parte de la realidad cotidiana nacional, con lo cual se le quita vapor a la olla a presión. Del otro lado están los que insisten en que los niveles de pesimismo y descrédito de las instituciones son de tal magnitud, que la opinión no toleraría más sacrificios, sea a través de impuestos o de pérdida de algunos beneficios.

Y aunque la verdad es que nadie sabe lo que traerá el futuro, lo peor que podría hacer el país sería desconocer que tiene muchas tareas pendientes. Basta con darle una mirada al estudio económico de Colombia que hizo público la Ocde el jueves pasado en Bogotá para entender la magnitud de los desafíos.

Más allá de que la administración Duque destacó un desempeño económico que se ve bien en el contexto regional, el análisis de la organización con sede en París muestra no solo que estamos lejos de la velocidad ideal, sino que nuestro nivel de inequidad es uno de los más elevados del planeta. Para colmo de males, los subsidios se dirigen a los que no lo necesitan, como pasa con las pensiones o el gasto en salud.

Pocos lo creen así, pero las estadísticas muestran que pagamos muchos menos impuestos que nuestros pares. Como si eso fuera poco, las cargas están mal distribuidas, pues se centran mucho más en las empresas que en las personas, cuando en las sociedades avanzadas es al revés.

Debido a ello, la entidad insiste en un decálogo de reformas que servirían para repartir mejor la torta de la riqueza. Para ponerlo de manera simple, la fórmula planteada consiste en subir los recaudos públicos con el propósito de financiar programas con verdadero impacto social que recorten las brechas y permitan una mayor movilidad, sobre todo si la calidad de la educación mejora.

Eso suena fácil, hasta que se habla de sacrificios y pérdida de privilegios, pasando por la desconfianza que despiertan las instituciones. Además, está el riesgo de las protestas que pueden debilitar más al Ejecutivo de turno.

Por eso lo ocurrido en días recientes en América Latina plantea una verdadera encrucijada para las democracias de la región. Los descalabros de Ecuador y Chile solo dejan en claro que no hay salida clara. Resolver el acertijo de hacer lo correcto sin exponerse a perder el poder es tal vez el problema más complejo de los nuevos tiempos.

RICARDO ÁVILA
Analista sénior de EL TIEMPO

Descarga la app El Tiempo

Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias.

Conócela acá
Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.